Sobre el acto de linchar

En más de un municipio, de los muchos que he visitado, da la impresión de haberse convertido, el linchamiento, en una costumbre digna de orgullo para los locales, pues al entrar al pueblo se es recibido conla lona triunfante que advierte acerca de los peligros de delinquir ahí. A veces, aunque no haya aviso gráfico –muy gráfico, pues algunos incluyen fotografías de los linchados- uno se adentra a los poblados aceptando el acuerdo tácito de no hacer cosas que llamen la atención de forma sospechosa (ya no se diga malas) si no se quiere acabar atado a un poste de luz en la plaza de armas, golpeado o hasta muerto. En un pueblo de Tlaxcala un campanero de iglesia me contó que a sus colegas, en tiempos anteriores, se les entrenaba en toques específicos para incitar al linchamiento; al recordar esto el hombre se puso como nostálgico.

Cazar criminales de forma colectiva se ha arraigado tan profundamente en la cultura mexicana, que incluso una las películas importantes de nuestra cinematografía se basa en una de estas experiencias macabras: Canoa, de Felipe Cazals; la historia del homónimo pueblo en la zona limítrofe entre Puebla y Tlaxcala, cuyos pobladores dieron persecución y muerte a un grupo de estudiantes después de ser incitados a la violencia por el párroco, quien acusara a los universitarios de comunistas en el lejano 1968. El Acto aparece también en María Candelaria de Emilio Fernández y en Cero y van cuatro / Barbacoa de chivo, de Carlos Carrera. Así mismo, uno de los reportajes televisivos más recordados de Noticieros Televisa, fue aquel del año 2004, en el que se mostró, a manera de crónica, el linchamiento de tres policías en San Juan Ixtayopan (Distrito Federal, en ese entonces), de los cuales dos fueron quemados vivos.

El miércoles 29 de agosto de 2018, en Acatlán de Osorio, municipio mixteco de Puebla, los pobladores prendieron fuego a dos hombres que yacían vivos y golpeados en la parte delantera de la cárcel local. El aclamado asesinato de los dos sujetos, acusados sin sustento de secuestro infantil,cometido en colectividad por unas doscientas personas, fue transmitido por Facebook y grabado para colecciones privadas en los muchos teléfonos que presenciaron el acto, como si de un concierto se tratara. A la quema de los que resultaron ser inocentes–culpables únicamente de beber alcohol en la vía pública- siguieron aplausos eufóricos, gritos de victoria y hasta la cantada proclama <<¡el pueblo unido, jamás será vencido!>> que podría ser leída ahora como una amenaza.


El análisisde estos casospor parte de las autoridades locales se limita a la vieja fórmula de condenar los actos violentos –como si sirviera de mucho a los muertos- yjustificar la beligerancia de las poblaciones rurales,haciendo uso del resabido hartazgo que éstas experimentan por ser víctimas de la pobreza, del crimen organizado y de la indiferencia gubernamental. Es decir, nunca es culpa de nadie; ni del pueblo por acción –ya que son víctimas antes que victimarios- ni del Estado por omisión, pues nunca aceptarán su imbecilidad, aunque la incluyan inconscientemente en el diagnóstico.

La ingobernabilidad de este país se debe, en gran parte, a que la impartición de orden y justicia, a la mexicana, en más de una veintena de ocasiones –como en Atenco o La Ciénega- ha deformado en violenta represión por parte de las fuerzas de seguridad hacia los civiles; estos episodios de ensañamiento entre esbirros de un gobierno inepto y una sociedad ajena a vivir con leyes,atraen la posterior condena mediática al regente en turnoy dan lugar al fenómeno de la docilidad policiaca en sucesos que impliquen a ciertas masas enfurecidas: a los protestantes con todo, a los linchadores con calma.El asunto se muestra como una competencia por ver quién logra implantar más miedo, si el Estado con sus reprimendas a macanazos o los pobladores con su avasalladora violencia comunitaria. De conciliación ni hablar; seguridad pública y civiles parecen estar intrínsecamente enfrentados. Los mexicanos -cuando no odian- desprecian o temen al policía; y el mexicano policía desprecia o teme a los civiles, sobre todo si éstos se hallanagrupados enuna legión iracunda.

Ningún linchamiento –ni el de Cazals-  me parece placentero a la vista, pero el de Acatlán me dejó particularmente horrorizado; tal vez portratarse de mi estado, tal vez porque yo mismo anduve en la Mixteca poblana, asistiendo a mi novia en la filmación de un documental –que por cierto, explora la delincuencia juvenil en la zona- y ahora que veo estos videos y fotos snuff, no puedo evitar pensar que nos pudo haber tocado la mala fortuna de la justicia social: por ser de fuera, por llevar una cámara y por andar preguntando cosas. Suerte para nosotros que el merolico local no gritara que andábamos fotografiando niños para secuestrarlos, pues de haber ocurrido, es casi seguro que ya le estaríamos dando cuentas al creador, no sin antes haber sufrido una prolongada agonía y un interrogatorio combinado con patadas.

Pero hay algo más que mis temores personales sobre el suceso; algo no me cuadra en todo este asunto.

Los linchamientos suelen caracterizarse por la inmediatez y no por su exhaustiva planeación, como sucede con otro tipo de homicidios; es más, pareciera que el éxito de los pobladores al llevarlos a cabo –y por ende, el fracaso de las autoridades para detenerlos- reside en la rapidez con la que se suscitan. Un chispazo de brutalidad es todo lo que hace falta y contra doscientos coléricos no cualquiera se pone a las patadas.

¿Pero qué si detrás de algunos linchamientos, hubiera autores intelectuales meticulosos?

El 30 de Agosto de 2018, un día después del horror de Acatlán, en Santa Ana Ahuehuepan, Hidalgo, se dio un suceso parecidísimo: los habitantes lincharon a una pareja acusada de robo de menores y los quemaron vivos; el motivo, unos mensajes que circularon por Facebook y Whatsapp, en los que se alertaba al pueblo sobre una banda de robachicosque operaba en la zona con el fin de traficar órganos. Acusaciones similares se hicieron sobre los dos hombres quemados en Acatlán y a través de los mismos medios.

Ambas comunidades, Acatlán y Santa Ana, son focos rojosdel robo de hidrocarburos, delito que no se “imputó” por parte de los perseguidores a ninguno de los linchados. Al parecer robar gasolina es o muy común -y por tanto aceptado- en ambas localidades, o muy temido como para andar ajusticiando a los ladrones. Pero el huachicol es uno de esos negocios que parecen no poder florecer sin la cooperación de la comunidad. Como la gente que jamás delataría la ubicación de un narcotraficante, por miedo a morirse y/o porque el capo se puso altruista con el pópulo, los habitantes de regiones huachicoleras serán cómplices por temor a represalias, y a su vez, por verse bien abastecidos del preciado líquido a un costo bajísimo: un <<pégame pero no me dejes>> de demanda, oferta y miedo.

El asunto me deja pensando en dos vertientes que podrían tomar ambos episodios de violencia comunitaria.

La primera de mis teorías es que los huachicoleros encontraron en la predecible reacción de los pobladores, y su subsecuente complicidad a ciegas,un método para atraer la atención de las autoridades, hasta cierto punto y hasta ciertos confines geográficos, y así desviarla de otros lugares prioritarios,paraque ciertas ceremonias se den sin intromisiones de ningún tipo: venta de plazas, acuerdos de agremiados u operaciones mercantiles de grandísima escala eidéntica ilegalidad. La otra posibilidad, pero que parte de la deducción primera, la de los huachicoleros como artífices de lo sucedido, es que éstos hallaron en los linchamientos otra forma de esparcir miedo –¡auténtico terror!- en zonas que de suyo ya tenían notoriedad de ingobernables; eso podría explicar porqué la policía local de Acatlán prescindió de activar el Protocolo de Actuación para Casos de Linchamientos en el Estado de Puebla; aunque en una de esas, hasta lo desconocen. Sería de vital importancia entonces, que de pescar a los principales instigadores de ambos crímenes, se investiguen las afiliaciones que éstos pudieran presentar con los huachicoleros. No sería descabellado pensar que la gasolina con la que rociaron a las víctimas antes de matarlas pudovenir de un ducto ordeñado…

Tal vez no exista el contubernio entre linchadores y huachicoleros y los linchamientos se estén dando como la expresión más abrupta de una serie de revanchas: la sociedad versus quién sabe quién, porque todos somos cómplices en su desgracia a final de cuentas.Como apuntaba Monsiváis: “En una turba linchadora, cada uno de sus integrantes abandona con presteza sus reservas éticas (las que tenga), su respeto por la vida humana (el que sea) y su miedo al castigo, nunca muy potente porque –esta es la presunción– el crimen cometido por muchos no es culpa de nadie”.

Esperemos que esta vez haya culpables y no chivos expiatorios, y para ellos, a diferencia de muchas personas indignadas con razón, no quiero un castigo similar al crimen que cometieron. Urjo por una investigación en la que ojalá se desdiga la anterior consideración, la del pueblo revanchista, pues de ser cierta, la descomposición social habrá rebasado mi imaginación y mi esperanza de paso.

Monsiváis, Carlos (2004), “Que esta vez sí detengan a Fuenteovejuna”, Proceso, núm. 1465, 28 de noviembre, pp. 6-11.

Rojas, Gustavo (2009), “Apuntes sobre el linchamiento y la construcción social del miedo”, Tramas, núm. 30, pp. 135-158.