Ser de izquierda

Tarde llegó Alejandra Barrales, dirigente nacional del PRD, a la posmodernidad burguesa, uno de cuyos ideólogos, Francis Fukuyama, escribió un artículo en 1989 –hace 28 años–, donde proclama el fin de la historia y de las ideologías, lo cual abonó a legitimar el neoliberalismo, paradigma que sustituía al Estado de Bienestar, desplazado por el “libre mercado”. Además, y respecto de la democracia liberal, decía Fukuyama, que ésta podía constituir “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”, la “forma final de gobierno”, y que como tal marcaría “el fin de la historia”. (F. Fukuyama (1992), El fin de la historia y el último hombre, Barcelona, Plantea, p. 11.)

El pasado 9 de septiembre, la señora Barrales, descubrió lo que tres décadas antes proclamó Fukuyama y, sin inmutarse, con mucha seriedad, puso de relieve lo que hoy es el partido que administra, aunque el titiritero no dé la cara, cara que, por cierto, todo mundo conoce y sabe de memoria. Para ella se acabaron las dicotomías, el pensamiento único se ha impuesto, nadie puede pensar distinto, es lo mismo ser fundamentalista del libre mercado, que creer en la racionalidad pública para conducir el proceso económico; sostener el capitalismo, como lamentablemente lo ha hecho su partido en los últimos años –firmaron gozosos el Pacto por México, que no es otra cosa que el proyecto neoliberal de principios del siglo XXI–, sin siquiera ruborizarse porque ya no se les puede calificar de derechistas, pues eso de “derecha e izquierda, ha quedado rebasado”, según la pedestre declaración de la señora Barrales que la conduce al pragmatismo y el oportunismo políticos.

¿De verdad creerá Alejandra Barrales que ya no hay una izquierda anticapitalista, capaz de cambiar el rumbo del país con el propósito de construir una economía solidaria –imposible en el capitalismo–, que ponga por delante los intereses de la población y en el marco de un régimen político sustentado en la democracia participativa?


La respuesta a esta interrogante puede encontrarse en un hecho, que debe espantar a Barrales, y es que no es fácil ser de izquierda, porque lo más probable es que quienes lo son se encuentre en la oposición, perseguidos en momentos y acosados casi siempre y, en esas condiciones, difícilmente podrían adquirir un departamentito en Miami.

A pesar de todo, sigue habiendo izquierda. Ser de izquierda, definirse militante de la izquierda, es adoptar una postura crítica frente al conjunto del sistema de dominación socio–político y económico capitalista. Pero eso no lo entiende Barrales, que prefiere ser asimilada por el régimen, que combatirlo.

La izquierda, como expresión política, social e intelectual, ofrece una sociedad alternativa a la explotación de los trabajadores. Su empeño, su lucha permanente, y sin desmayo es una búsqueda por construir la igualdad en el marco de la práctica de una democracia radical. La izquierda, esa que quiere desaparecer Alejandra Barrales porque inquieta su conciencia y devela su desviación política, es fundamentalmente un proyecto ético de vida. No se trata de una propuesta económica de capitalismo sin capitalistas o una economía fundada en la ganancia del capital, el egoísmo, el lucro y la alienación del ser humano. Eso es capitalismo y, precisamente ahí, radica la diferencia entre la izquierda de la derecha perredista.