El sentido común y el diagnóstico

No han sido raras las ocasiones en la que alguna persona me expresa, ante un problema de salud de difícil clasificación, que fue debidamente orientado por alguien, “atinándole” a la enfermedad, como si se tratase de un acto más dirigido por medio del azar, que por el conocimiento adquirido a través de una complicada combinación de habilidades, experiencia, conocimiento y sensibilidad. Claro que no se trata de sobrevalorar la actividad del médico, pues cada profesión tiene características propias que le imprimen un valor especial, por citar un ejemplo, desde el arquitecto que diseña, el ingeniero que dirige y el albañil que construye. Es a través del proceso de comunicación y el trabajo en equipo, como se puede llevar a cabo la construcción de un edificio, que puede soportar el embate de un terremoto o el lento transcurso del tiempo en el que tendrá una vida útil.

La actividad médica no es un privilegio que se les brinda a ciertos iluminados, así como tampoco lleva intrínsecos, conocimientos esotéricos, erudiciones mágicas o interpretaciones sobrenaturales. Existe en efecto una muy buena dosis de vocación humanística, responsabilidad ética, postura crítica, sensata sensibilidad, capacidad de autocrítica y disciplina; sin embargo, el médico se forma a través de una buena preparación de conocimientos básicos y clínicos que le llevan a adquirir la capacidad de hacer diagnósticos correctos y basándose en esto, tomar decisiones que deben acercarse a la mayor fidelidad del conocimiento.

Cada persona es especial y singular, lo que o lleva a manifestar sus malestares en una forma personal que el médico debe analizar y clasificar, de los efectos a las causas. Entonces se trata de valorar un problema de salud en una forma inversa y esto es lo que genera un acto de raciocinio muy complejo. Se generan conjeturas múltiples que en una especie de tamiz, van seleccionando objetivos con criterios que se van estrechando hasta condicionar una conclusión que determina el diagnóstico o la ubicación de la enfermedad.


En este sentido, sobresale la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) que actualmente se encuentra en la décima revisión y que es utilizada por los Estados que conforman la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los orígenes se remontan al año 1850, que originalmente se llamó Lista Internacional de Causas de Muerte. Desde entonces hasta la fecha, constituye un auxiliar particularmente valioso para poder unificar los criterios en los diagnósticos y así, poder mejorar la calidad en el diagnóstico a nivel internacional. Del mismo modo, establecer un nombre universal para determinados problemas de salud puede representar una oportunidad para que los pacientes busquen información que enriquezca la comprensión de sus padecimientos y, ante cualquier duda, establecer un mejor mecanismo de comunicación con el médico teniendo presente que la premisa en el conocimiento es el que no sea algo reservado o que constituya un saber oculto a unos cuantos.

Pero existe un área de la medicina que posee una situación especial. La Psiquiatría muchas veces se basa en los síntomas subjetivos que los pacientes manifiestan. Esto se complica con la amplia variedad que puede generarse ante el comportamiento del humano que nunca se puede prever y si bien, a medida que el conocimiento de las neurociencias avanza y se identifican elementos físicos que pueden provocar alteraciones en la conducta, las clasificaciones de padecimientos mentales requiere de otros documentos como el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (en inglés, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, que se abrevia como DSM) y que ha sido editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (del inglés, American Psychiatric Association, y abreviada como APA). En este manual se clasifican los trastornos mentales en categorías diagnósticas para que los médicos puedan basarse en elementos que permitan con mayor facilidad estudiar, comprender y sobre todo, diagnosticar padecimientos con base en experiencias que se hicieron en el pasado, fundamentadas en estadísticas que caracterizan a las enfermedades de la mente.

Pero el emitir un diagnóstico, implica una carga de responsabilidad enorme, por las implicaciones que conlleva un error. En este sentido, la racionalización y la aplicación del sentido común es determinante para poder decirle a un enfermo qué es lo que padece. De otra forma, estaríamos cayendo en las prácticas empíricas donde se concebían a los padecimientos en el “asiento del café”, la posición de las estrellas, las vísceras de los animales y hasta la interpretación de los sueños.