Se me olvida que el mundo mutó

Buscábamos –mi hijo y yo– un vuelo para viajar a Estados Unidos. Yo, –acomedida y puntal, rápida y sin pereza alguna–, corrí a traer mi libretita, pluma y lápiz para apuntar toda la información pertinente que cada clic de la computadora nos diera para después comparar precio, aerolínea, número de vuelo, día y hora.

Presta llegué a sentarme a la mesa donde nos congregamos. Mi hijo, –mío y de la tecnología–, al verme sentada con mis implementos de trabajo, preguntó:

–¿Pa’ qué ma’?


–Para apuntar y comparar.

–No ma’, ya no se hace así. Ahora hay buscadores de vuelos que comparan precio y dan todos los detalles que necesitas: aerolínea, directo o con escala, dónde y cuántas horas de espera.

¡Ay cabrón! Se me olvida que el mundo mutó. Mi mapa mental todavía está atado al papel y lápiz para apuntar todo lo que es importante y necesario: lista de compras, cosas pendientes de hacer, hora de cita…, vuelos y costos. El celular inteligente y sus pinchemil aplicaciones muy útiles todavía no están en mi vida íntima. Lo considero tan impersonal y tan efímero: borras conversaciones, fotos y videos porque la memoria ya no te alcanza (estoy segura que el papel y pluma tienen más memoria); las guardas en una nube que quién chingaos sabe dónde está; nada como las que acostada en el pasto ves cómo el viento se las lleva para que llegue otra de diferente forma y color… pero tú estás ahí y la nube allá y se va y llega otra. Y el papel con palabras, frases y oraciones manuscritas, –los acumulables– por el valor y significado que tiene cada carta, recado y nota de las personas que siguen vivas en ti.

Acepto “aprender a aprender”. Es más: me apasiona, me embelesa, me embruja. Cambiar cuando el mundo cambia: cambiar para que el mundo cambie: adaptarse a lo que se adapta, que se adapten a nuestra adaptación… y ¡mutar! Ni en mis sueños más salvajes alguna vez pensé que todo estuviera así de fácil y a la mano; fácil de ser difícil para quienes venimos de la cultura del papel y lápiz, del apunte de lo importante, de guardar esos documentos que al verlos de nuevo llenan los huecos que toda vida tiene; de la letra que dice todo de ti en cada uno de sus rasgos y firma. Apuesto que los enamorados actuales, pocos conocen su letra manuscrita, esa que cuando ves en el sobre con tu nombre, tu corazón se acelera y tus manos tiemblan.

Atrapada en el papel y el lápiz, en la nube que pasa en el cielo… y no de aquélla que nadie sabe dónde chingaos está, como la letra manuscrita de sus amigos virtuales.




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