Se acercó el futuro

Inicia hoy censo en Puebla para incorporar a 800 mil poblanos a programas del gobierno de la República que presidirá Andrés Manuel López Obrador.

A estas alturas de la carrera por la presidencia las tendencias aparecen ya definidas. No hubo nocaut alguno y la diferencia de puntos hará muy difícil, si no imposible, que los jueces roben la pelea. Más allá de las personalidades, lo que parece que vamos a vivir es el intento del caudillismo popular por resolver la crisis del Estado mexicano.

El proceso de transición del autoritarismo a la democracia se quedó a la mitad, es decir, no encontró la forma de gobernabilidad que le permitiera su consolidación. A la deriva, la transición pronto comenzó a tomar forma de restauración, primero con el regreso de los corruptos, y ahora con la reconversión del presidencialismo autoritario en caudillismo, no liberal ni revolucionario, sino popular.

El caudillismo de hoy no tiene una base definida en algún estamento, clase o grupo social. Detrás de él no se encuentra un sector del ejército, los sindicatos, el campesinado, los empresarios, la burocracia o el lumpen, sino un complejo abigarrado de todos los sectores sociales, con un denominador común: el malestar con el sistema.


El malestar tiene múltiples expresiones: enojo, irritación, miedo,  desprecio, etc., pero todos están, para decirlo en una sola expresión, hasta la madre de la corrupción y la inseguridad. En cuanto al sistema cabe decir que no aparece en una forma definida, pero en general se manifiesta en el malestar contra la clase política, partidos y gobiernos. Y como los partidos que han ejercido el gobierno federal en los últimos tres sexenios han sido el PRI y el PAN, el malestar se expresa sobre todo contra estos dos partidos.

El caudillo tampoco porta un programa político definido. Ha balbuceado que pertenece a la corriente del liberalismo social (invento de Jesús Reyes Heroles adoptado por Carlos Salinas de Gortari), que lo mismo le sirve a Chana que a Juana. Como lo del Revolucionario Institucional que se adaptaba a cualquier postor. Sin embargo, el caudillo ha tenido grandes aciertos políticos. Primero, recurrió a una forma de hacer política que en el México del centro y el sur sigue teniendo gran arraigo: el caudillismo. Segundo, apostó a que las cosas le salieran mal a los del gobierno. Tercero, diseñó una consigna que señala un culpable concreto y tangible: la mafia del poder del PRIAN. Cuarto, enarbola una causa más allá de la política, pero que da una forma a la esperanza general: la regeneración moral. Y quinto, después de doce años, las circunstancias le han sido del todo favorables, por la tremenda crisis moral y política del gobierno de Peña Nieto, y por el apoyo voluntario e involuntario que le ha dado el propio presidente y que él ha sabido aprovechar plenamente.

La democracia mexicana fracasó en su intento por evolucionar hacia una forma superior que la consolidara y hoy está sirviendo para restaurar viejas formas políticas que a los mexicanos nos vienen bien porque las conocemos de sobra. Así, por medio del voto, se va a reconstruir la figura del caudillo que personificará al Presidente omnipresente, al cual se le otorgará todas las esperanzas de redención, cambio y mejora. El paternalismo asistencial, acompañado por el hijismo esperanzado. El ciudadano demócrata que poco a poco venía apareciendo en el horizonte, nuevamente dejará su lugar al súbdito pedigüeño. La democracia de las colas para el besamanos y los favores de la que ha hablado Gabriel Zaid (democracia peticionaria), regresará por sus fueros.

A estas alturas no hay manera, ni la habrá, para discutir otra cosa que no sea estar a favor o en contra del caudillo. Después del fiasco del  PAN, del regreso del PRI y dada la incapacidad del PRD, ahora toca el turno de la izquierda de a de veras. La del cambio verdadero. Y aléguenle.

Con AMLO ya sabemos que la solución a cualquier problema de los grandes o pequeños que enfrenta la Nación consiste en acabar con la corrupción. Por tanto nos esperan por lo menos dos años de gobierno con cruzadas morales y políticas asistenciales, así como con conferencias mañaneras después de los partes policíaco militares en la madrugada, una que otra consulta sobre la amnistía a los campesinos sembradores de amapola y a la mejor hasta una visita del Papa y de otros dirigentes de las iglesias cristianas. El debate sobre las posibilidades para avanzar en la consolidación de la democracia y el desarrollo del país estará vedado mientras vivimos el intento del gobierno del caudillo de la regeneración moral de la nación.

Amor y paz, reconciliación, son palabras del AMLO que dice con frecuencia, pero no se siente que sean muy congruentes con su proyecto político. Peligroso sería que se quedaran en demagogia pura. El caudillismo popular, como forma y vía de involución del presidencialismo, puede llevar a una polarización social con altas probabilidades de que desemboque en una solución autoritaria o en un caos mayor al que hoy asistimos.

La causa fundamental de la violencia y la inseguridad en México ha sido el debilitamiento creciente del Estado. Por supuesto que también el fortalecimiento de la trata de armas, personas y drogas. Pero si se sigue debilitando el Estado, seguramente le ganará la carrera el crimen en sus múltiples y variadas formas. Y el Estado no se puede fortalecer más que por dos vías: o se democratiza y se hace congruente con sus  formas propias de gobernabilidad, o se endurece autoritariamente.

AMLO enfrentará esta disyuntiva inevitable. Él mismo ya es el principio de uno de los dos probables caminos a seguir. Pero cabe la posibilidad de que se vea forzado a no cerrar posibilidades al otro.

Morena y el fuero interno de su caudillo tienen una composición ideológica igual de abigarrada que el movimiento que han construido. Hay socialistas radicales, bolivarianos, comunistas, populistas revolucionarios, pero también derechistas de cepa, cristianos adventistas, evangélicos y otros, católicos redentores, además de los oportunistas infaltables, varios pillos o vividores y de manera creciente, líderes intermedios del viejo régimen que saben cómo hacer funcionar al sistema.

Los resultados electorales y los escenarios políticos respecto de la correlación de fuerzas, definirán las posibilidades de gobierno y el alineamiento de las tendencias al interior de Morena y de la mentalidad del caudillo. Así como puede prevalecer la soberbia de los radicales de izquierda o derecha, puede también predominar la prudencia orientada al compromiso amplio con las demás fuerzas del país para la reconciliación y el fortalecimiento democrático del Estado. Claro que también puede fracasar en el intento y, si no sobreviene alguna situación catastrófica, el país ahora si tocará fondo y ojalá que se mantenga mínimamente viable el camino democrático para tomar las medidas de fondo que hacen falta. Para entonces y desde ahora, la influencia de los organismos internacionales vigilantes de los derechos humanos, las libertades y la democracia, serán muy importantes.