San Isidro IV

En Madrid no valen medias tintas. El compromiso es máximo y los toreros asumen la obligación de llegar con la mente y el cuerpo en estado de alerta, dispuestos a entregarse como si se tratara de su última oportunidad (que en algunos casos lo es). Invariablemente, el toro es siempre toro por edad, integridad y presencia. Luego podrá resultar mejor o peor, pero en Las Ventas no vale esconderse ni reservarse: hay que salir a darlo todo. Y que sea lo que dios quiera.

Eso explica hechos como el de Cayetano, artista que torea poco y de quien no se esperaba gran cosa. El viernes se encontró con “Maleado” de Victoriano del Río –un toro boyante sin más–, y el hijo mayor de Paquirri se fajó con él. Y como de la familia es quien mejores dejes ordoñistas heredó, su breve faena emanó aroma y clase pero sobre todo inspirada imaginación. La inició sentado en el estribo, se reposó en tandas cortitas pero cabales de toreo fundamental, la salpicó de sentidos trincherazos, cambios de mano por delante, desdenes y kikiriquíes. Y lo que pueda haberse echado de menos en solidez se compensó con un sello de etérea variedad. Y luz, una luz y una frescura nuevas. Lo mató de estoconazo impecable (con susto al salir de la suerte). Y la oreja se concedió a petición mayoritaria, por encima de los consabidos abucheos del 7.

Cuando iba a salir el cierraplaza se postró a portagayola y lo recibió limpiamente. Y con qué aires añejos meció su capote en chicuelinas orticistas para llevarlo al caballo, y en la larga para echárselo a la espalda y dibujar la gaonera clásica, la de pata’lante y pecho saliente. Aquello era otra cosa, la ruptura total con la rutina. Pero una vez iniciada la faena –el público encendido– el de Victoriano se rajó sin más. Cayetano abrevió toreramente y su estoque volvió a ser efectivo. Se abre un crédito que tendría que rendirle dividendos en lo que resta de temporada. Pero tal como funciona este circo, nunca se sabe.


Esa tarde del viernes, Castella y Manzanares pasaron sin pena ni gloria. Como la corrida, otra vez decepcionante –era la segunda–, de Victoriano del Río.

Castella, el sobreviviente

Sacudido en forma espantosa por la potencia virgen de “Juglar”, de Garcigrande, que se le fue al pecho en los medios cuando intentaba embarcar su embestida en un lance a pies juntos y lo trajo de un pitón a otro, volteándolo una y otra vez como pelele, Sebastián Castella pasó de ser un fardo roto sobre la arena venteña a un hombre dispuesto a morir del todo con tal de acreditar su genuina condición de torero. Desiguales eran las embestidas del castaño y heroica la faena del francés, plantadísimo siempre, inmutable al embarcar con autoridad –que no necesariamente con limpieza– las acometidas del que a punto había estado de causarle daños irreparables. Emoción al rojo de principio a fin, incontenible, soberana, signada por un estocadón algo delantero y por el ondular de pañuelos que llevó al juez a otorgarle las dos orejas. Premio que no tardarían en discutir los puntillosos, porque si no esto no sería Madrid. Empero, la salida del galo por puerta grande ha sido uno de los sucesos de la feria.

Ese miércoles 30 Enrique Ponce marcó diferencias entre su primera faena –larga y monocorde según costumbre– y la torera porfía de la segunda, a un animal incómodo y calamochero al cual desafió en corto con más resolución que lucimiento, pero con el que se dobló al final con verdadera solera en torero alarde dominio. Al lado de ambos, el confirmante venezolano Jesús Enrique Colombo, con lo peor de una mala corrida, apenas pudo mostrarse, más allá de la reconocida enjundia de sus banderillas y de su eficaz acero.

Luis David reincide y redondea

Para el jueves 31 estaba anunciada una corrida para seis espadas de seis distintos países. La “corrida de las naciones” denominó Simón Casas al experimento, y es lástima que le destinara un encierro de tan escasas garantías como el de El Pilar, que cumplió con creces el pronóstico negativo. Con más resignación que entusiasmo, un público tan heterogéneo como el cartel vio desfilar en sucesión a un fácil y desmotivado Juan Bautista; a Luis Bolívar, valiente y torero con un arisco animal que le pegó un volteretón pavoroso nada más iniciado el muleteo, sobreponiéndose al cual –y a un fuerte hematoma en la pantorrilla– el panameño– caleño daría una lección de entereza que nadie le agradeció. Juan del Álamo, tercer espada, intentó faena sin conseguir otra cosa que un aviso del palco; y dos clarinazos se llevó el peruano Joaquín Galdós, cuyo excelente corte se estrelló también en la aplomada sosería del suyo. El único que se movió con transmisión aunque sin clase fue el cierraplaza, al que el sancristobaleño Jesús Colombo saludo con par de largas de hinojos, anunciando su entregada disposición a romper el hielo. Lo consiguió con su emotivo tercio de banderillas –hasta cuatro pares clavó, tres de ellos de poder a poder, con tino desigual pero logrando levantar la tendido. Y casi pierde el sentido cuando un descompuesto pitonazo lo alcanzó en pleno mentón, dejándolo groggy y causándole una hinchazón instantánea que no amilanó al de Venezuela, valeroso sin tregua y de gran facilidad estoqueadora, reconocida por el público aunque no hasta el punto de justificar la vuelta al ruedo que se autorrecetó.

La última comparecencia de un mexicano en San Isidro 2018 ocurrió precisamente en esta corrida de las naciones y representó lo mejor de la grisácea tarde. El quinto de El Pilar, “Cotidiano” de nombre era un cinqueño destartalado y basto que nunca bajó la cabeza, dotada de dos buenos leños que apuntaban al cielo. Luis David se pasó el primer tercio dirigiendo la lidia y estudiando el comportamiento nada prometedor del burel. Pocos esperaban, pues, que el hidrocálido consiguiera armar la faena torera, coherente y templada que enseguida se vio. El secreto estuvo en la forma de centrar a “Cotidiano” en su imperiosa muleta y en la capacidad de encontrar el terreno y la altura a que el astado salmantino podía repetir, sin clase pero sin malicia; del resto se encargarían el temple natural del mexicano y el trazo largo y armonioso de sus muletazos, caso todos sobre el pitón derecho, pues por el otro el bicho era reservón y en ocasiones se terciaba. Cada tanda tuvo su remate adecuado, y solamente las bernadinas finales –ceñidísimas, eso sí– rompieron la armonía que fue rasgo dominante de la pausada faena. Luis David se entregó en la estocada tanto como acostumbra, el acero quedó en lo alto del morrillo, algo delantero pero en sitio mortal –se tapaba el bicho blandiendo su bien armada testa, nunca humillada– y aun así se pidió la oreja, no concedida. Todo muy en su punto, como la ovacionada vuelta al ruedo con que el de Aguascalientes puso punto final a una feria tan positiva para él que solamente un medio autista y discriminatorio podría explicar que se le sigua relegando a una campaña menor por cosos de tercera. Ojalá no suceda.

Viaje al siglo XIX

Los encierros de Dolores Aguirre y Eduardo Miura dieron ocasión a los madrileños de asistir a dos corridas como las de hace 100 años, sólo que con matadores y usos y costumbres contemporáneos. Fueron el último domingo de mayo y el primero de junio. La de la ganadera fue, por hechuras y comportamiento, una auténtica moruchada, y mucho hicieron con semejante material los esforzados Rubén Pinar, Juan Carlos Venegas y Gómez del Pilar, que venían solamente a esa corrida y tuvieron al menos la comprensión de la grada, traducida en sendas salidas al tercio.

Más arduo resultó ponerse ayer delante de una miurada de trazas, pinta y conducta decimonónicos. Lo hicieron Rafaelillo –torero que a veces remite directamente al XIX–, Pepe Moral –artista de clase muy siglo XX– y el joven Román, de aire inequívocamente actual. Rafael Rubio se defendió con veteranía de un par de galafates que sabían lenguas muertas, Moral estuvo casi artista con las pocas embestidas francas de “Laneto”, el segundo, y Román casi heroico ante el armadísimo y taimado sexto, que empezó por saltar al callejón y al que le arrancó, a puro estoicismo, algunos muletazos de trazas precursoras del toreo contemporáneo. Lo mejor fue que matadores y cuadrillas salieron indemnes del trance. Y que el público tuvo oportunidad de viajar por el túnel del tiempo.

Lo demás

Qué contraste con la placidez rejoneadora del sábado, no exenta de riesgo porque jinetes, cabalgaduras y toros –buen encierro el del Capea– se deslizaron sobre un espejo de agua, que fomentó la vistosidad pero también el peligro. Los tres actuantes pasearon cada quien una oreja tras hacer las delicias de un público de dulce: eran Pablo Hermoso, Sergio Galán –al que el juez le escamoteó la puerta grande– y la francesa Lea Vicens, a quien adoran los madrileños, sobre todo los niños. En cambio, el lunes 28 no hubo toros porque el agua que cayó a torrentes dejó el ruedo impracticable. Y el martes, una torada de Torrehandilla, Torreherberos y un sobrero francés de virgen María dejó en poquísimo los esfuerzos de Daniel Luque, David Galván y Álvaro Lorenzo, con quienes la gente estuvo comprensiva y hasta les ovacionó sus escasos momentos de lucimiento.