Rusia 2018: Violencia mundial

Rusia 2018: captura de pantalla del video de la trifulca desencadenada por una botarga de AMLO.

Nadie puede negar la imagen que se ha construido de los mexicanos desde la mirada extranjera, donde las categorías más comunes para describirnos deambulan entre etiquetas positivas y negativas, entre el huevón y el fiestero, entre el folclor y el desmadre. Si algunas veces nos cuesta trabajo encontrar las razones por las que se nos han adjudicado adjetivos cercanos a los mencionados, los mundiales siempre resultan ocasiones perfectas para que emerjan nuestras respuestas.

Sin duda, cualquiera de nosotros argumentaría en contra de muchas de las calificaciones que, en un plan injustamente totalizador, se nos han echado encima, las cuales normalmente se quedan en descripciones nimias de nuestras supuestas personalidades. Sin embargo, hay un concepto que se ha ido acercando, tomando fuerza en los últimos años para ser relacionado con el país: lo violento; y no podría ser sino que preocupante.

Intentando no entrar en discusiones alrededor de las preferencias electorales de cada uno de nosotros, quizás una de las razones por las que una propuesta de amnistía es difícil de comprender, además de razón del rechazo inmediato de muchos, sea la normalización tan profunda que, particularmente en nuestro país, hemos hecho de la violencia. Ante esto, llama la atención y alarma la facilidad con la que podemos ver reflejada esta sentencia a tan solo unos escasos días de haber empezado el Mundial.


No se trata de hablar como si el nuestro fuera el único país que pudiera ser calificado bajo el adjetivo de “violento”. De hecho, si hay un mundo en el cual la violencia puede verse manifestada, sin tener que esforzarse mucho para lograr observarla, es el del fútbol, y aquí las fronteras no aplican como variable.

Antes de ser lanzada al incomprendido y rechazado grupo de los haters futboleros, me parece importante señalar la necesidad que tenemos de dejar de ver cada episodio de violencia, de injusticia, sectario o discriminatorio en el cual nos vemos involucrados como simple producto de la inocencia: “es sólo un chiste”, una broma, un meme o un stand up. La comedia, como la política, tienen un trasfondo ideológico innegable y lo “cómico” de cualquier situación no se basa sino en presupuestos vívidos u ocultos en nuestra cabeza.

México-Alemania

El pasado domingo, el mundo entero fue sorprendido por el triunfo de México contra Alemania, campeón mundial de los últimos ocho años. Ante la victoria globalmente inesperada, vimos desfilar una serie innumerable de festejos, por los que también somos reconocidos mundialmente, pero fue uno en particular el que tuvo resonancia: la quema de la bandera contrincante y derrotada.

En el video, protagonizado por tijuanenses, se puede ver a los participantes celebrando el cuestionado ritual, simplemente como un recurso más de adorno al festejo. Aparentemente, a nadie le parece un acto de violencia fuera de lo normal, probablemente producto de la naturalización de escenarios similares. Sin embargo, la opinión pública saltó hacia el lado contrario y el video se viralizó con fuerza, alimentando el rechazo al contrastarlo con otro más, esta vez con alemanes como los protagonistas, izando la bandera mexicana y bajando la propia del asta.

Este suceso es fruto de la coincidencia y sería injusto adjudicárselo a un problema de distinción entre naciones, que al final de cuentas concluiría en una reflexión particularmente clasista, pintando a los mexicanos como los salvajes con falta de educación. Me parece que aquella sería una conclusión torcida e indigna, que alimentaría el mismo lente de enfoque discriminatorio con que se suele juzgar a nuestro país. Sin embargo, creo que la clave está en señalar sucesos como éste, vengan del país que vengan, sin introducir etiquetas nacionalistas de por medio.

Pero los rituales de violencia que hemos estado viendo circular en este Mundial están lejos de concluir en aquel episodio. Otro video nos muestra la agresión de un grupo de mexicanos, aparentemente de clase privilegiada, a otro, en el cual uno vestía una botarga del candidato presidencial por la coalición “Juntos Haremos Historia”, Andrés Manuel López Obrador.

La prepotencia que evidencia el primer grupo, en particular de los dos participantes principales del incidente, a muchos de nosotros nos resulta familiar. Como si estuviéramos atestiguando una trifulca característica de mirreyes contra el cadenero del antro. Seguro que esta afirmación para algunos afectados podría parecer arbitrariamente enjuiciadora, pero basta con ver el video para juzgar la actitud de bully  todopoderoso del líder de la manada. Otros argumentarán a su favor la cooptación de la libertad de expresión llevada a cabo por los críticos a un evento como tal, asegurando que es ésta su forma de “protesta”. Probablemente sean los mismos que arremeten en contra de las otras manifestaciones, para ellos preocupantes: las de las calles, las masivas, las pacíficas; las que obstaculizan el tránsito vehicular.

No nos suena raro que un mexicano se gaste la quincena en eventos de entretenimiento como éste (en los contados casos en que la quincena alcanzaría para ello), pero sabemos que el ingreso mensual de nuestros paisanos asistentes a un Mundial, cuyo viaje implicó al menos entre 26 y 27 mil pesos sólo de vuelos, no será la constante del salario mexicano, que ya a principios de año vaticinaba con integrar los primeros lugares entre los países con peor salario de América Latina (88,36 pesos diarios).

Por otro lado, enmarcados en el contexto electoral histórico que está tomando lugar en nuestro país, el acoso e insultos del primer grupo al segundo retrata con bastante justicia la guerra civil que se ha desencadenado entre nuestros ciudadanos a partir de las discordancias entre electores, en un proceso donde todas las decisiones giran en torno al candidato morenista.

Distanciándose del odio al PRI, que comúnmente podía ser un referente de acuerdo entre mexicanos, los opositores de AMLO parecen haber volcado todo resentimiento contra el abanderado, llegando a un extremo en el que, para éstos, cualquier cosa, sin exagerar, es mejor que aquél, y a pesar de que muchas veces se asegura lo contrario, el clasismo, la prepotencia y la intolerancia se hacen presentes incuestionablemente cuando de atacarlo se trata:

Sexismo: lugar común

No estoy interesada en menospreciar la violencia generalizada que caracteriza a los mundiales, o a cualquier contexto futbolero: el machismo implicado al metaforizar el pene y la penetración como sinónimo de poder, de triunfo, de victoria, como podemos ver en las consignas protagonizadas por Zague:

https://www.facebook.com/AnalistasOficial/videos/2130540017040871/

 

O alrededor del escándalo suscitado por la fiesta de despedida del Tri, para la cual contrataron a 30 prostitutas:

Sin embargo, la confrontación electoral que estamos viviendo parece reflejar el triunfo de la desunión; el enemigo parece ser el otro votante, aquél cuyas ideas y razones de voto no nos detenemos siquiera un segundo a escuchar, encerrados dentro de nuestra obstinación. Una confrontación que debería ser comunión para exigir el bienestar común.

Llamemos siempre al diálogo y hagamos circular nuestros argumentos mientras escuchamos los otros. No callemos, no guardemos nuestras opiniones por “respeto” al otro, porque respeto no será si implica censura de cualquier parte, pero no alcemos nuestras voces para no escuchar.