Resistencia indígena

La reciente declaración del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y del Congreso Nacional Indígena que culmina con el anuncio de que el movimiento participará en las elecciones de 2018 a través de la candidatura independiente de una de sus militantes, se instala en discursos precedentes de largo aliento que echan profundas raíces en la historia de los pueblos mesoamericanos. En efecto, los pueblos indígenas de nuestras latitudes –y para el caso, de América toda– han vivido en pie de lucha desde la llegada de los europeos a nuestro continente. No podemos hablar de la historia de América sin mencionar motines, rebeliones, asonadas y gobiernos autónomos; a la par, tendríamos que realizar la historia de la represión de tales movimientos lo mismo en el México Colonial, que en el independiente. Con demasiada frecuencia, la represión ha sido violenta y los castigos a los involucrados, crueles y sanguinarios. No obstante, hay que considerar que la resistencia no siempre se dio de manera abierta y por medio de las armas, sino a través de la plasticidad con la que estas culturas han logrado adaptar los aspectos más relevantes de su quehacer para que puedan permanecer. Mario Humberto Ruz afirma en el libro Del Katún al siglo, tiempos de colonialismo y resistencia entre los mayas, editado en conjunto con José Alejos y María del Carmen León, que la resistencia de los pueblos indígenas no significa la permanencia de un orden preestablecido; por el contrario, el indio “vive en la historia, la crea y la recrea mediante su conciencia individual y colectiva que, al hacerlo sentirse diferente, colabora en la reelaboración de su identidad. Su palabra viene a ser, así, instrumento de lucha en tanto que asume, codificándolo, un proyecto histórico propio”. Como tal, los zapatistas viven en su tiempo y en su espacio y añaden las luchas de otros grupos indígenas que hoy se resisten en pos de la preservación de su territorio, sus costumbres y su espacio frente al embate del Estado mexicano y las empresas a las que éste ha vendido derechos de explotación y usufructo.

Gabriela Solís y Paola Peniche, en un libro llamado Idolatría y sublevación. Documentos para la historia indígena de Yucatán consideran que la resistencia indígena “se presenta en una multitud de facetas, y la más evidente se encarna en lo que se puede llamar la resistencia activa que se manifiesta cuando existen acciones concretas de grupos afectados para oponerse a situaciones impuestas, que en ocasiones llegan a la violencia generalizada. Por otro lado, actividades más complejas y difíciles de analizar se presentan bajo la forma de la resistencia pasiva, que supone la aceptación aparente de la imposición pero la negación interna o subrepticia”. Pese a que su estudio se centra en la resistencia de los pueblos mayas yucatecos al dominio colonial registrados en documentos de archivos diversos, la expresión de tal resistencia se sigue viviendo en la actualidad, salvo que ahora los indígenas aprovechan las tecnologías que tienen a la mano, como la red, las redes sociales, la radio, la televisión, el video, el audio, la fotografía y otros formatos, de manera que su voz se hace notar pese a la represión. En la declaración del Congreso Nacional Indígena, se detallan algunos de los conflictos que viven poblaciones indígenas a lo largo y ancho de la República, como “Los Pueblos Otomí Ñhañu, Ñathö, Hui hú, y Matlatzinca del Estado de México y Michoacán están siendo agredidos a través de la imposición del mega proyecto de construcción de la autopista privada Toluca–Naucalpan y el tren interurbano, destruyendo casas y lugares sagrados…” o “los Pueblos Nahua y Totonaca de Veracruz y Puebla se enfrentan a las fumigaciones aéreas que producen enfermedades a nuestros pueblos. Hay exploración y explotación de minería e hidrocarburos a través del fracking y se encuentran en peligro ocho cuencas a causa de nuevos proyectos que contaminan los ríos” o “El Pueblo Nahua, que se encuentra en los estados de Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Morelos, Estado de México, Jalisco, Guerrero, Michoacán, San Luis Potosí y Ciudad de México, enfrenta una constante lucha por contener el avance del llamado Proyecto Integral Morelos, que comprende gaseoductos, acueductos y termoeléctrica. Los malos gobiernos deseando detener la resistencia y comunicación de los pueblos intenta despojar de la radio comunitaria de Amiltzingo, Morelos”.

Nos guste o no la dinámica zapatista o la constitución del Congreso Nacional Indígena, no podemos soslayar la realidad que viven todas estas comunidades: una de despojo constante, de vulneración de sus costumbres y cultura en general y de falta de reconocimiento. La discriminación por raza, por etnia, por clase, todas son caras de la misma moneda cuando hablamos de las comunidades indígenas inclusive en pleno siglo XXI. Por tanto, esta proclama se suma a la de múltiples sectores de la sociedad que estamos hartos de la realidad tan absurda y agreste que vivimos. Pareciera que el tiempo no ha avanzado y que nos encontramos en tiempos coloniales por lo que respecta a estos pueblos, pero también en la explotación desmedida de nuestros recursos y el constante “afloje” de nuestras autoridades frente a intereses externos y privados. Por tanto, lo repito, nos guste o no, las demandas zapatistas son nuestras y la resistencia indígena también. Lo peor del caso es que, a la vuelta de otros 100 años, tal resistencia seguirá.





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