Reseña del libro Cerebro y libertad

Después de leer la Antropología del Cerebro1, del antropólogo mexicano Roger Bartra, sentí una gran satisfacción al ver el potencial del trabajo conjunto entre la antropología y la neurociencia. En este libro, el autor retoma la imagen de exocerebro desarrollada por Colin McGinn2 y de manera muy sugestiva explica la forma como la cultura, producto del ser humano, retroalimenta al cerebro del individuo dando pie así a la consciencia. Bartra entiende al exocerebro como una red circuitos extrasomáticos de carácter simbólico.

El autor señala que las deficiencias o carencias del sistema de codificación y clasificación, surgidas a raíz de un cambio ambiental o de mutación que afectan seriamente algunos sentidos (olfato, oído), auspiciaron en ciertos homínidos su substitución por la actividad de otras regiones cerebrales (áreas de Broca y Wernicke), estrechamente ligadas a sistemas culturales de codificación simbólica y lingüística. De acuerdo con este planteamiento, para sobrevivir los homínidos utilizaron nuevos recursos que se hallaban en su cerebro: se vieron obligados a marcar o señalar los objetos, los espacios, las encrucijadas y los instrumentos rudimentarios que usaban. Estas marcas o señales son voces, colores o figuras, verdaderos suplementos artificiales o prótesis semánticas que le permitieron complementar las tareas mentales. Así, se fue creando un sistema simbólico externo de sustitución de los circuitos cerebrales atrofiados o ausentes, aprovechando las nuevas capacidades adquiridas durante el proceso de encefalización. De acuerdo a Bartra, esta actividad neuronal sustitutiva sólo puede entenderse si visualizamos a la cultura como una prótesis.

En su último libro, Cerebro y libertad3, Bartra continúa con el concepto de exocerebro y lo une al de libertad. Debo reconocer que el entusiasmo que sentí por la Antropología del Cerebro no lo pude obtenerlo en este último libro. El autor pretende caminar sobre las aguas sin mojarse, alejándose de la naturaleza–biología del ser humano y abrazándose al psicologismo de Jean Piaget y de Lev Vygotsky. Mientras desecha totalmente el dualismo cartesiano le niega cualquier explicación física al origen de la consciencia, pero contradictoriamente le otorga un poder causal a ésta. Además, afirma que en la Naturaleza es muy rara la libertad (la cual sólo se encuentra entre los seres humanos) y que la biología es determinista, para luego concluir que el ser humano puede ser libre a través del exocerebro.


Al igual que otros autores que intentan explicar la libertad, Bartra tiene un vicio de origen. Una vez que descubren que el azar es libertad se aterran y sin aceptar el determinismo, porque sería la claudicación de toda responsabilidad humana antes sus actos, buscan salidas intermedias que no logran satisfacer a nadie ni explicar el asunto de la libertad. Por ejemplo, en la introducción del libro señala: “La pregunta que nos asalta es: ¿sólo podemos escapar del determinismo gracias al azar de una vida sin sentido? Si la vida de una persona está sujeta a sus circunstancias, sus memorias, sus apetitos y sus tendencias, es difícil encontrar un espacio para la libertad, pues parece sometida a una estructura determinista. Pero si la persona, para tomar decisiones libres, pudiera ser insensible a su entorno y a su pasado, entonces viviría una vida al azar. ¿Sería una vida basada en la libertad o más bien una existencia sumergida en el absurdo”.

Antes que nada debemos sacar del medio la problemática existencial del sentido de la vida. Ni el determinismo y mucho menos el azar pueden darle sentido a la vida. Las reflexiones filosóficas de Martin Heidegger son muy claras al respecto. Lo único seguro que tiene el ser humano en la vida es la muerte y si quiere buscar algún sentido a su vida deberá nadar en las aguas profundas de su existencia. De tener suerte, ojalá pueda escribir su experiencia y compartirla con la humanidad.

Sobre la segunda aseveración, pretender buscar en una tabla rasa la expresión de libertad es lo mismo que hablar del alma de Descartes, nada más que en esta ocasión, es el ser material y no el etéreo el que se abstrae de toda existencia para ser libre. En palabras de Karl Marx, en sus momentos hegeliano idealista y hablando sobre el átomo concebido por Epicuro señala: “La individualidad abstracta es la libertad de la existencia, no la libertad en la existencia. Ella no puede brillar a la luz de la existencia. Esta es un elemento en el cual aquélla pierde su carácter y deviene material4.” No hablamos de individualidades abstractas, la pregunta es si el ser humano tiene o no la capacidad de tomar decisiones de forma voluntaria y consciente, esto es, con conocimiento de causa. La libertad tiene que existir en el sujeto, y para que esto sea factible, el sujeto tiene que tener identidad y personalidad, de otra forma estaríamos hablando de entes abstractos, inexistentes o volviendo a Platón, de las esencias y eides.

Los individuos, como unidad de selección natural, en el entorno de la especie, son los que desarrollan las nuevas capacidades adaptativas. La toma de decisiones de forma voluntaria y consciente le permitió al individuo adaptarse mejor que aquellos que nunca pudieron desarrollar el habla, el pensamiento y por consiguiente, la capacidad de actuar libremente. Como unidad de selección, su actividad es la lucha por la existencia. Es en este contexto en que tenemos que analizar la capacidad de actuar libremente y no en abstracciones fantasiosas que excluyen por sí misma cualquier tipo de respuesta.

El comportamiento de un animal consiste de una sucesión de reacciones motoras adaptativas a los cambios a su ambiente interno y externo. Estas reacciones motoras producen cambios en esos ambientes, los que a su vez son detectados por sensores o receptores internos que generan o modulan acciones subsecuentes. Por lo tanto, la adaptación del comportamiento se basa en una operación continua de mecanismos universales de procesamiento circular a través del sistema nervioso central: las señales internas o sensoriales llevan a acciones que generan retroalimentación la cual regulan acciones futuras, y así, sucesivamente. La retroalimentación no proviene de la conciencia sino de la actividad neuronal objetiva que produce la conciencia.

La conciencias es una experiencia del “sí mismo” en el pensar. Debido a que el “sí mismo” no es una función cognitiva en sí, carece de un sustrato neuronal. Por lo tanto, la consciencia debe considerase como un fenómeno concomitante del pensar –de la cognición. La experiencia consciente emerger de cualquiera de las funciones cognitivas: percepción, memoria, atención, lenguaje e inteligencia5. Podríamos concluir que la retroalimentación cíclica sensorial–motora actúa como intermediario entre los códigos externos y las señales químicas y eléctricas propias del cerebro. No hay duda que el mundo exterior, la prótesis cultural, son un requisito sine qua non para el desarrollo de la conciencia.

El ser humano es naturaleza–biología, en él se encuentran y se aplican las leyes de la física, de la química y de la biología, pero la emergencia vida lo ubica en un contexto diferente a la materia inanimada. Al igual que habla y el pensamiento, el ejercicio de la libertad se desarrolló y tomo forma en la medida que el ser humano va evolucionando socialmente. Esto bajo ninguna circunstancias quiere decir que la libertad es social y que lo biológico es determinista. Es imposible que individuos con naturaleza biológica como la de un reloj, por el mero hecho de vivir en sociedad, sobrepasen el lastre del determinismo sin que en ellos exista la capacidad biológica para actuar libremente.

 

1Bartra R., Antropología del Cerebro, 2008, ed Fondo de Cultura Económica, México.

2McGinn C. The mysterious flame. Conscous minds in a material world. p11.

3Bartra R., 2013, Cerebro y Libertad, ed. Fondo de Cultera Económica, México.

4Tesis doctoral de Karl Marx, Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro.

5Fuster, Joaquín M., Cortex and Mind, (2003) Oxford University Press, USA.

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