Reducir la violencia y fomentar la lectura en San Antonio, el legado de Miguel Díaz

Desde el inicio, allá por 2007, su-po que su labor en San Antonio consistía en reducir la violencia, el consumo de drogas e impulsar el arte y particularmente la lectura. Todavía en los primeros días de diciembre de 2016 afirmó que su barrio era muy inseguro pero que en la actualidad había “cero puntos de venta de drogas”.

Hace un par de semanas, aque-lla labor encontró una pausa tras el fallecimiento de Miguel Díaz Hernández, líder de San Antonio y fundador de Banda Urbana, una asociación civil desde la cual pro-movió el deporte, el arte y la educación para erradicar la violencia de aquel barrio y de otros cercanos, ubicados en pleno Centro His-tórico de la ciudad.

Miguel Hernández falleció la madrugada del martes 27 de di-ciembre de manera repentina. Su labor se refleja de manera tangible en las paredes adornadas con graffitis, los partidos de futbol, los festivales, las noches de observación celeste y La Tamalera, una biblioteca rodante acondicionada en un triciclo que visita las vecindades, las casas y los espacios pú-blicos de San Antonio.


Su trabajo, sobre todo, se percibe de manera intangible en los niños y los jóvenes –hace siete años también niños– que alguna vez le cuestionaron, le pidieron su apo-yo y opinión, le llamaron para que organizara los partidos de futbol y les acercará los telescopios.

No obstante la ausencia de Mi-guel Díaz, su hermano Silvestre Díaz asegura que la labor de Ban-da Urbana continuará vigente en el barrio de San Antonio. “Vamos a continuar con actos de rap, grafitis; el trabajo de Banda Urbana va a seguir”, comentó.

De peleonero a soñador

Miguel Díaz confesó durante una entrevista realizada en 2014 que él era consumidor de drogas y un “peleonero” que en 2007 soñó y confió que “el barrio de San An-tonio iba a cambiar, que no siempre sería lo mismo, que con mu-cho trabajo las cosas tomarían otro rumbo”.

En aquel momento, rodeado siempre por niños y niñas del ba-rrio, narró que el proyecto se ges-tó cuando entró a trabajar al ayuntamiento de Puebla y se preguntó qué haría “si seguía siendo ban-da”. La respuesta, señaló, sería el aportar y el rescatar las cosas que pasaban en su barrio, entre ellas el graffiti, mismo que hoy sigue ador-nando las calles de San Antonio.

El siguiente paso, contó en aque-lla ocasión, fue concretar el proyecto como una asociación civil que diera seguridad y seguimiento al esfuerzo para que no fuera vulnerable a los cambios de ad-ministración municipal, algo que “siempre causa zozobra”.

Luego, continuó Díaz, consiguió el permiso para que la antigua caseta de vigilancia fuera acon-dicionada y dispuesta como una pequeña biblioteca. Ello, porque la lectura fue el punto de partida de Banda Urbana, pese que no sa-bía si el proyecto “pegaría o no”.

“La gente, los amigos me de-cían que mejor abriera un ‘putero’, un negocio que dejara dinero. Yo dije que no, que sería una bi-blioteca, en la que poco a poco tu-vimos lectores, y que hoy en día es el primer centro cultural de su tipo instalado en un barrio”, con-tó Díaz Hernández.

Agregó que la experiencia “se gestó y creció, porque era y sigue siendo nuestra, en la que nosotros, los miembros del barrio y ciudadanos, estamos aprendiendo porque no estábamos acostumbrados a eso que llaman la cultura”. Por ello, afirmó, a la cultura los miem-bros del barrio la conciben “pe-gada” al deporte, ya que en conjunto son actos que les dan oportunidad de convivir y aprender.

Entre el graffiti, La Tamalera y El barrionauta

En 2008, Banda Urbana y Miguel Díaz prepararon un proyecto pa-ra intervenir San Antonio con te-máticas que reflejaran la historia del lugar. No conformes con este proyecto, la asociación civil or-ganizó el Concurso nacional de grafiti en el zócalo de San Jeró-nimo Caleras, en la idea de fo-mentar la unión familiar y la prevención de las adicciones en los jóvenes.

El mismo año, Miguel Díaz de-fendió al graffiti como una herramienta no solo de expresión artís-tica, sino como una forma de trabajo para la gente de su barrio. Lo hizo en referencia al aumento de las sanciones que recibirían los grafiteros, que serían tomados no como trabajadores sino como de-lincuentes. “La pena no sé si servirá de algo, pues lo primero que tiene que hacer es diferenciar el graffiti de las rayas vandálicas”, sugirió entonces.

Para 2009, con el respaldo del Centro de Emergencia y Respues-ta Inmediata, Miguel Díaz impul-só el Programa Arte Urbano con el que intervino varios muros y bar-das de la Angelópolis, en la idea de reposicionar al graffiti como un medio de expresión del arte lejano de un acto vandálico. Para en-tonces, Banda Urbana aglutinaba a más de 5 mil chavos banda e in-cluso profesionistas en artes plás-ticas y antropología.

En el caso de La Tamalera, co-mo explicó el propio Miguel Díaz, fue un proyecto que se gestó cuan-do el colectivo El Pedal lo invitó a una rodada, a la que acudió acom-pañado por los niños del barrio. Viendo un triciclo –aquellos que usan los vendedores de tamales–, pensó que sería buena idea tener una biblioteca rodante. Así, con el apoyo de amigos y familiares, consiguió el triciclo y los materiales para transformar el medio de transporte centro de lectura que a partir de 2014 visitó las vecindades de San Antonio.

Para 2015, tras la obtención de una beca del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Co-munitarias y con el apoyo de Ma-kepalis, Banda Urbana publicó El barrionauta, una publicación en-focada en “explorar los barrios vi-vos de Puebla”, que reflejó las ga-nas de los vecinos por comunicar-se, por expresar lo que pasa en su barrio y en los demás barrios cercanos, como lo son Santa Anita, Xanenetla y La Luz.

La publicación, señaló entonces Miguel Díaz, “nació de la enor-me necesidad de hacer comunidad” al interior de San Antonio y también de hermanar con otros barrios y con la ciudadanía en ge-neral, para que la gente se interesara por lo que ahí ocurre.