Recordando al Quijote, como un homenaje al gran Cervantes Saavedra

El pasado sábado 21 de abril, tuve el honor de participar como lector de la gran obra de Miguel de Cervantes Saavedra, “Don Quijote de la Mancha”, agradezco a Jesús Manuel Hernández esta gran oportunidad que obligó al que esto escribe a recordar algunas andanzas de este gran hombre, a mis lectores comparto mi intervención de aquél hermoso día en que festejé mis 60 años de vida, y hoy, los 402 años de la muerte del autor de la más grande novela que se haya escrito en nuestra historia. Espero sea de su agrado.

“…Es la hora de facer la remembranza del señor Quijada o Quijano, mejor conocido como Don Quijote de la Mancha, el ingenioso hidalgo que lleva más de cuatro siglos cabalgando por el mundo, “embutido en una armadura anacrónica y tan esquelético como su caballo”.

¡Bendita locura!, ¡Bendita sea!, para aquél que de la Mancha salió inspirado por el Amadís de Gaula, por el gigante lanzarote, animado por un chalado designio rebelde y justiciero, para desfacer entuertos, socorrer a los débiles, liberar a los secuestrados, combatir el miedo y la hipocresía, rescatar honras y lanzar en sus palabras polvo de oro y estrellas, “sin renunciar jamás a sus propios ideales y sin ceder a su entorno materialista y corrupto”, como lo dijera el gran Miguel de Unamuno.


Hoy tengo la oportunidad de recordar a quien un 22 de abril de 1616 dejó este mundo, hombre de pluma trepidante, ese fue Miguel de Cervantes Saavedra, que creó a quien en su obra magna, vivió fábulas, ensoñaciones, tristezas, amarguras, atropellos y proezas, en su loca aventura al salir de la tierra manchega para devorar la realidad y convertirse en leyenda; pero que también aleccionó al ignorante, aconsejó a su escudero, creó de la nada campos de batalla, hermosos valladares, mesones con personajes de buen y mal talante y que reconoció como doncellas a las putas o las del partido.

El caballero de la triste figura que anduvo por caminos mil, en donde los hechizos, las refriegas, los desconciertos, los requiebros y vivencias rocambolescas lo hicieron filosofar en torno a la libertad y la justicia como valores supremos de sus andanzas con su yelmo de mambrino. Y así viene a mi memoria aquél consejo convertido en una impronta intemporal: “…cuando encuentres Sancho en pugna el derecho y la justicia, inclínate por la justicia…”, consejo que lamentablemente no es acogido en estos días por un importante número de servidores encargados de impartirla.

Tus soliloquios en camino y de campaña ánimos te daba para seguir los sueños de tu locura, la que pudo más que la realidad que contradecía tu imaginación legítima, caminando por el campo de Montiel por donde fraguabas tus hazañas dignas de ser divulgadas a tu fermosa doña Dulcinea del Toboso.

Vargas Llosa nos recuerda las razones por las cuales el gran Cervantes, de manera pertinaz y como lluvia terca que duele y que lastima, se refiere en su magna obra al inalienable derecho humano que es la libertad, como “…uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…”, y nos recuerda que el “Manco de Lepanto” fue privado de ella por los moros en Argel, ofensa que se repitió tres veces en España tan solo por deudas y delaciones infundadas, por supuestos malos manejos como inspector de contribuciones en Andalucía.

Entonces, queda claro que el caquéctico de piel enjuta y de triste figura, se convirtió en el personaje más que perfecto para, como diría Miguel Hernández, “sangrar, luchar y pervivir”. El más valiente de los hombres, por atreverse a buscar una sociedad menos insegura y salvaje, cargada de ilusiones y anhelos, guiada por el orden, el honor, la justicia y la redención, suficiente para desagraviar las violencias y los sufrimientos de la vida verdadera, ese molino que perdura invencible ante nosotros. De ahí el significado de “quijotesco”, que a muy pocos acomoda en este milenio.

Tu lucha por vencer la tiranía humana y también la del amor, pastores, magos, venteros, princesas, mercaderes, encantadores, brujos, y jóvenes que de cierto y también en tu imaginación te veían, y teniendo por testigo al sol y luego la luna, pusiste empeño para ganar la justicia y la libertad.

Viene bien al pelo citar en torno a la bienaventuranza de ser libre de pensamiento y obra, aquél maravilloso mensaje del caballero desfasado en el tiempo: “…las obligaciones de las recompensas, de los beneficios y mercedes recibidas, son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!…”

Para engarzar esta inigualable máxima, os ruego me den licencia para citar el hermoso poema que a retales en esta charla con frases salidas de poetas contemporáneos y también del pasado remoto, y me subyugan desde mi niñez por haber formado parte de mis sueños e ilusiones, y así, el gran León Felipe se refiere a nuestro invitado de honor, el caballero andante de manera sin igual (recitar):

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar.

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,

y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar,

va cargado de amargura,

que allá encontró sepultura

su amoroso batallar.

Va cargado de amargura,

que allá “quedó su ventura”

en la playa de Barcino, frente al mar.

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar.

Va cargado de amargura,

va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,

en horas de desaliento así te miro pasar!

¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura

y llévame a tu lugar;

hazme un sitio en tu montura,

caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura

que yo también voy cargado

de amargura

y no puedo batallar!

Ponme a la grupa contigo,

caballero del honor,

ponme a la grupa contigo,

y llévame a ser contigo pastor.

Después de este hermoso homenaje del bardo español, exiliado en México, a guisa de comentario, os ruego a mis oidores me den nuevamente licencia para recorrer algunos pasajes de aquella mujer fermosa, concebida en la mente abducida por las leyendas de caballería y cuyo nombre devino en Dulcinea del Toboso, muy ajeno al vulgar Aldonza Lorenzo, que verdaderamente le pertenecía, en honor a nuestro principal invitado en este escenario, traído a 238 años vista de su creación.

Ella, la más real y hermosa de sus fantasías, su “amada enemiga”, inconmovible ante las excentricidades y los naturales encantos de Don Quijote, resistente a los embelecos y la ilusión que terminan por subyugar al propio Sancho Panza una vez que ejerce la gobernación de la ínsula Barataria. Inmune al sufrimiento y la locura contagiosa de quien, con la valiosa libertad conquistada, se encomienda a tan fantástica señora y le ofrece un paisaje hecho de palabras, peripecias, imaginación y ternura, que supera por mucho su triste y aburrida condición de labradora, pero recibe a cambio su cruel desdén y olvido, convirtiéndola así en el motor impulsor de todas sus aventuras.

Y si pudiéramos amar al amor, no el de Fray Jerónimo Verduzco, sino el del caballero andante, corto sería el tiempo y pequeños los espacios para adentrarnos en aquél sentimiento desgarrado y magnífico –aquí sí, Fray Jerónimo Verduzco– que impulsó al noble caballero a erigirse en inmortal desfacedor de entuertos y protagonista de reyertas mil, en homenaje y para placer y gusto de su amada, oriunda del Toboso.

Ni el inca triste, del vate peruano José Santos Chocano, con su castellana con añil en las venas, un trigal en los bucles y en la boca un coral; ni aquella niña guatemalteca que murió de amor, descrita por el eterno José Martí; ni la osamenta fría que cubriera la horrible boca de besos, atara con cinta sus desnudos huesos, y le cantara sonriendo sus amores, del místico venezolano Carlos Borges –que no Jorge Luis Borges, erudito escritor y poeta también–; ni aquella que llevada al río creyendo que era mozuela pero tenía marido, en una noche de Santiago, aquél que se portó como un gitano legítimo, pero montó en potro de nácar, sin bridas y sin estribos, y no quiso decir por hombre las cosas que ella le dijo, del inconmensurable García Lorca, y mucho menos aquella mujer a la que el proscrito y polémico autor colombiano, Vargas Vila, veía solamente de manera horizontal, porque él no amaba a la mujer, amaba a las mujeres.

Estos poemas, que os doy a retales, espero no distraigan sus mentes del principal objetivo. Fablar solo de aquél ser delirante e hipnótico a quien hoy nos referimos. De su idealizado Rocinante, mejor montura que Babieca y Bucéfalo, símbolo equino de la amistad incondicional. De su inseparable escudero, Sancho Panza, encarnación de la cordura y la cómica realidad, frente al desvarío y la alucinación heroica de su patrón. Del burro de Sancho, el rucio, a quienes algunos identifican con el afamado Lope de Vega, que en el siglo XVII firmaba autógrafos en las calles y pasó de amigo cercano a rival formidable del “Manco de Lepanto”, quien le dedicó múltiples elogios envenenados, puyas literarias y parodias, carcomido por el éxito en vida del “Fénix de los Ingenios”. O de la búsqueda infatigable de su amor como destino, en que la tal Aldonza Lorenzo, hermosa mujer, ama, dueña y señora de nuestro andante justiciero, jamás terminó entregando ni su amor ni su sexo, ni sus besos, al romántico luchador y noble caballero.

Para culminar en esta hermosa mañana frente a ustedes mis amigos, que paciencia e interés mostraron en esta andanza mía, os ruego me permitan citar a don Miguel de Cervantes Saavedra, en voz del caballero andante, y compartir tal vez el más grande de los valores por los que tanto penó y luchó (y que lamentablemente hoy no son actos que, en generosa actitud y en pleno siglo XXI, podamos aún disfrutar), el de aceptar que la nobleza y la virtud radican en los hechos de la persona y no en la cuna ni en el dinero:

Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, y préciate más de ser humilde virtuoso, que pecador soberbio. Innumerables son aquéllos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.

Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para que tener envidia a príncipes y señores; porque la sangre se hereda, pero la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de su injuria, y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más de las veces serán sin remedio, y si le tuvieren, será a costa de tu crédito y aún de tu hacienda.

Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.

Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones.

Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y, en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque, aunque los tributos de dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia.

Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible; casarás tus hijos como quisieres; títulos tendrán ellos y tus nietos; vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y, en los últimos pasos de la vida, te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.

Hasta aquí, lectores míos, dejo a manera de homenaje un pequeño recuerdo de la más grande obra literaria que el ser humano haya escrito, profunda a más no poder en su bella y engañosa superficialidad, crítica del idealismo en cautiverio que perece ante lo material y radiografía insuperable de la humanidad en todos los tiempos.