¿Quo vadis, Maradona?

Cualquier nota correspondiente a la tediosa Fecha FIFA en marcha la devoró de un bocado la noticia de la llegada de Diego Armando Maradona a la dirección técnica de Dorados de Sinaloa, el segundo equipo de Hank Rohn que, automáticamente, se convirtió en “candidato al ascenso”. ¿Sabrá el D10S que en México el ascenso–descenso de categoría ha sido cancelado por un pacto de gavilleros? Tampoco es demasiado relevante el dato, pues si algo ha caracterizado la trayectoria de Diego como DT es la cortísima duración de sus estancias en cualquier confín del mundo donde despistados dueños de equipos lo han invitado a entrenar, ya fuese el Newell’s old Boys, la selección argentina o un club árabe de media tabla. En todas partes, su llegada provocó tumultos y su salid unificó las opiniones en su contra. Por lo pronto, un poco de sal y pimienta al tedioso guiso futbolero de este país a nadie le viene mal.

Lo de la declaración de amor por México con que el divino “10” aterrizó se contradice con sus reclamos de 1986 porque, según él, “el público apoyó a Alemania en la final” de aquel mundial. Pero al fin maniático de las declaraciones, provocador nato, no iba Diego a defraudar ahora a los ávidos receptores de su copiosa labia, que si en sus mejores momentos ha tenido la virtud de enfocar baterías a lo más alto de las cúpulas del poder, cuando de acomodarse a la chamba emergente se trata es capaz de concatenar disparates con singular alegría. Y con muy poco respeto por su propio historial, al grado de recalar en una División mexicana de ascenso (por ahora sin ascenso), circunstancia que obliga a pensar en lo necesitado de liquidez que debe andar el singular personaje, tan inolvidable con el balón en los pies como por cuanto hace y dice un poco sin ton ni son, lo que ya no se sabe bien que contribuirá a acrecentar su leyenda o acercarlo un poco más al despeñadero.

Pese a lo cual, a uno todavía se le ocurre desearle toda la suerte del mundo. Y hacerlo además muy en serio. Porque tuerto o derecho, Maradona sólo ha habido uno. Y una vez nacido, su Tata rompió el molde.


Uruguay saluda al Tuca. Lo anunciaron como estreno de ciclo con vistas a Qatar 2022. Ricardo Ferretti, que finalmente dio el sí aunque solo por un rato, mezcló en su convocatoria gente veterana y sangre nueva, se olvidó por un momento del anatema de “partiditos moleros” con que en lejano día había bautizado a las fechas FIFA que la Femexfut ubica obsesivamente en territorio apache y viajó a Houston con “los muchachos” a fin de enfrentar a Uruguay, una selección que, mermada y todo, sabe de sobra lo que significa jugar el quinto partido. Y resulta que la celeste le aplicó lapidario 4–1 al novedoso Tri del Tuca, que llegó al Astrodome presumiendo su invicto tras un terceto de partidos como DT interino de los Verdes, tres años hace. Al final, no tuvo más remedio que decirse “satisfecho” con el rendimiento de sus pupilos “ante un rival mucho más experimentado” como el que el Maestro Tabárez puso en liza. En otras palabras, que a falta de Cavani y algunos titulares de peso, al veterano timonel uruguayo le bastó con su temible terceto de la liga española (Godín–Giménez–Suárez) para arreglarles su asunto a la combinación MX–MSL que Ferretti les opuso. Por cierto, las estadísticas del partido enfatizan la inutilidad de la posesión sin profundidad ni sentido que preconiza el estratega de Tigres (65 por ciento contra 35 por ciento de los de la banda oriental), y la cuenta de goles el regodeo de Luis Suárez a lo largo y ancho del ataque celeste –o de la defensiva mexicana–: el tiro libre del segundo gol (32’), el penal ejecutado a lo Panenka (40’), el pase de rabona para el decisivo frentazo de Gastón Pereiro (58’), con lo cual tuvo Uruguay para redondear un marcador de escándalo, luego que la temprana apertura a cargo del central colchonero José María Giménez (20’), replicado cinco minutos después por el primer penalti de Raúl Jiménez, cuya segunda ejecución, ya con todo decidido y las sustituciones “moleras” en su apogeo (83’), Muslera le desvió sin mucho esfuerzo, poco antes de que Alvarado obsequiara a la chicanada fiel con el único lance de gala del ataque mexicano, una chilena que habría sido un gol de bandera si el guardameta charrúa no vuela felinamente hacia atrás para desviarla y hacer que el balón rebotara en el travesaño de su portería.

Penosa conclusión. En resumidas cuentas, que las tres o cuatro estrellas que Uruguay puso en el campo le resolvieron sin agobios el partido –con mención honorífica para el barcelonista Suárez–, dejando en bien poco los escarceos de un Chuky Lozano permanentemente incómodo con el férreo marcaje celeste, a Diego Laínez exhibiéndose como un gambetero más habilidoso que lúcido y a Memo Ochoa de regreso a su versión molera, misma que suele olvidarse en Copa del Mundo. Sería innecesario consignar que la defensa nunca supo cómo controlar a Suárez y compañía, que el medio campo contuvo poco y creó menos –pese a los destellos de Roberto Alvarado, el mejor de los Verdes– y que Tuca Ferretti dirigió al Tri con el mismo criterio de posesión a ultranza y sin profundidad que caracteriza a sus norteños Tigres.

Asimismo, ocioso sería señalar que, una vez desembarazada de Juan Carlos Osorio, responsable del fracaso ruso de la presunta “generación dorada” y de todos los males del futbol mexicano, la numerosa publicrónica no tuvo media palabra de censura para el interino Ferretti y sus chicos, tratados con guante de seda y confirmados como la nueva “esperanza verde” en qué depositar nuestras más caras ilusiones.

Abierto de EU. Rafael Nadal y Serena Williams arribaron al Abierto de EU como favoritos principales, especialmente la singlista norteamericana. Sería tonto negarles talento para jugar al tenis, pero es claro que las virtudes técnicas de ambos –buenas pero no excepcionales– quedarían en poco de no contar con el complemento de un poderío atlético y psicológico privilegiados. De modo que al fallar en ellos cualquiera de estos dos apoyos, es fácil que las deficiencias de su juego afloren y, si un adversario de alto calibre los sobrepase. Tal como acaba de sucederles, a Rafa en semifinales y a Serena en la final que le ganó la japonesa Naomi Osaka le ganó con entera justicia y nitidez en dos sets corridos (6–2 y 6–4).

Ocurrió, sin embargo, que durante el segundo set, la pequeña de las Williams, desesperada porque la final s ele iba de las manos, se enfrascó en una discusión con el juez de silla Carlos Ramos (portugués) a quien tachó de ladrón por haber amonestado a su preparador, que le daba instrucciones desde la tribuna –lo cual está prohibido–, y más tarde por romper dos raquetas como reacción a par de errores que le costaron sendos puntos decisivos. La ofuscada favorita obligó a interrumpir el encuentro durante 10 minutos, a gritos, hizo intervenir a los comisarios del Abierto para que dialogaran con el árbitro lusitano, dividió al público entre quienes la abucheaban y los que, increíblemente, respaldaron su monumental berrinche, y terminó vencida por una adversaria superior, que sobreponiéndose a las tácticas distractoras de la derrotada mantuvo la serenidad y dominó los últimos lances del partido para convertirse en la primera jugadora japonesa campeona de un torneo de Grand Slam.

Pésima perdedora. Serena, que ya había dado un adelanto del inconcebible show sabatino cuando la belga Clijsters la derrotó hace años en el mismo estadio Arthur Ashe, le espetó al juez Ramos que ella “nunca ha dicho una sola mentira”, y más tarde acusó ante las cámaras de incompetencia, parcialidad y misoginia –nada menos– al atribulado portugués.

Al lado de semejante espectáculo, la defección de Rafa Nadal por culpa de una lesión en su rodilla derecha, luego de perder ante Juan Martín del Potro los dos primeros sets de la semifinal de varones (7–6 y 6–2) queda en incidente de terciopelo, lamentable sí, dadas las altas aspiraciones del mallorquín, aunque no impedirá que éste continúe como número uno del ranking de la ATP. Del Potro jugaba anoche la final contra el serbio Nowak Djocovic, aparente favorito para coronarse. Mas no hay que olvidar que el argentino ya venció a otro histórico, Roger Federer, en la final norteamericana de 2009.