¡Que se vayan todos!

Cuántas orejas debe tener un hombre,

para poder oír a la gente llorar.

 Cuántas muertes serán necesarias,


 para que él se dé cuenta,

 que ha muerto demasiada gente.

La respuesta, amigo mío, está

flotando en el viento.

Bob Dylan

 

Hoy se conmemora, con más pena que gloria, un aniversario más del inicio de la Revolución Mexicana, ahora convertida en puente y en “buen fin”. Nunca mejor dicho. Aunque bien pensado no ha sido un buen fin para el movimiento revolucionario mexicano que, en su mejor momento, le dio identidad a la nación y sentido de pertenencia a los mexicanos. El Nosotros (con mayúscula por supuesto) cobró vida en un pueblo sometido, explotado y dividido a través de los siglos.

Muy atrás quedaron los anhelos de construir un país justo, libertario, soberano y democrático. Las minorías ambiciosas y ladronas, cuyos excesos provocaron la rebelión popular contra el porfirismo, se reciclaron y reinstalaron en los lujosos aposentos del poder.

El círculo rojo del porfiriato eran “los científicos”, grupo formado por hombres de negocios, intelectuales, profesionistas y miembros de su gabinete. De ahí surgieron las propuestas para la llamada “modernización” de México a principios del siglo pasado. Programa que han retomado los tecnócratas de hoy, abandonando los postulados revolucionarios. Nada qué celebrar.

Hoy como ayer, para imponer un programa antinacional y antipopular se requiere de un férreo control político, particularmente de los grupos opositores, y el acotamiento de las libertades políticas y los derechos ciudadanos. Solo que, a un siglo de distancia, en el juego geopolítico de la globalización tales restricciones y violaciones se consideran políticamente incorrectas.

Porque cuando impera una dictadura se sabe que los caprichos del poder son incontestables. Te matan en caliente y luego viriguan. Sobre advertencia no hay engaño, si te revelas sabes a qué atenerte. Pero entonces en la lucha contra la dictadura todo se vale, la lucha clandestina, la guerrilla, el terrorismo. Como veo doy, dicen en el póker.

Es por ello que frente a los regímenes autoritarios se ofrece la democracia como la mejor alternativa. Una forma civilizada y legitima de luchar por el poder. Pero hete aquí que tales regímenes democráticos se han convertido, en muchos casos, en una coartada magnífica para que los poderosos hagan lo que siempre han hecho, pero amparados por un manto de legalidad y un supuesto Estado de derecho.

Es por ello que en países como el nuestro, donde la cultura democrática no ha florecido y la participación ciudadana siempre es vista con recelo desde las esferas del poder, las crisis políticas y la violencia siempre están acechando a la puerta.

Las autoridades y funcionarios encargados del buen desempeño institucional y el cumplimiento de las leyes, se extravían entre su ignorancia y su avidez por sacar provecho indebido y abusivo de sus puestos públicos.

Hace unos días una pareja de estudiantes de secundaria fue asaltada en Tehuacán. La chavita, aunque golpeada, alcanzó a huir pero su novio, un muchachito de 14 años resultó muerto a golpes. El subdirector de Seguridad Pública Municipal, Alberto García Hernández, muy orondo y seriecito él, declaró que “la seguridad es alimentada por la ciudadanía, quienes no toman las precauciones debidas al momento de circular por el municipio”. Añadió que caso descrito “es un claro ejemplo, pues el sitio en donde ocurrió el hecho es solitario, sin luz, y aun así se adentraron”.

Y unos días antes un estudiante de la Universidad de Guadalajara que fue detenido en el Festival Cervantino de Guanajuato por elementos de la Policía de aquel estado murió presuntamente víctima de las agresiones que sufrió de parte de los guardias del orden. Sin embargo, las autoridades dijeron que era sospechoso que un joven “que viene de fuera” apareciera muerto en el patio de una casa.

Me recuerdan aquella película The Accused, con la memorable actuación de Jodie Foster, donde es violada por tres tipos en un billar, ante la presencia pasiva de la concurrencia. Cuando, convencida por una abogada, decide llevar su caso a los tribunales, no solo no le creen sino que pasa de ser víctima a acusada por conducta indebida, causante de los hechos violentos.

Circulan artículos y comentarios que presentan la desaparición y muerte de los estudiantes de Ayotzinapa como un complot contra Peña Nieto y sus “grandes reformas”. Los casos descritos arriba y cientos, acaso miles, de otros tantos que es imposible enlistar siquiera y muchos otros que no son del conocimiento público porque no se denuncian, echa por tierra cualquier intento por excusar la responsabilidad gubernamental en la violación sistemática de los derechos humanos en el país, la inseguridad que se vive y la impunidad de los culpables en la absoluta mayoría de los casos.

Cuando no hay quien responda “en el ámbito de sus responsabilidades”; cuando existe una simbiosis entre delincuentes y autoridades en todos los niveles; cuando las voces ciudadanas y las recomendaciones de organismos locales e internacionales caen en la nada; y, en fin, cuando el Estado de derecho solo existe en el papel, queda solo una solución: ¡Que es vayan todos! Es necesario y urgente reconstruir este país.

Cheiser: El horno y los bollos. El Senado de la república hará “un reconocimiento a los actores, actrices, cantantes y compositores cuyo trabajo contribuye a difundir la imagen y la cultura mexicana a nivel internacional”. En su lista de próceres de la cultura figuran José José, Tongolele, la India María, Chabelo y el profesor Jirafales. Otra caravana a Televisa. Mi planteamiento se confirma. Que se vayan pero rapidito, ya se están tardando.




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