Qué, después de la esperanza

Cuando se vive por décadas dándole aliento a la esperanza y por fin cuaja, ¿cómo se da el siguiente paso?

Las investigaciones en neurociencia señalan que todo aprendizaje –creencias, ideas y, emociones que provocan–, establece conexiones neuronales que entre más se repiten, se instauran en nuestras reacciones y conductas, como respuestas por de faul, ya que todo lo que pasa por la conciencia y se le da la categoría de verdadero, pasa al subconsciente de igual manera. Así es como el cerebro encuentra un equilibrio y ahorra energía para sus exigencias de lo nuevo.

Las neurociencias demuestran que para lograr un cambio hay que establecer una repetición intensa, continua y persistente de las nuevas ideas, creencias y emociones para transformar nuestras reacciones y conductas, porque se aprende por repetición.


Vivimos muchos años con la esperanza de un cambio. Personas de la tercera y cuarta edad, es lo único que han conocido en su vida, la esperanza que nuestro país cambiara de fondo, con la idea (y la desesperanza que conlleva) que era difícil que “los de abajo” pudieran lograrlo. Y lo logramos juntos. ¿Ahora cómo?

La esperanza es un sentimiento. Es una visualización; sentirla nos lleva a imaginar que nuestras vidas, en lo particular, y la de la comunidad, en general, pueden ser mejor en condiciones materiales de vida, de educación, de acceso a trabajos dignos para nosotros y las generaciones venideras y mejor en la convivencia social.

¿Cómo hacerlo? Por lo pronto, lo primero es dar la batalla para que se demuestre que la mayoría votamos por una posibilidad de cambio que nuestra esperanza visualizó y que juntos lo hemos logrado. Ya después nos ocupamos de reaprender, es decir aprender a aprender que esto es real y no nada más un sueño compartido. Ya sabremos qué viene después de la esperanza.