Puentes y muros

Muy emocionado al recibir el Oscar, Guillermo del Toro dijo entre otras cosas que, lo más grande que hace el arte y la industria del cine es borrar las fronteras, “cuando el mundo nos indica que las hagamos más profundas”. Soy un inmigrante –agregó– y he pasado los últimos 25 años en “un país totalmente de nosotros, en parte en Estados Unidos, en parte en Europa, y otros lugares”.

Al escucharlo recordé la lectura de un estupendo libro de Amin Maalouf que se llama Identidades Asesinas (Alianza Editorial, Madrid) escrito a fines del siglo pasado. Maalouf habla en su libro de estas “personas fronterizas, atravesadas por unas líneas de fractura étnicas, religiosas o de otro tipo que tienen una misión: tejer lazos de unión, disipar malentendidos, hacer entrar en razón a unos, moderar a otros, allanar, reconciliar… Su vocación es ser enlaces, puentes, mediadores entre las diversas comunidades y las diversas culturas”. Eso lo hacen muy bien del Toro, González Iñárritu y muchos otros mexicanos y estadounidenses en ambos lados de la frontera.

Por cierto que Maalouf también se considera a sí mismo un fronterizo. Es un libanés viviendo en Francia. Se niega a tener que elegir si es francés o libanés y se rebela contra los que lo presionan para que decida. O eres o no eres. ¡Lo acorralan! Y él, con ganas de gritar, sólo razona y escribe: ¡Así es como se “fabrica” a los autores de las matanzas!


Explica que en el mundo actual existen cada vez más personas que tienen esas múltiples pertenencias. Y que si les obliga a elegir sólo una de esas identidades, algo anda muy mal, porque la adopción de una de ellas se vuelve pasional, hasta llegar al asesinato a nombre de la misma. “Toda comunidad humana –escribe–, a poco que su existencia se sienta humillada o amenazada, tiende a producir personas que matarán, que cometerán las peores atrocidades convencidas de que están en su derecho, de que así se ganarán el Cielo y la admiración de los suyos”.

Si eso sucede, explica, es porque sigue predominando la concepción “tribal”, heredada de los conflictos del pasado. Por ello llama a que en la época de la mundialización es necesario elaborar una nueva concepción de la identidad. Nuestra época ha convertido a todos los seres humanos en migrantes y minoritarios. Todos somos obligados a vivir en lugares muy poco parecidos al terruño que nos vio nacer, todos hemos de aprender otros idiomas, otros códigos. Ya no vivimos en el país o la región soñada por nuestros abuelos. En 30, 40 años, el mundo ha cambiado más que en varias generaciones anteriores. Ahora todos tenemos un destino común.

El renacimiento de las identidades asesinas no se debe a las cualidades intrínsecas de las doctrinas que profesan los asesinos, sino al lugar concreto que ocupan en el mundo, un mundo que los provoca, los humilla, los aplasta. Ninguna doctrina es de por sí liberadora –dice Maalouf–, “todas tienen las manos manchadas de sangre: el comunismo, el liberalismo, el nacionalismo, todas las grandes religiones, y hasta el laicismo. Nadie tiene el monopolio del fanatismo, y, a la inversa, nadie tiene tampoco el monopolio de lo humano”.

¿A qué se debe este renacimiento de las identidades étnicas, religiosas, nacionales y de otro tipo? No hay una única respuesta pero pueden destacarse tres. Una derivada de la caída del comunismo, que derribó también naciones artificiales, o en dónde el refugio religioso resultaba útil para la resistencia. Desde Polonia hasta Afganistán. La otra, como consecuencia de la crisis del mundo occidental, incapaz de resolver muchos problemas, como la pobreza, el desempleo, la droga, la delincuencia, etcétera. Y una tercera de la propia mundialización acelerada, que provoca como reacción el reforzamiento de las identidades étnicas o nacionales, pero sobre todo de la religiosa, puesto que aumenta la angustia existencial y, además, la religión permite elaborar la reacción a la mundialización también en términos universales.

En este choque de tendencias ¿vamos hacia una guerra de civilizaciones o al diálogo y el encuentro entre culturas, bajo un destino común? Ya sabemos que el destino no está escrito; “será lo que nosotros hagamos de él”. Habría que hacer posible un mundo en dónde nadie se sienta excluido de la civilización común que está naciendo; que todos se sientan pertenecientes a la “aventura humana”, concluye Maalouf.

Es cierto que la globalización aplasta y humilla, comandada hasta ahora por las fuerzas del capitalismo salvaje. Pero también, como mundialización, nos acerca a ese futuro común que enfrentamos como especie y nos ofrece, potencialmente, muchas de las capacidades para hacerlo, desde las tecnologías alternativas al servicio del desarrollo humano y sustentable del planeta, hasta las posibilidades de tender puentes entre las fronteras políticas, a través del diálogo y la cooperación entre civilizaciones y culturas.

Con la crisis del 2008, irrumpieron con más fuerza nuevas y viejas tendencias nacionalistas, aislacionistas, racistas, en varios de los países del capitalismo desarrollado como en Inglaterra, Francia, Suiza, Alemania, Estados Unidos y otros. En Inglaterra triunfó la separación con la Unión Europea y en Estados Unidos el aislacionismo de la supremacía blanca de Trump. Y ahora Trump está a punto de iniciar la guerra comercial destruyendo los consensos previos que le daban a la globalización el trasfondo compartido del libre comercio y los derechos humanos. Con ello se abren las fisuras por donde puede irrumpir nuevamente la guerra.

En México la debacle actual del gobierno y del PRI ha traído como consecuencia, entre otras cosas, que los mexicanos no hayamos reaccionado oportunamente y con fuerza ante las amenazas y los insultos del Presidente Trump. Un gobierno envuelto en la impunidad y la corrupción, atacando a la sociedad a golpes de gasolinazos, incapaz además de detener la violencia y la inseguridad, se convirtió en un factor de desunión de la nación. Ya desde antes el nacionalismo revolucionario había dejado de incentivar los resortes emocionales del pueblo, sumergido ahora en la desconfianza, el enojo y la ira contra su gobierno.

Pero tampoco las demás fuerzas políticas han podido construir una imagen de identidad nacional que traduzca el orgullo mancillado en capacidad de movilización de la sociedad. Hace poco más de un año, algunos grupos aislados convocaron a diversas manifestaciones, pero no lograron un eco significativo. Hubo más firmeza en otros países, en las protestas contra la construcción del muro de Trump, que en el propio México.

Los candidatos a la Presidencia de la República tampoco han elaborado un discurso claro y enérgico, y se han limitado a rechazar las políticas, los gestos y las amenazas de Trump en relación al muro, o bien de buscar –dicen– alternativas de diversificación de nuestras relaciones económicas y comerciales.

Para decirlo en una expresión, la llegada de Trump al poder no ha generado en México la conformación de una imagen significativa del sentir nacional, y tampoco, como consecuencia, una capacidad de respuesta unitaria. La vieja unidad nacional propia del nacionalismo revolucionario autoritario se encuentra resquebrajada. De hecho no existe. Una nueva unidad nacional no podrá hacerse a la vieja usanza, es decir, decretada desde arriba.

Más que intentar rehacer la vieja y desgastada unidad nacional que a nadie convence, se debe avanzar en el reconocimiento de nuestra identidad diversa y múltiple para reconstruir democráticamente la nueva unidad patriótica de la nación, frente a las amenazas externas, pero también para desarrollar una alianza con las sociedades civiles de otros países, de las personas fronterizas y de la ciudadanía mundial, frente a los gobiernos y los personajes que, como Trump, atentan contra los derechos humanos, la fraternidad de los pueblos y la paz mundial.