PRO-VIDA

Estudié el grueso de mi vida dentro de una escuela católica. En dicha institución, la maestra de matemáticas asignada a mi primer año de educación secundaria, era una monja de la orden Virgo Fidelis; mujer capaz y comprometida en terreno matemático, mas irracional en cuanto a sexo se refiere.

La monja tachaba a los métodos anticonceptivos de inmorales y pecaminosos, mientras que al aborto no lo bajaba de demoniaco; todo esto, durante una clase de matemáticas que destinó a hablarnos de planificación familiar –muy a su modo- después de que una vulgar platica sobre sexo, impartida por mandato de la SEP, despertara la curiosidad de muchos y la cólera monjil de paso. El hecho de que una monja se pronunciara con tal vehemencia contra la anticoncepción me parecía de lo más normal, lo que me sorprendió muchísimo fue enterarme de la carrera que la religiosa había estudiado antes de tomar los hábitos: medicina.

No es que los médicos deban tener una determinada postura ante la vida -que para muchos se antoja siempre alejada de atavismos religiosos- pero uno esperaría que una ex profesional de la salud defendiera sus ideales sobre la regulación natal sin necesidad de mentir. Pues no. Mintió, y de la peor manera, pues sus palabras serían escuchadas por niños, que en su mayoría, creerían todo cuanto les dijera, por ser su profesora, y más importante, por ser religiosa.


Resulta que el DIU –en palabras más, palabras menos de la profesa- era un aparatillo de naturaleza abortiva, que mediante unos movimientos leves arrancaba al diminuto feto del vientre materno, para que la malvada mujer lo orinara después. Todo el cuento del DIU fue acompañado de una ilustración que ella misma dibujó sobre el pizarrón, y a la que las niñas, principalmente, profirieron cosas como “¡Ay, no! ¡Qué feo!”, mientras los varones se mostraban poco interesados.  Por supuesto, la charla pro-vida de la monja no se resumió al dispositivo intrauterino, ni se limitó a explicar el funcionamiento de todos los mal habidos métodos para no concebir, también dedicó palabras y furia al aborto, condenando al infierno no sólo a quienes se lo practican, si no a los instigadores, médicos, enfermeras asistentes y hasta a las recepcionistas de las clínicas.

Quien me conoce sabe que mi memoria es prominente; recuerdo frases, diálogos de películas, fechas, situaciones (cómicas principalmente), atuendos, caras, ofensas, atropellos propios y ajenos, etcétera. Pues bien, rememoro muy bien a mis compañeros, me acuerdo de lo que dijeron por aquellos tiempos, sus reacciones, y gracias al diario colectivo en que se ha tornado Facebook, puedo contrastar mis memorias sobre ellos con las opiniones que hoy en día cuelgan en torno a la despenalización del aborto. Lo que obtengo de este ejercicio de recuerdos no me sorprende: la mayoría se opone.

En las posturas de Facebook de mis antiguos compinches veo rezagos de aquella lección de moral a la cristiana; la veo incluso en la gente que me rodeó durante mi paso por la universidad, católica también. Y es que lo sucedido en aquella clase de hace tantos años, parece ser una situación cíclica con tendencia a magnificarse: una figura autoritaria, de férreas convicciones morales atadas a conceptos religiosos, imparte la charla en aparente tono de instrucción; las palabras llegan a oídos de mujeres interesadas por el proceso biológico del que son capaces, pero la información arriba distorsionada y con una fuerte carga simbólica, que busca introducir temores y culpas hacia el disfrute de la sexualidad; varones que no se interesan por una de las causalidades del sexo, la que se carga en el vientre ajeno por nueve meses; y por último, los esfuerzos –limitados, pero existentes- del Estado por fomentar la educación sexual en la población, se ven opacados por el sesgo moral-religioso de la institución en la que esta información está siendo impartida.

No es de extrañarse entonces que en una colectividad de aplastante supremacía católica, expuesta desde muy joven a charlas como la mencionada, las opiniones con respecto a la interrupción del embarazo –y en general con todo lo que apeste a anticoncepción- sean, en su mayoría, de rechazo.

Este país tan compinche de la minería a cielo abierto, la vendedera de ecosistemas, el desarrollo inmobiliario voraz, el plástico en todas sus variadas y terribles formas, los pesticidas, los gobernadores que dan gato por liebre (o agua por quimioterapia),  la fumigación que mata más abejas que plagas, la extinción de especies, el embotellamiento de agua, el envenenamiento de los ríos, los capos de la droga, la trata de personas, la violencia doméstica, el machismo, la intolerancia, los linchamientos, el desvío de recursos, la sobrepoblación, y un larguísimo etcétera de inminentes amenazas a la vida humana –que la otra nunca ha sido prioridad-, es terreno donde proliferan los que defienden el parto por el parto bajo la supuesta tendencia ética conocida como pro-vida.

No veo voluntad de resguardar o dignificar la vida humana desde las acciones o posicionamientos pro-vida. Puedo atestiguar un interés exacerbado por amparar el acto de parir, como si éste fuera la manifestación máxima de la preservación de la vida humana. Algo en el aire me dice que no es así; no sé si será la cantidad de co2 que respiro, o la contaminación auditiva que me aturde, pero creo percibir en el exceso de vida humana la mayor amenaza hacia ésta.

Ahora que el cuento de los hijos que Dios nos mande se ha tornado insostenible –pues a Dios ha pasado de apretar a ahorcar a las familias numerosas y miserables-  algunos pro-vida han empleado como estandarte de lucha el nuevo cuento de más vale prevenir que abortar, haciendo mención a la amplísima gama de anticonceptivos disponibles para que un pobre bebé no pague con la vida la irresponsabilidad de los que tuvieron (¿a mal?) procrearlo por accidente. Esta postura, incoherente, pues hasta hace unos años los pro-vida como mi maestra-monja de matemáticas se oponían con violencia a cualquier método de control natal que no fuera el de Billings (que seguiría siendo pecaminoso, pues si bien la anticoncepción se daría de forma natural, se estaría copulando por placer y no con fines reproductivos como Dios manda) se ha resumido en una imagen que he visto circular por internet decenas de miles de veces en las que se muestra una mano –femenina, en apariencia- sosteniendo tres condones con la leyenda: “ESTO ES UN CONDÓN SIRVE PARA QUE NO ANDES MARCHANDO DESNUDA PIDIENDO LEGALIZAR LA MUERTE DE UN SER QUE NO TIENE LA CULPA DE TUS CALENTURAS (sic)”. La compartida de esta imagen en Facebook casi siempre va acompañada de todo tipo de argumentos que aluden a lo metafísico, al zodiaco, a la bondad,  pero nunca a la complicidad masculina en las calenturas de las que se culpa a la hipotética mujer que marcha desnuda. Además del enorme machismo que esta imagen supone, vislumbro algo que no logro comprender, y es el concepto del parto como castigo: si ya anduvo de caliente, ahora que lo puje a la vida. O sea, el milagro de la vida puede ser la penitencia de los lujuriosos.

A lo mejor es cierto lo que postulan algunos pro-vida y Dios no quiere que abortemos a los que –de lograrse bien- serán los humanos del futuro. Pero si tomamos en cuenta que Dios no tiene que arreglárselas a empellones para subirse a un metro atestado, hacer fila kilométrica para recibir atención médica o vivir en uno de los muchos cinturones de miseria que se gestan en la periferia de las grandes ciudades, al rededor del imperfecto pero bondadoso mundo creado por sus manos, la balanza de razones para considerar la legalización del  aborto, en la latitud terrestre que sea, podría inclinarse a favor de la humanidad, que de suyo, ya es lo suficientemente pesada como para volcar la báscula: calcule usted el lastre de los más de siete mil millones de humanos que respiramos, comemos y excretamos en el planeta.