Por Ignacio Hermoso

Se pueden decir muchas cosas de un amigo, siempre desde el cariño que uno le ha tenido. Ignacio Hermoso Núñez fue mi amigo y de muchos otros, pero no tuvo amistades fútiles, resultantes de la banalidad política o de ocasión; nos elegía con su microscopio, solo a los que pensábamos como él. Fui y soy un privilegiado por ello.

Nacho y yo compartimos grado en el Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec, cuando se empezaron a hacer los mosaicos y las espartaqueadas, ambas cosas tan odiadas por ambos. No así los partidos de fut, de los que éramos devotos, a veces en equipos contrarios, a veces en el mismo equipo. Nacho era jefe, tanto que a nuestro equipo le impuso el nombre de “El Nuevo Mundo”, porque, nos decía, había conseguido gracias a la amistad de su papá con el dueño de esa tienda –a la que a fuerza debíamos comprar los sáunicos uniformes de gala– la donación de los uniformes. Era una trampa suya, porque Nuevo Mundo era equivalente de América, equipo al que, lamentablemente, Nacho siempre le fue. También le fue al Real Madrid y yo al Barcelona. Ni modo. Pero eso no impidió que nos hiciéramos amigos entrañables desde la mitad de los años 80.

Nacho o Güero, como le decían desde antes, era un ateo irredento y un jacobino a toda prueba; más que yo, que es mucho decir. Eso me gustaba de él. Era inflexible con esos temas, como lo fue con la injusticia, la corrupción y la impunidad. Como además era intenso, muy intenso, se encabronaba al hablar de los abusos y del nopasa–nada que sepulta este país. Discutimos muchas veces muchos temas, pero siento que no discutimos lo suficiente y siento aún más que ya no los podremos discutir.


Fuimos muchas veces a los campamentos del Prometeo acompañando a nuestros hijos, que son de edades semejantes, pero hasta se nos olvidaban en las noches que ellos iban a recoger cangrejos y nosotros discutíamos, reíamos y tomábamos güiskis. Además de esos campamentos, recuerdo el que hicimos a las faldas del Popocatépetl con nuestros hijos, dos días antes de que empezara la erupción; nuestros chamacos no lo olvidan, ni tampoco el viaje a Los Tuxtlas, y la bajada a Playa Escondida. Nacho decía que él atraía los desastres, porque en Cancún les había tocado la entrada del huracán Gilberto, unos años antes. Es que Nacho era ciclónico, eso sí. Amaba la música clásica, la literatura; conocía de pintura una barbaridad; fue un deleite estar con él y es un deleite recordarlo ahora.

Igualmente, admiré y admiro a Nacho por su actitud científica, su lucha por encontrar un remedio contra el vitiligo, lo que logró en muy buena medida. Fue un médico excepcional, desde luego, y yo me siento muy orgulloso por eso. Un día casi me lío a golpes con un doctor, muy afamado él, pero envidioso de los logros de Nacho, porque se atrevió a insultar a mi amigo delante de mí, descalificándolo sin razón alguna. Lo volvería a hacer. Él debe haber hecho lo mismo por mí, porque Nacho era de Xonaca, como los Glockner, gente de pandillas, como también lo éramos los de Bella Vista, aunque de menor querella.

Cuando empezamos el proyecto de La Jornada de Oriente, Nacho era parte de él. Nunca quiso escribir por razones que aún no entiendo, pero a cambio me presentó a otro amigo entrañable también, el doctor Antonio Cruz López, combatiente de primera fila en este diario, y más tarde a Gabriel Ávila–Rivera, su gran compañero de trabajo; ambos han enriquecido de manera sin igual la calidad de la publicación.

En el año 2007 tuvimos que diversificar la estructura accionaria del diario, y él y su compañera de siempre, Cony Galina, fueron los primeros en entrarle con su cuerno.

Hace algunos meses empezamos a hacer unas comidas a las que yo llamaba “Con cinco médicos y un chamán”: Nacho; Antonio Cruz; Gabriel Ávila–Rivera; Alfonso Pedraza, el doctor de libros antiguos, Manuel de Santiago, y el chamán, Julio Glockner. No pudimos hacer muchas reuniones de éstas, pero las que hicimos fueron memorables. Julio y yo hablamos de hacer otra próximamente, pero el azar de la muerte se nos adelantó. Haremos unas más con los que estamos, nomás para recordar a Nacho, para lamentar juntos que se nos haya ido tan pronto, para brindar por él con un buen vino francés de los que tanto le gustaban.