Pervive la veneración a La Malinche entre otomíes de la región Puebla-Tlaxcala

Foto Abraham Paredes

La estrecha relación de la comunidad yumhu (otomíes) con el volcán La Malinche, que domina el paisaje del Valle Puebla–Tlaxcala, proviene de la época prehispánica. Al igual que varias comunidades indígenas de la región, en Ixtenco –asentamiento otomí en Tlaxcala– sus habitantes mantienen una relación muy estrecha con el volcán en una veneración que guardan celosamente.

Para los yumhu (otomíes), como definió el antropólogo Jorge Guevara Hernández, la montaña es un inmenso depósito de agua subterránea de la que brotan los tres manantiales que abastecen a esta comunidad, la cual puede considerarse como “el pueblo del agua”, dada la referencia constante de este elemento en sus mitos.

El investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), quien a lo largo de una década se aproximó a la gente de Ixtenco, destacó que los conceptos de mujer, montaña, agua y serpiente se entrelazan en el origen de los yumhu.


La intimidad de la comunidad con este volcán proviene de la época prehispánica; asimismo, un caso llevado a los tribunales de la Santa Inquisición, en 1665, revela que su culto se mantuvo en la época colonial.

El imputado, Juan Mixcoatl, decía subir a una cueva donde nacía el agua, llevando consigo velas y unos lienzos pintados. Este personaje –también llamado Xuá Pozu Gui– fue posiblemente un granicero o sacerdote del tiempo.

Jorge Guevara relató que Xuá Pozu Gui fue juzgado culpable por haber declarado que los dioses que se encontraban en el “monte y la sierra de Tlaxcala”, eran quienes proveían a la gente de Ixtenco y Huamantla de “buena sementera y agua y los demás bienes que tenían”.

Para el antropólogo, este juicio pudo incidir en el recelo que la comunidad yumhu de Ixtenco mantiene sobre sus ritos dedicados a la montaña. Los personajes de los lienzos referidos por Xuá Pozu Gui debieron ser representaciones de deidades del agua: “Matlacueye (una india con indezuelas adorándole) y MixcoatlCamaxtle (indio con báculo); así como las cuatro diosas del monte: Xochiquetzal, Mayahuel, Matlalcueye (cuatro serpientes pequeñas) y el dios del monte Milnauatl (una serpiente grande)”.

“La montaña” o “el monte”, como llaman los yumhu de Ixtenco a La Malinche –continuó el investigador del Centro INAH Tlaxcala– es punto central de un territorio sacro trazado por las peregrinaciones a los santuarios de los Cristos de Texocuixpan, Xalancingo, Tepalcingo y Chalma. Es lugar de residencia de la diosa a la que llaman Señora, ella tiene el poder sobre el agua de la montaña y la lluvia.

“Aunque ahora no se le da culto abierto como una diosa, se le respeta y quiere. Por ejemplo, las tejedoras de las blusas de pepenado (una técnica textil de las yumhu) dicen que la Señora es la dueña de La Malinche, y retoman la flora y fauna del lugar en sus diseños”.

El 24 de junio, día de San Juan, en Ixtenco tiene lugar una procesión nocturna que, a decir del antropólogo Jorge Guevara, revela la cosmovisión yumhu del universo, porque la noche es relacionada con lo femenino, lo húmedo, el agua, el abajo, la luna.

“Debido a la entrada del verano, es frecuente que llueva durante el recorrido de la procesión, lo cual se considera una aprobación de San Juan hacia los fieles y un reconocimiento al mayordomo del barrio encargado del festejo. Con la imagen del santo visitan las milpas de los cuatro rumbos, llevando el agua necesaria para el cultivo.

“Así que en la actualidad –abundó el investigador– se da un culto abierto a un santo vinculado con el control de la lluvia, con la veneración a la señora que controla las aguas subterráneas, origen de la lluvia. Este último personaje es la versión moderna de la cuatríada sagrada: mujer–montañaagua–serpiente, elementos que mencionó el granicero Xuá Pozu Gui en su juicio inquisitorial”.

Uno de los mitos sobre la fundación de Ixtenco refiere que éste se eligió cuando los ancestros notaron que cada tarde una parvada volaba hacia La Malinche, indicador de que ahí existía agua. Subieron y encontraron los manantiales que desde entonces consideran suyos. Se dice que esto ocurrió un 24 de junio, día de San Juan.

Otra creencia popular señala que mientras el santo patrono “mantenga el dedito arriba” habrá lluvia, pero cuando lo baje (según le dijo un informante al antropólogo) “vendrá una sequía que nos acabará a todos, animales y humanos”.