Persona y mundialización I

En un importante texto, testimonio de lo que pudo haber sido la historia, según María Zambrano, la democracia es “la sociedad dónde no es sólo posible, sino necesario ser persona, la sociedad a imagen y semejanza de la persona”. Tal concepción (no sacrificial) de la historia puede llegar a condicionar y orientar la lucha de clases, de las naciones y otras, hasta convertirse en la tarea de una gran diversidad de fuerzas sociales que ubican en el centro de su atención la reivindicación de la persona, sus libertades y derechos, así como el desarrollo de sus capacidades para el ejercicio de esos derechos.

Una nueva forma de vida en la era de la globalización impulsa a que, en la democracia, las personas busquen ser tales; sin embargo, en la práctica, el mundo no está organizado todavía a la medida de las personas. En el mundo globalizado, el intelecto humano, la nueva espiritualidad de la sociedad, es el principal recurso productivo. Por tanto, lo que está frente a nuestros ojos no es sólo la lucha de las clases, en tanto que seres fragmentarios (categorías sociales), y en torno a reivindicaciones parciales.

Ahora es posible y necesario ver esa lucha como parte de una tarea fundamental: la que se plantea la democracia como el terreno propicio para luchar por el desarrollo de la vida plena de las personas. Y las personas participan en esta lucha, no sólo agrupadas en clases o en naciones, puesto que esas fronteras de clase y de nación, aparecen y permanecen como dos grandes obstáculos que les impiden hacer del mundo un espacio para la realización plena de sus derechos. Para lograr esto es fundamental recuperar el viejo sentimiento de que el hombre es hijo de la Tierra; que su libertad sólo puede concretarse en un mundo sin clases y sin fronteras. Además de sin razas y otras exclusiones.


La democracia, al menos en teoría, permite trabajar en la construcción de un movimiento cultural y político que, ante todo, proponga la transformación del mundo a la medida de las personas. Ello supone la creación de nuevas relaciones y formas alternas que demuestren que eso es posible.

¿Cómo promover una sociedad para la persona? ¿Tiene sentido la pregunta? ¿Acaso, en la historia, la intervención del hombre ha producido algo distinto a lo que ya estaba planteado materialmente en la evolución de la sociedad? ¿Hasta dónde las condiciones históricas de hoy abren nuevas sendas a la creatividad social humana?

La conciencia actual del hombre arribó a la conclusión de que la solución a los problemas de la sociedad requiere medidas de orden planetario, puesto que el entramado actual de desarrollo es en esa escala. La pobreza, las enfermedades, el hambre, el cambio climático, requieren una solución en la que intervengan factores de orden mundial. Entonces, dada la dimensión del problema humano, no se trata de construir una utopía artificial, sino de encausar las posibilidades de desarrollo social hacia un rumbo cada vez más planetario.

Lo que se ve no es la maduración de una situación revolucionaria que anuncie una nueva sociedad, sino la conformación de un nuevo mundo, de un nuevo orden mundial. La nueva sociedad no asoma su influencia en el orden de las clases ni de las naciones, sino en el orden planetario. Por ello es previsible que el conflicto social adopte múltiples variantes y desarrolle formas nuevas, de carácter mundial. Lo que está en juego no son sólo los intereses de ciertas clases, naciones o imperios, sino las causas humanas mismas.

En tales condiciones, ¿qué posibilidades existen para edificar un movimiento social creativo y no sólo reivindicativo? ¿Cómo demostrar que existe un mundo alterno que puede desarrollarse? El problema del socialismo, por ejemplo, fue tratar de competir en el terreno mismo que criticaba; tratando de demostrar su superioridad técnica. El tiempo y su propio anquilosamiento para dicha competencia, lo llevaron al fracaso. Para un movimiento de acumulación de conciencia centrado en la persona, el desafío consiste en demostrar que se es una opción creativa en tal sentido, expresado en el arte, en nuevas capacidades empresariales, en iniciativas sociales, movimientos culturales, además de enriquecer las luchas sociales tradicionales que buscan conquistar los derechos humanos y de la democracia. ¿En qué consiste esa conciencia, cómo afirmarla y como darle fuerza?

Al abordar las posibilidades de la creación de esa sociedad, la investigación tiene que partir de las opciones materiales existentes, pero también abrirse al estudio de la construcción social de los valores, así como a la historia milenaria de la conformación de la propia conciencia humana, modelada por las religiones y las morales tradicionales, pero a la luz de las nuevas posibilidades de conciencia.

Con las técnicas sociales y materiales existentes en el siglo XX fue posible crear  varios espejismos, ¿Cómo con esas mismas técnicas más desarrolladas, pero con los aportes de una mayor conciencia espiritual, podemos influir en la evolución de la sociedad para hacerla cada vez más fraterna, libre y solidaria, y en estrecha comunión con el planeta?

En otros términos, el problema de la creación de una sociedad para las personas, ya no aparece como una simple liberación de una explotación o una dominación de unos hombres sobre los otros, sino como una liberación del hombre de sí mismo, entendida como una profundización de la conciencia, del conocimiento, de su ubicación en el cosmos y de su misión en la vida. Y esa conciencia es por naturaleza plural, en el sentido de que, en su histórica formación han contribuido, en mayor o menor medida, las diversas creaciones culturales del hombre sobre la Tierra.