En el país del descontento

Si hay tanto agravio, tanto dolor para las mayorías mexicanas, ¿cuánto falta para combatir socialmente a los responsables de esto?

No siempre la emoción del descontento tiene canales hacia la respuesta en escalada a la violencia que desata el poder del dinero, del que despoja y mata, del que engaña, se burla y discrimina, del que tortura, desaparece, desplaza, del que todo lo roba hasta la verdad sobre hechos tan cruentos.

No hay respuesta contra los agresores cuando el terror se ha impuesto y camina por las  calles, las carreteras, y no deja dormir en las casas.


Tampoco la respuesta es clara cando las trampas del poder engañan sobre quién es el enemigo del pueblo para esquivar o debilitar la lucha: ¿será el crimen organizado? ¿Serán algunos políticos y gobernadores? ¿Son los partidos? ¿Será el tonto de la colina (Los Pinos)? ¿O quizás es el bruto de la Casa Blanca (aquél no este)?

Porque pocos dicen, sostienen, resisten  y se rebelan organizados contra el sistema enemigo que tiene todas esas caras, todas esas cabezas y otras más y contra todas luchan sin autoengaños.

Entre esos y esas fuerzas hay quienes en estos meses electoreros han salido a pelearle al poder la palabra, las tribunas, las calles, las plazas, las mentes y corazones. Ha sido el Concejo Indígena de Gobierno (CNI-CIG), su vocera Marichuy y sus concejalas. También lo han sido múltiples grupos en resistencia entre ellos, la persistencia  de los familiares de los desaparecidos (los de Ayotzinapa y del país), principalmente mujeres que buscan la verdad y la justicia.

En el caso del CNI-CIG actuar  contra la corriente en el terreno pantanoso de las elecciones, les ha hecho pasar por riesgos que superaron con entusiasmo, solidaridad y capacidad para no caer en provocaciones. Enfrentaron también el racismo del sistema de partidos y de quienes se pliegan al modo de vida dominante. Han vivido la persecución y asesinato de algunos de sus militantes, el seguimiento policiaco de la vocera y sus acompañantes. Un hecho fatal fue la muerte de la compañera Eloísa Vega en el accidente de Baja California Sur, donde también resultaron varios lesionados, incluida Marichuy.

Pero los resultados fueron favorables a la campaña para encontrarse como pueblos, hablarse y organizarse desde abajo, más allá de la desesperación de algunos por conseguir firmas de apoyo, y por enfrentar el desigual y discriminatorio dispositivo del INE contra candidatos verdaderamente independientes, como lo es María de Jesús Patricio Martínez.

Ya dirá el Congreso Nacional Indígena que se propone hacer, pero quienes se organizaron saben que la tarea es prepararse a resistir y a desmontar desde abajo el sistema de poder y sus proyectos.

No se puede ocultar que la amplísima cantidad de descontentos en México, aún no están decididos a estallar ni a organizarse contra el sistema que los agravia diariamente. Les mueve la cultura del engaño electoral o más bien la de ir  atrás de los que prometen el cambio sin romper un vidrio y reciclando a personeros del mismo enemigo del pueblo con la promesa de que tendrán fuero, que no se echarán abajo las reformas estructurales y habrá perdón a quienes han defraudado al pueblo. Claro,-dicen sus seguidores-, es una táctica para los primeros 3 años del gobierno  “progresista”.

Una compañera náhuatl del estado de México, auxiliar voluntaria para organizar y conseguir firmas para Marichuy, cuenta que al llegar a una casa a pedir la firma, (pues no sólo hubo mesas de colección sino brigadas que iban casa x casa hablando con la población) fue recibida  por un señor que le dijo: “No voy a dar mi firma por una indígena que no tiene ni voz ni voto. Voy a votar por Morena. Si quieres mi firma ¿cuánto me vas a dar, o qué despensa entregas?”. No se desalentó, fue a otras casas, consiguió firmas y la confianza para seguir construyendo su comunidad de lucha.

EL CAPITAL VARIABLE Y LA EXPLOTACIÓN DEL TRABAJO FEMENINO

Las formas del capital VII, El Zenzontle; número 50, marzo 2008

Por Pepe (En memoria de José Uriel Aréchiga Viramontes en el que es el 82 aniversario de su nacimiento)

La división sexual del trabajo: Desde la etapa en que la incipiente sociedad humana vivía de la recolección y de la caza, las mujeres, por razones reproductivas debieron quedar sin participar directamente en la cacería para garantizar la permanencia de la especie.

Así, las tareas vinculadas a la reproducción fueron separadas de las actividades «productivas» y la mujer quedó a cargo del fuego (del hogar) y de las crías.

Esta exclusión de las actividades inmediatamente productivas repercutirá, posteriormente, en su exclusión de la propiedad sobre los medios de producción y de su transferencia hereditaria, transformando a la mujer misma en la forma humana de los medios de reproducción y por lo mismo en una especie de propiedad privada del patriarca.

Posteriormente y ya en la familia de la tradición judeocristiana, la mujer se encuentra en una posición de segunda clase, de obediencia al marido, al cuidado de los hijos y de las tareas del hogar, en tanto que el hombre es el proveedor y «cabeza de familia». Poco más o menos esta es la situación que aun hoy prevalece en la mayoría de los hogares.

La llegada del capitalismo vino a empeorar su situación.

La mujer obrera muy pronto se vio convertida en una fracción de la fuerza humana de trabajo obligada a realizar sus tareas, la mayoría de las veces, en condiciones infrahumanas, amontonadas en talleres insalubres, o bien realizando su trabajo en el propio domicilio laborando jornadas de sol a sol por salarios misérrimos.

La explotación en el siglo XIX y principios del XX fue terrible. La clase obrera se puso en pie de lucha hacia la mitad del siglo XIX. Una primera etapa culminó en 1871con la construcción de la Comuna de Paris.

Otro momento importante la epopeya de fue la de los Mártires de Chicago en 1884 y la conquista de la jornada de ocho horas.

En México, hacia el fin del siglo XIX, la lucha por mejores condiciones de trabajo (no a las veladas) y mejores salarios llevó a las huelgas de las fábricas textiles: La Montañesa, San Fernando, La Hormiga, Santa Teresa, la Colmena, con participación activa de las mujeres. 1 Posteriormente la Constitución y su Artículo 123 establecerán el Salario Mínimo: este se considera como el necesario para el sostenimiento digno de la «familia». Implícitamente se deja de lado el trabajo que la esposa obrera realiza para la reproducción de la fuerza humana de trabajo, sin la cual el capital no se podría reproducir.

En otras palabras, las compañeras son explotadas de manera indirecta y su trabajo que nadie mira, que nadie aprecia (muchas veces ni ellas mismas) las mantiene en actividad desde oscura la mañana y hasta tarde la noche.

En términos estrictos, el patrón recibe dos jornadas de trabajo por un solo salario, y por consecuencia extrae plusvalía por partida doble.

Cuando las compañeras tienen trabajo asalariado entonces la situación se complica, porque este trabajo no las exime de las tareas domesticas, sino que se suma a ellas. En estas circunstancias la mujer obrera se ve sometida a una doble jornada, una, por la que reciben un salario y otra, la que no le pagan: el trabajo exterior y el trabajo interior de la casa.

Pero la explotación no se reduce a la doble jornada. En general los salarios femeninos son menores que los masculinos para tareas similares y en la competencia por mejores puestos o mayores salarios, se prefiere al trabajador masculino frente al femenino. Porque aquellos no se embarazan y cuando la mujer se halla en edad reproductiva, los empleadores toman en cuenta esta condición para postergar a las compañeras.

En resumidas cuentas, la sociedad capitalista, en lugar de premiar a las mujeres por ser las encargadas de perpetuar la especie, de garantizar la existencia de los futuros trabajadores, les impone un castigo: las explota doblemente, les paga menores salarios y las posterga frente a los trabajadores masculinos, a pesar de que en múltiples ocasiones la habilidad femenina es superior a la masculina, salvo quizás en lo que a la fuerza bruta se refiere.

Hasta aquí se ha intentado esbozar un marco para la lucha, una lucha que arranca dentro de nosotros mismos, dentro de la clase obrera, en la revisión de nuestras conductas personales, familiares, de grupo y en una lucha frontal contra el capitalismo y la discriminación, por la igualdad entre los sexos y la equidad de género.

1 La explotación abarcaba a hombres, mujeres y niños.Una jornada de 12 horas recibía 4 reales (50cvs) menos las multas.

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