Olor a muerte

Centro de concentración

No hay olor más repulsivo que el de la muerte, o mejor dicho, que el del asesinato…

 


Visitar un campo de concentración Nazi, me dejó con una resaca moral difícil de superar, porque finalmente somos humanos y la catástrofe la produjo nuestra especie. Eso pensé y me sentí culpable.

 

Dachau es una localidad ubicada al noroeste de Múnich en Alemania, que cada día recibe centenares de turistas curiosos por descubrir un pasado cercano, tan cercano que todavía se puede percibir el apabullante olor del humo que emanaban los hornos crematorios.

 

Para llegar a Dachau fue necesario tomar un tren desde la estación central de Múnich, donde personas con gorras y cámaras fotográficas decoraban los asientos entre el bullicio de los diversos idiomas que se escuchaban en el ambiente.

 

El cielo estaba gris, no puedo describirlo de otra manera, gris.

 

Al llegar a Dachau, los visitantes tomaron un autobús que los llevaría hasta la entrada del campo. Todos sacaron sus cámaras. Posaban en el primer anuncio que señalaba el ingreso. Posaban junto a las fotografías panorámicas. Se tomaban fotos en grupo… empezó la llovizna.

 

Junto a la llovizna, comencé una oración, esa fue mi humilde manera de mostrar respeto ante el lugar donde miles de personas habían sido torturadas y asesinadas.

 

“Arbeitmachtfrei”. El cínico letrero que los Nazis instalaron en la reja de entrada al campo de concentración se vislumbraba a distancia. Las puertas se abrieron y con ellas, un pasado latente y doloroso que lastima el presente y nos vulnera ante el futuro.

 

Recorrimos una sala, otra, una más…. El cielo seguía gris, y la llovizna no cesaba.

 

Los turistas tomaban cada vez, menos fotos. Ya no había risas; las voces se redujeron a murmullos.

 

Llegamos a los hornos crematorios. Las imponentes chimeneas estaban intactas, como si apenas fuera ayer cuando se dejaron de utilizar. Frente a ellas, una campana que cada día suena a las 3 de la tarde, comenzó a replicar. Empezó a hacer frío.

 

La pregunta llegó a la mente de todos los visitantes tan diversa como sus idiomas, “¿Cómo fue posible?”, y la plegaria también llegó a sus corazones de manera tan diversa como sus religiones: “Nunca más”.

 

De regreso a Múnich, hubo silencio. Algunos tenían los ojos enrojecidos por el llanto. Unos solo recargaron sus cabezas en la ventanilla para pensar en lo vivido. Otros, simplemente guardaron silencio mientras recorrían las imágenes captadas con sus cámaras fotográficas.

 

Yo, seguí la oración que empecé a la entrada de Dachau, mientras reflexionaba las tristes y atinadas palabras que dijo Plauto: “El lobo es lobo del hombre” y de pronto, surgieron dentro de mi unas infinitas ganas de dar gracias por lo que recibo cada día.

 

 

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