Ofrece María Elena Stefanón una mirada a los actos de penitencia de las monjas

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En el Museo de arte religioso Santa Mónica – Fotorreproducción Abraham Paredes

Sin el propósito de establecer una crítica sobre la severidad de la vida monacal, sino para mirar cómo era el comportamiento de las mujeres que habitaban los conventos nohovispanos, uno de ellos el de Santa Mónica, y los ejercicios de penitencia que hacían las monjas convencidas que el dolor era un camino para evitar los pecados, la historiadora del arte María Elena Stefanón preparó la exposición Siempre hay tiempo para el arrepentimiento.

La muestra, que forma parte del programa “Piezas en diálogo”, el cual busca sacar a la luz obras escogidas del acervo del Museo de arte religioso Santa Mónica –18 Poniente 13–, dándole una lectura diferente a su sentido religioso, será inaugurada el viernes 28 a las 18:30 horas con un recorrido guiado por la investigadora de la Universidad Autónoma de Puebla.

Durante una entrevista con Stefanón, mencionó que luego de una visita que hizo por el depósito del museo para escoger los elementos pictóricos y escultóricos que formarían parte de su propuesta expositiva, encontró entre la “buena cantidad” de libros los tres que se exhibirán y que entre sus páginas halló pequeños “fragmentos testigo” que dan cuenta de la fe que depositaban las monjas en sus penitencias espirituales, físicas y corporales.


“En particular me interesa este universo de material devocional, para saber con certeza las formas de penitencia que emplearon las monjas recoletas, en especial las de Santa Mónica, como ocurrió con cierto material en donde se aclara quién y de qué orden uso cierto objeto”, dijo la miembro de la Red Mexicana de Estudios de Espacios y Cultura Funerarios.

Explicó que en la exposición Siempre hay tiempo para el arrepentimiento buscó evidenciar las prácticas de reflexión interior que pasan por el tema de la muerte y el camino que las monjas deberían emprender para lograr ese camino a la eternidad, todo esto inmerso en un pensamiento barroco entre el temor y el amor de dios.

La piezas, continúo María Elena Stefanón, sugieren ese recorrido; los libros de la buena muerte, por ejemplo, refieren a los ejercicios espirituales; uno de ellos para la congregación mariana del siglo XIX, que “llevan a la monja a pensar que puede morir en cualquier momento: desde que se levanta, entre sus comidas y sus rezos, hasta el anochecer y mientras duerme”.

“Ellas tienen un compromiso que deben cumplir, que es el de llevar cargando su cruz, la cual tiene todo el tiempo el permiso y la vigilancia de la madre superiora. Las monjas comen con frugalidad, por la tarde realizan sus labores jaculatorias, que repiten otra y otra vez”.

Otro de los textos que se exhibirán, es aquel que fue escrito por San Alfonso María Ligori sobre la preparación ante la muerte y que tiene la firma de Santa Mónica, en donde se habla de la nula posesión de las monjas sobre las cosas materiales.

“En el arte esa simbología de la meditación de la muerte cristiana se refleja en el uso de crucifijos y de calaveras, y en mi tema, en los ejercicios y las formas de penitencia: por un lado de los eremitas y su aislamiento, y por otro el punto de vista de personajes como Santa Teresa, quien dijo: muero porque no muero”.

Stefanón definió que las penitencias son el reconocimiento de las culpas y una forma de reponer en vida lo que se ha hecho mal y sobre todo para reducir el tiempo en este mundo. Para ello, agregó, las monjas utilizarán silicios y flagelos, el ayuno y la confesión.

Como ejemplo es lo que aparece escrito en uno de los “fragmentos testigo”, en donde una de las monjas pide reiteradamente perdón, el cual cierra con un dibujo de dos flagelos cruzados que luego, con un alfiler, punteó.

Un asunto para notar, prosiguió la investigadora, es esa combinación de dolor y erotismo que existe en torno al cuerpo femenino, el cual “suele ser y necesita ser más castigado, porque representa un objeto de deseo, de culpa”, y que está ligado a uno de los votos hechos por las monjas: el de la castidad.

A propósito, en otro de los papeles una de las monjas hace una mención especial de su preocupación por su castidad, quizá no porque existiera una amenaza de perderla, sino por sus necesidades naturales.

Por último, María Elena Stefanón explicó que todos estos actos de penitencia tenían un límite, ya que era mal visto sobrepasarse, pues corrían el riesgo de caer en el suicidio, es decir en la arrogancia.

Además de los libros, la muestra Siempre hay tiempo para el arrepentimiento incluye dos pinturas y los silicios y flagelos que las monjas de Santa Mónica utilizaron en sus penitencias, los cuales “deberán verse sin morbo, para tratar de comprender ese pensamiento barroco”, como apuntó la investigadora.