Nuestras autocensuras

Autocensuras ■ Foto: Malik Earnest/Unsplash

El proceso electoral actual en México me ha hecho sentir un ambiente de autocensura, no sólo personalmente, sino por lo que las redes y eventos sociales, conversaciones con amigos, conocidos, familiares, dejan entrever. Sobre todo, antes de que las campañas electorales empezaran oficialmente, me parecía que se asomaba una especie de miedo a opinar, con frecuencia latente en un proceso electoral, pero quizás esta vez con mayor presencia. Por supuesto que la desilusión, el cansancio, la indiferencia y la cuestionable calidad de nuestra oferta candidata tienen también mucho que ver con esto.

La norma popular que recomienda no hablar de religión ni política en los eventos sociales para no provocar el caos en nuestras relaciones, sabemos ya que es difícil de cumplir. Sin embargo, esta vez se nos estaba dando bastante bien. Entre los amigos o familiares, una introducción con tiento para intentar conocer cuáles eran nuestras intenciones políticas. Pero la cercanía del proceso, mi ansiedad opinóloga y la urgente necesidad de empezar a hacer algo para que alguna cosa se mueva, terminó por romper la cortesía. En mi caso, la regla ha demostrado con rabia su franqueza.

A pesar de las pérdidas consecuentes, las rupturas familiares o amistosas cuando se incumple con la actitud cordial de “no hablar de lo que pensamos por respeto”, la necesidad de diálogo en el mundo nos hace a algunos alejarnos de estos “buenos modales” e intentar descubrir de dónde viene esta tradición autosilenciadora totalmente asfixiante. ¿No es precisamente cuando discutimos con el otro que aprendemos? El problema está en que nos han hecho englobar dos conceptos en una misma idea: discusión y pelea, y me parece que parte de la solución para luchar contra estos procesos de censura y obstaculización para la construcción de colectividad, está en saber diferenciarlos.


La RAE nos da las siguientes definiciones para “discutir”: Del latín discutĕre ‘disipar’, ‘resolver’.

  1. Dicho de dos o más personas: Examinar atenta y particularmente una materia.
  2. Contender y alegar razones contra el parecer de alguien.

Aunque el significado de la segunda acepción comprenda una oposición a la idea de otra persona, su definición no implica un enfrentamiento violento con el otro. Y su anulación o su extremo opuesto, en cambio, sí resultarían en una pasividad e inacción absoluta, que producirían, como es común en nuestras sociedades, una admisión incuestionable de las reglas o los postulados ajenos, sobre todo si vienen de los dueños de la verdad.

Por otro lado, pelear (que incluye al verbo discutir entre sus antónimos) tiene las siguientes definiciones, según la RAE: De pelo y –ear:

  1. batallar (‖ combatir o contender con armas).
  2. Contender o reñir, aunque sea sin armas o solo de palabra. U. t. c. prnl.
  3. Dicho de los animales: Luchar entre sí.
  4. Dicho de las cosas, especialmente de los elementos: Combatir entre sí u oponerse unas a otras.
  5. Resistir y trabajar por vencer las pasiones y apetitos.
  6. Dicho de las pasiones o de los apetitos: Combatir entre sí.
  7. Afanarse, resistir o trabajar continuadamente por conseguir algo, o para vencerlo o sujetarlo.
  8. Desavenirse, enemistarse, separarse en discordia.
Autocensura ■ Foto: Cristian Newman/Unsplash
Autocensura ■ Foto: Cristian Newman/Unsplash

¿Cómo aprender o cambiar el mundo sin oír al otro y quedándonos sólo con nuestras ideas? ¿Cómo construimos conocimiento así? Enseñarnos a no discutir desde que somos niños, por “respeto” o por lo que sea, es una estrategia muy eficaz para evitar que nos involucremos en ámbitos que dicen que no nos corresponden, como la política. Pero si nosotros no accionamos no habrá ningún tipo de desestructuración de los modelos hegemónicos. Pensamiento también es acción, los dos términos sobreviven a través de una relación dialéctica.

La educación liberadora vs. nuestras autocensuras

Pensar en un tipo de educación dialógica para construir un panorama de liberación no es una idea nueva, y tampoco es una utopía. Diversas instituciones académicas e investigaciones han demostrado las ventajas de la educación de este tipo para el desarrollo educativo. Ejemplo de ello es un estudio llevado a cabo el año pasado por la fundación Education Endowment Fundation, que tiene como objetivo eliminar la relación entre ingresos familiares y calidad educativa. Los resultados de esta investigación señalaron logros importantes en cuanto a pensamiento global y habilidades de aprendizaje de los niños que formaron parte de los institutos participantes del estudio.

Pero los modelos educativos con plataformas como ésta son mucho más antiguos; las rutinas de pensamiento, utilizadas en las aulas para generar un proceso educativo a través del diálogo, son uno de los casos. Asimismo, pedagogos transcendentales, como el brasileño Paulo Freire, expusieron hace tiempo estos fundamentos para el aprendizaje, asegurando la importancia del conocimiento como algo que no se transmite y no se memoriza, sino que se construye.

Freire desarrolla en su teoría una analogía, refiriéndose a lo que llama educación bancaria, que, según explica, concibe al alumno como un recipiente que se llena con los depósitos de información que el educador le transfiere, simplemente almacenándolos, sin cuestionarlos. Un modelo educativo en donde, en palabras del brasileño, “el único margen de acción que se ofrece a los educandos es el de recibir los depósitos, guardarlos y archivarlos”.

Me parece que esta transferencia de conocimientos que caracteriza a la educación bancaria puede ser evidente en distintos rubros de la vida cotidiana, no sólo en la educación escolar. La analogía utilizada por el pedagogo funciona también para analizar la forma en la que nos han enseñado a desenvolvernos en la política, y por lo tanto la forma en la que hemos aprendido sobre ella. Por si a alguien le cupiera duda, la manipulación mediática alrededor de las campañas electorales funciona para muchos de manera similar. ¿Qué es lo que pasa hoy cuando alguien escucha comparar a su país con Venezuela? Automáticamente salta el miedo, muchas veces inexplicable (y otras no) porque nunca nos hemos interesado en comprender el trasfondo contextual de ese país.

Lo mismo pasa cuando el sistema educativo nos acostumbra a deducirnos en una relación dialéctica sabio-ignorante (heredera de la hegeliana entre amo y esclavo) y cuando pensamos en política aparece un mundo en el que nosotros, como inexpertos en el tema, no podemos opinar ni actuar. Freire decía que esta relación niega “a la educación y al conocimiento como procesos de búsqueda”. Por ejemplo, ¿podemos realmente afirmar que sabemos algo de la situación venezolana o simplemente tomamos la crítica como verídica e incuestionable “porque viene de la voz de los expertos”?

Las frustraciones, el dolor que han dejado las fundaciones tramposas de la política y la desinformación, son todos agentes del rechazo que los seres humanos tenemos frente a estos aspectos, y aquello es también un logro de las clases “cuyas voces tienen validez”. Los políticos se nos presentan como los sabios, “los dueños de la información”. ¿Qué mejor que rodearse de gente que no esté interesada en voltear a ver sus historiales de corrupción? Es brillante la idea de la desaparición de los jueces.

Sin ojos ■ Foto: Cristian Newman/Unsplash
Sin ojos ■ Foto: Cristian Newman/Unsplash

Nuestra concepción de la política ha concluido en su comprensión como algo ajeno, que no nos corresponde ni nos afecta directamente. Esto es precisamente al revés. Por más que no estemos de acuerdo con nuestro sistema político o electoral, con los partidos o las ideologías que nos presentan las instituciones comiciales, todas las decisiones que desde aquel mundo se tomen repercutirán muchas veces incluso en nuestros aspectos más personales.

Reflexiones paralelas por si “estoy hasta el huevo del proceso electoral”

Si para alguien no es importante pensar en estas estrategias educativas como un método de acercamiento a la política, o de reflexionar sobre las políticas que nos rigen y regirán, tal vez la forma de empatizar sea mostrando estos modelos como antídoto contra las fake news, cuya existencia es reflejo de cómo nos han enseñado a recibir la información, justamente sin cuestionarnos nada. En este sentido, Internet y las redes sociales nos vinieron a echar una mano, ya que el registro informativo permanente (o casi) en estos medios evita que los autores de las campañas desinformativas logren esconderse del todo.

Y digo “en este sentido” porque en otros sucede lo contrario. Por ejemplo, la ley mordaza en España y la constitución, con ello, de lo que el escritor y periodista Juan Soto Ivars ha llamado la postcensura. Lo que hace esta ley es censurar opiniones políticas publicadas, por ejemplo, en redes sociales como Twitter, que presumía significar una revolución en términos de libertad de expresión. Y esto, por cierto, no termina en un diálogo por puntos de vista distintos. Termina en cárcel y en una lista considerable de presos políticos.

Colectividad ■ Foto: Benny Jackson/Unsplash
Colectividad ■ Foto: Benny Jackson/Unsplash

Para quien esté interesado en recurrir al cuestionamiento de todo (en la medida de lo posible) como arma contra los adversarios cotidianos de la reflexión, dentro de cualquier terreno, para implicarnos más en lo que nos toca, propondría lo siguiente: ante las campañas de desinformación, información. Y, en vista de que mediáticamente la manipulación prima, el arma es la colectividad, compartir nuestros conocimientos, nuestras experiencias, y escuchar los otros. Analizarlos, acercarnos a ellos. Ir hasta el fondo. Escuchar y luchar contra el miedo al juicio ajeno.

 

 

Referencias:

Diccionario de la Lengua Española (RAE)

Education Endowment Foundation (EEF)

Infobae

Paulo Freire, Pedagogía del oprimido