Nostalgia por la equidad y justicia social

Cuando diversas experiencias convergen, cuando la esperanza anima y el cansancio es resultado del pensar la realidad mientras se toma parte de ella a través del activismo y se intenta incidir en la construcción de nuevas formas de relaciones sociales equitativas, dignas y libres, se spotencializan inquietudes y creatividades a veces difusas y otras con toda claridad. Sin embargo, una constante son las preocupaciones manifiestas en torno al futuro incierto que se nos presenta. Los marcos referenciales en que nos movemos, las injusticias que se muestran constantemente, nos exigen pensar la realidad y transformarla.

Requerimos transitar de las condiciones de supuesta justicia mínima, aquella que permite mantener y legitimar el statu quo necesaria para evitar las rebeliones y que se encuentra inscrita en las leyes y costumbres, únicamente, para mantener ciertos niveles de calma social invocando cuestiones morales. Esta forma de justicia que se ajusta y modifica conforme las necesidades del sistema imperante y que aspira a enmarcarse en los discursos universalizantes de los derechos humanos, supuestamente válidos para la mayoría de las personas, pero no para todas, lo que hace irreal esta idílica propuesta. Hoy, amplias capas de la población en diversas regiones del mundo viven condiciones de empobrecimiento extremo, despojo y violencias.

Si bien los mínimos imprescindibles para la convivencia son necesarios, estos no deben centrarse únicamente en aquellos elementos y condiciones que favorezcan legitimar el sistema de injusticias actual. Apelemos en cambio a una justicia ampliada, plena, máxima. Justicia que nos genera nostalgias, no necesariamente porque se haya experimentado previamente, sino porque se extraña la posibilidad de construir la utopía, de convocar la acción organizada diversa, contrastante, democratizadora que potencialice diálogos y fundamento de equidades. Transgredamos el campo de reglas de la justicia mínima sometida al juego del poder y la dominación. Ya que no hay marcos legales posibles que puedan brindar justicia ante las injusticias e inequidades atroces, como los etnocidios, los feminicidios, y todos los crímenes de lesa humanidad. Horkheimer, filósofo de la escuela de Frankfurt, pedía que “la memoria del holocausto se convirtiese en una resistencia moral que dificulte que los verdugos de la historia lleguen alguna vez a triunfar sobre sus víctimas inocentes”.


Apelemos a la posibilidad de una justicia amorosa, plena, ampliada. No basta la convivencia cotidiana supuestamente pacífica, pues sabemos de bien que paz verdadera no es simplemente ausencia de guerra. Atrevámonos a trascender, a cuestionar el statu quo, a preguntarnos por todo lo que no es correcto, aunque a primera vista se nos muestre como justo. Demos espacio a la crítica, a la negatividad, que no es sinónimo de pesimismo, al pensar histórico de la memoria y la acción situada. Blanch llama a una justicia “mucho más humana que implica una franca comprensión de la fragilidad humana, así como el perdón y la compasión, junto con otras virtudes, grandes o pequeñas, que aseguren el valor incondicional de la libertad y la dignidad de las personas”.