Nos hemos acostumbrado…

Cada ocasión que visito la Ciudad de México me trae una nueva oportunidad de observar a la gente en el metro. Me tocó: era de noche. Viajaba en dirección contraria en hora pico para llegar a la Tapo. Tuve suerte de subirme a un vagón casi vacío. Me senté y por ociosa, me puse a contar cuántos hombres y cuántas mujeres íbamos en el vagón: 10 a 2. A esa hora, casi las 11 de la noche, ya no hay separación de personas por sexo. En la siguiente estación de correspondencia donde más gente sube y baja, entró un buen número de personas y un adolescente que venía con su familia, y al ver que en el vagón tenía un buen de asientos vacíos y abrirse las puertas, entró con agilidad y quiso apartar dos asientos juntos. Sólo que un robusto señor mayor, vestido de traje y corbata, venía detrás de él dispuesto a todo por un asiento. El señor lo empujó, se sentó sin ver más y el chamaco ni chistó.

Con el adolescente venían cinco mujeres: dos mayores y tres jóvenes con varios niños pequeños. Una de las mujeres mayores le dijo al señor que no tenía educación y lo comparó al jovencito: “Mejor el chamaco tiene más educación que usted. En balde su traje y corbata. El chamaco no quería los asientos para él, sino para las muchachas que vienen con niños en brazos”.

Al principio el señor se hizo el sordo pero no pudo hacerse el ciego. Los ojos de las personas que íbamos en el vagón estaban sobre él y sin saber qué decir, dejó pasar un momento, se levantó y le ofreció el asiento a una de las muchachas que iba con una niña en brazos. La muchacha, desde luego, lo rechazó. Dijo que de seguro él necesitaba el asiento más que ella. Entonces el señor viró para ofrecérselo a otra de las muchachas con niños y a una más adulta, pero ya se había apestado con la familia por haber empujado al jovencito que no respondió con violencia.


Los demás pasajeros veíamos lo que pasaba con una leve mueca de “averquepasa” por el empujón al chamaco; pasábamos nuestra mirada del señor al jovencito, del jovencito a su mamá, de la mamá al señor, de la señora al chamaco, del chamaco a las jovencitas con hijos, de un niño a otro, pero nadie nos levantamos. Ya con el rechazo, el señor se sentó nuevamente, acomodó su folder bajo sus nalgas y se puso cómodo, se quitó la corbata.

Me volteé a observar a los demás hombres del vagón. Nadie se daba por aludido. Nadie se levantó de su asiento para que las mujeres mayores o las muchachas con niños se sentaran. Todos íbamos cansados, el señor también: lo que queríamos era agarrar fuerzas para lo que faltaba para llegar a casa. Las muchachas se pusieron a jugar con sus hijos y el evento no pasó a gritos ni sombrerazos ni a ofensas de que “ya no hay caballeros”.

Nos hemos acostumbrado.




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