Nos están matando

Hace tiempo ya que la Narvarte se convirtió en el barrio preferido de una generación de alguna forma marcada por la huelga de 1999 en la UNAM, que no vio ninguna esperanza en la salida del PRI porque lo que se venía era el PAN, que protestó en 2006 contra la violencia del gobierno de Enrique Peña Nieto en Atenco, que se educó en la al parecer inevitable derrota de lo que aprendieron a llamar izquierda. El gusto por el rumbo tiene muchas razones, entre ellas su estratégica posición en la ciudad, siendo el verdadero centro de ésta entre el sur académico y la gran oferta de los barrios que le quedan al norte, la cercanía de las dos líneas de metro que cortan meridionalmente la urbe, los accesibles precios dentro del rango de inaccesibilidad inmobiliaria del DF, la comodidad para caminar las banquetas, los parques, etcétera.

Los amigos están cerca. Rechazan los incomprensibles precios y presunciones de la Roma Norte y la Condesa. Se indigestan con la destructiva especulación inmobiliaria que inaugura edificios como si fueran Oxxo, nutriendo a los bancos mediante los créditos hipotecarios. Como los bares no son tantos, es mejor el encuentro en los departamentos, regularmente compartidos con otros compañeros para completar la renta. Ahí se cruzan amistades, llegan colegas del colega del amigo del primo que nunca llega a la fiesta. Eso pasa porque todavía se cree en los cercanos, porque la salud está depositada también en la posibilidad de no tener miedo y confiar. Es por eso que cualquiera de los del barrio pudo haber estado la otra noche en el departamento de Luz Saviñón con Nadia y Rubén, porque muchos habían estado con ellos en algún otro lugar, porque eran cercanos.

Al hablar de “la casa de Luz Saviñón” es curioso ver cómo las capas de historiografía mexicana se superponen engendrando estos nuevos discursos. Es imposible saber cuál sería la posición de doña Luz ante la represión gubernamental del presente; a fin de cuentas fue Porfirio Díaz quien inauguró su montepío después de que ella muriese. Tampoco sabemos qué sentiría si se enterara de que el gobernador de Puebla le entregó a TV Azteca el edificio de la fábrica textil de su padre, La Constancia. Lo que sí se sabe, y de sobra, es que ningún discurso histórico ha servido para detener las infamias en este país; sería ridículo pensar que un asesino inmovilizará su dedo sobre el gatillo al reflexionar qué nueva historia estaría escribiendo sobre las calles de esta ciudad si disparase.


Cualquiera, decía, pudo haber estado en ese departamento: nos han acercado todavía más la muerte. Es feo, en efecto, que algunas cosas nos despierten esta irrefrenable indignación y que muchas otras igualmente lacerantes nos pasen inadvertidas, pero también es cierto que tragar toda la sangre que este país derrama nos arrojaría a un traumático estancamiento. El olvido es condición de posibilidad de la acción, es la fertilidad del movimiento vital, pero justamente hay que tomar esos casos en concreto para representar a todos los otros que no somos capaces de resaltar, como se ha hecho ahora con el multihomicidio de la Narvarte.

Dejemos de lado la superficialidad que en algunos puede implicar el botón «compartir» de las redes sociales, pensemos en ejemplos como el de Nadia y Rubén, cuya muerte –a todas luces el móvil del crimen– interpela a quienes aquí quedamos para hablar por quienes ya no están. Vuelve a emanar la figura del testigo, no entendido nada más como quien presenció el acontecimiento, sino como quien vive la abyecta realidad y, en consecuencia, ha de hablar de ella, enfrentarla como le sea posible, no soslayarla con la placentera coraza de la apática desinformación. Primo Levi aclararía que el verdadero testigo no es el sobreviviente, sino los engullidos, en quienes la destrucción es llevada a su término; sobre ésta es imposible hablar a cabalidad, puesto que nadie regresa de su propia muerte, pero es por eso que encuentro indispensable que quienes quedamos la señalemos para protestar, para advertir la probabilidad de su repetición y, en la medida de lo posible, frenarla.

Nosotros, en quienes la palabra todavía es posible, seamos sobrevivientes de un atentado o simplemente seamos visores de la criminalidad estatal que nos circunda, no creo que debamos dejar de enunciar resonantes la infamia, incluso no como deber, sino como necesidad, puesto que a nosotros también nos están matando. Nos están ahogando con el terror, están consiguiendo devastar a todos los que optamos por una vía distinta a la de estudiar y trabajar para el enriquecimiento, han sabido desplazarnos cerrando tantas puertas como les fue posible. Ese gran “ellos”, identificable e inefable a la vez, prosigue con su voraz acumulación sistematizando el aniquilamiento de quienes le estorban, no únicamente con balas, sino emanando este aire de miedo, clausurando nuestro deseo, rezagándonos a las cifras del daño colateral. Lentamente también nos matan con este desasosiego.