No quiero saber

Lloré. Fue tan sorpresivamente espontáneo mi llanto, como si de la nada, que hasta María Ampudia se sorprendió, pero no dijo nada, siguió conversando. Con mi voz entrecortada, lágrima viva y sollozos, seguí el hilo de la plática sin dar pausa a explicación alguna de mi parte. Estábamos en la calle esperando alinearnos para acompañar a las madres y los padres de los miles de desaparecidos en nuestro país, en la Caminata por la Paz en Orizaba, Veracruz, convocada por Aracely Salceda y encabezada por el padre Solalinde.

Antes, al terminar de comer habíamos auxiliado a levantar platos sucios y manteles. Aún a retirar sillas y acomodarlas en el lugar asignado. Era un jardín donde instalaron lonas para recibir a los convocados y protegernos del sol mientras tomábamos los alimentos, pero estaba un poco nublado y, de vez en vez, se sentía una leve brisa fresca, hasta fría, que María pensó venía de algún ventilador. Pero no. Bajaba el sol y un ligero viento se colaba entre el bochorno para refrescarnos.

El jardín, además de toldos, en todo su perímetro tenía tendederos interminables, unos arriba de otros, con incontables fotos de hijas e hijos de todas las edades, desaparecidos en México desde hace muchos años. Madres y padres se encontraban degustando sus alimentos junto a nosotros. Al verlos y platicar con algunos de ellos, me pregunté: “¿Cómo le hacen?”


Desde que entré acompañando a María, quien me invitó, a Pedro Rodríguez y dos personas más de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), traté de disimular el impacto que tuvo en mí cada rostro fotografiado y expuesto en esa galería enorme de incondicional amor y búsqueda incansable. A fuerza de mirarlos vislumbré una nueva dimensión del averno en el que nos encontramos.

Uno a uno miraba el sinfín de caras de los desaparecidos. Nunca antes había tenido esa cercanía con sus familiares. Nunca antes había participado en una marcha para gritar: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” y “Te puede pasar a ti que estás mirando”. Nunca antes había visto lo que me hizo llorar: a una madre, formándose en la calle, lista para marchar, con la fotografía grande de su hijo, colgada de su cuello por un lazo y exigir que lo quiere de regreso con vida. Sin mediar más nada, no pude…

La imagen de esa madre con el rostro enorme de su hijo en el pecho nunca se me va a olvidar. Y son incontables los padres y las madres que, con incalculables números de fotos de sus hijos e hijas, en pancartas, mantas, en papel, o colgadas de sus cuellos, marchan y nunca olvidan, mientras vivan.

La respuesta a la pregunta que me hice al verlos tomar sus alimentos a mi lado de: “¿Cómo pueden?”, no quiero saberla.




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