Navarrete

Carlos Navarrete Cáceres, un investigador del campo de la arqueología y la historia empeñado por transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones. Foto: twitter

La semana pasada, en el marco del XXVIII Encuentro Internacional de los Investigadores de la Cultura Maya organizado por autoridades y maestros de la Universidad Autónoma de Campeche, se le hizo un homenaje especial al investigador, arqueólogo e historiador Carlos Navarrete Cáceres. De origen guatemalteco, pero avecindado en la Ciudad de México desde 1952, es una referencia obligada cuando se habla de la arqueología en nuestro país. Su trato es amable y tiende a estar presto para apoyar a quien lo requiera con algún consejo académico o una aguda observación sobre la investigación propia. Yo no lo conocía personalmente, pero he escuchado un montón de cosas positivas de parte de ex alumnos y colaboradores, lo que me hace pensar que se trata de esas instituciones que existen en nuestro país a los que hemos de observar para entender el paso de la arqueología y la historia que se fueron construyendo a lo largo del siglo XX y que tienden sus ramales en los trabajos que se realizan en este siglo XXI que avanza interesante. En su discurso de agradecimiento por el reconocimiento, afirma en este sentido:

“Pienso que los arqueólogos y los historiadores venimos a ser una especie de sicoanalistas del pasado. Levantamos capas de la memoria, escudriñamos rincones en sombras, actitudes comunales olvidadas, frustraciones y esplendores humanos. Nosotros mismos vamos con los años formando parte minúscula del gran universo que es la arqueología. Ver a la vez en direcciones opuestas o, en mi caso, pensar en lo que pensaba cuando tomé el Ferrocarril Centroamericano en enero de 1952 para dirigirme a la Ciudad de México a estudiar arqueología”.

Como se ve, él mismo es protagonista de esa historia en torno a la disciplina, a la política referente al patrimonio y a su defensa constante. Su periplo por la arqueología mexicana es un atractivo y sugerente compartir y aprender de personajes que para nosotros significan piedras de toque en lo mesoamericano: Heinrich Berlín, Gareth Lowe, Román Piña Chán, Franz Blom, Lorenzo Ochoa…


En su discurso de agradecimiento detalla ese viaje y nos dota de anécdotas que se nos antojan envidiables a quienes solo hemos leído de eso lugares o que no participamos de la labor arqueológica.

“Tal vez tuve un ligero atisbo, orgullo de una importancia imaginada, cuando la dirección del museo me extendió sendas credenciales, una para practicar un pozo en el Palacio Nacional y la otra para recolectar restos cerámicos en el perímetro del zócalo descubiertos en zanjas de los cables de la luz ‘presentamos al estudiante avanzado de la carrera de arqueología…’ decía el escrito. No me atrevería hoy a llamarme así”.

Me sorprendió gratamente en una conversación que tuve con él, que decía seguir dando clases a alumnos de licenciatura –de hecho, un amigo fue su alumno y dice que sus visitas de campo a Chiapas eran todo un gozo– y que era menester entrarle a la multidisciplina a la par que veía que, para antropólogos como arqueólogos, el conocimiento de la historia es fundamental. Sé de muchos investigadores SNI de alto nivel que, una vez teniendo esa certificación, evitan a como dé lugar impartir cátedra pretextando que les quita tiempo para investigar, pero si estos personajes no transmiten lo que investigan es un conocimiento que se pierde en el olvido de publicaciones que probablemente nadie lea. En fin, sorprenden su calidez y lucidez, su convicción académica y su disposición a compartir anécdotas y consejos. He conocido a otros investigadores que comparten esos enormes atributos que los hacen ser ante todo maestros, pues no se trata de saber mucho y tener múltiples grados y publicaciones, se trata de tener la posibilidad de transmitir conocimientos, vida e inspiración, que te motiven a tratar de construir tu propia vida académica y tratar de llevarles el paso. Nombres que me vienen a la cabeza: Alfredo López, Víctor Ballesteros, Mercedes de la Garza, entre muchos otros.

En su discurso se lamentó empero, de ciertos despertares a la vida real que suelen ser abruptos. “No es un proyecto que recuerde con cariño –uno que llevó en la zona olmeca hace tiempo ya–. Me hizo entender que existe la separación entre la arqueología científica y la arqueología oficial. La primera aporta raíces, crea memoria; la segunda obedece a intereses bajo el lema de que ‘el progreso no se puede detener’. Bajo el agua quedaron los difuntos de los pueblos desplazados, tierras fértiles y selva”.

En efecto, como lo he comentado en otros espacios, es frecuente que los trabajos de arqueólogos, historiadores, antropólogos, terminen siendo utilizados por el poder para justificar tropelías o discursos políticos de medio pelo que no tienen más que el latrocinio como definición, o la colocación de funcionarios en cargos de los que no tienen ni idea, pero que permiten y avalan lo que es peor, abusos y ataques a patrimonios, poblaciones y memorias. Duele verlo, y vivirlo es peor. En el homenaje estuvieron presentes amigos y discípulos, jóvenes, no tan jóvenes y otros investigadores con trayectorias perfectamente elaboradas ya. Todos lo rodearon compartiendo momentos y comentando sus propias inquietudes a la espera de un consejo o simplemente, compartir alguna anécdota en torno a los alimentos de la tarde. Grata experiencia me llevé en esta ocasión. Enhorabuena por Carlos Navarrete Cáceres.