Murió Alfredo Figueroa Ayala

Murió ayer Alfredo Figueroa Ayala, a los 76 años de edad. Si algo lo definió fue la congruencia de su vida cotidiana con su forma de pensamiento, el que adquirió en el primer lustro de los años 60, como estudiante primero de Derecho y después de Filosofía en la Universidad Autónoma de Puebla. Pero sobre todo, en la lucha estudiantil y luego magisterial de esta universidad. A partir del año 1961, la institución se sacudió el dominio avilacamachista gracias a esfuerzos como los de él y todos los Carolinos, y se abrió así la entrada de la izquierda comunista en la institución, dándole a partir de entonces un giro muy positivo –con sus más y sus menos– a esta que es llamada la máxima casa de estudios del estado. Su participación en el movimiento de 1968 fue, igualmente, muy relevante. Pero debe destacársele también como un incansable profesor de educación media superior y superior, y un gran transmisor de conocimientos y convicciones a los jóvenes estudiantes.

Fue una persona fundamental en mi formación ideológica y política. A él le escuché por primera vez los conceptos del marxismo y una defensa consistente de la Revolución Cubana, de la que fue un devoto seguidor siempre, sin regateos ni mezquindades. Murió un 13 de agosto, la fecha en que nació Fidel Castro, para los que valoran estas coincidencias.

Cuando, por no poder llegar a la clase de Lógica en la preparatoria Benito Juárez con el profesor Alfonso Vélez, reprobé la materia, él –siendo un especialista– me preparó con tal acuciosidad, con tal claridad de conceptos, que pasé en el examen extraordinario con la calificación máxima, y hasta la fecha recuerdo los silogismos y la diferencia entre lógica formal y lógica dialéctica. Fue un profesor extraordinario. Tuve la fortuna de gozar de sus enseñanzas porque fue primero novio y luego esposo de mi hermana Hortensia.


Un episodio común que tuvimos fue cuando regresamos de la expedición “científica” que hicimos a Miauhatlán, Oaxaca, para ver el eclipse total de sol del 7 de marzo de 1970. En aquel autobús, para el que el ingeniero Luis Rivera Terrazas había designado la conducción a un sujeto de aspecto lombrosiano apodado La Salerosa, nos volcamos cerca de Tehuacán debido al exceso en el uso de los frenos hecho por este improvisado chofer, más bien dedicado a otros menesteres. Salimos de la cinta asfáltica y nos posamos, derrapamos, del lado izquierdo. En ese vehículo Dina, de los chatos, iban universitarios que luego serían relevantes en la vida institucional, como Pedro Hugo Hernández, Rosa María Avilés, Gerardo Martínez, Rosa María Barrientos y Agustín Valerdi, el químico. En la confusión provocada por el impacto nadie alcanzaba a saber qué hacer; los responsables del grupo –cuyos nombres omitiré esta vez– se dieron a la fuga, presas del pánico. Recuerdo que Alfredo tomó las riendas de la situación, y con esa potente voz que tenía empezó a organizarnos a todos. Cuando los “responsables” regresaron, las cosas estaban en orden y esperábamos la ayuda. Pocos lesionados, ningún muerto. Esa experiencia fue para mí una enseñanza inolvidable, que mucho me sirvió en otras ocasiones.

Alfredo siempre quiso tener hijos y en cuanto pudieron, él y Hortensia nos dieron el primer sobrino. Su amor por ellos sobrepasó siempre cualquier expectativa.

Las discusiones con él siempre tenían un referente claro y fijo. Los desacuerdos aumentaban o disminuían, pero siempre sabíamos lo que pensaba. Nos acompañó en nuestras aventuras, aquellas llenas de espíritu rebelde, y se sumó a nuestras causas en tanto eran las suyas.

Hortensia y él eran uno y la misma cosa, siempre juntos, siempre optimistas, siempre propositivos.

Alfredo alcanzó a ver el triunfo electoral con el que nos imaginábamos que el país tomaría otro derrotero y por el que luchó durante más de 50 años. Quizá eso lo alegró. Estoy seguro.

Nos quedamos con Alfredo Figueroa Ayala en el corazón, en la memoria y en la entraña.