Mostrará Miguel Pérez los resultados de su transformación personal y artística

Efluvio oloroso no solo es el nombre de la exposición individual que este fin de semana abrirá el artista Miguel Pérez Ramos. Es, además, el resultado de varios procesos emprendidos por el pintor, bordador y performancero de origen cholulteca: del ejercicio de regalarse diariamente una rosa, del proceso de transformación propio y del cambio artístico derivado de ese momento de evolución.

Efluvio oloroso abrirá este sábado 18 de julio a las 19 horas en la Galería Miguel Viderique que se ubica en la ex hacienda San Antonio –19 Sur 1320 prolongación de la 15 Poniente–, en el camino a Tepontla, en San Pedro Cholula.

“Es un proceso de transformación que ya no está en mis manos. Tengo que transformarme y también mi obra”, dice el artista Miguel Pérez, conocido también como San Miguelito, el nombre de su personaje de performance que también cambiará.


La exposición individual, cuenta desde su estudio, comenzó a gestarse hace unos tres años cuando comenzó a regalarse una rosa diaria: ahora suman 708, la mayoría de ellas utilizadas en la muestra y otras, el resto, guardadas en una caja.

A la par del autorregalo, Pérez Ramos hizo un autorretrato, género que cultiva y en el que combina la pintura y el bordado. En esta ocasión, señala, bordó su propio rostro a manera de un auto homenaje, el cual no hizo en un sentido de soberbia, soliloquio o auto admiración; más bien, como forma de superar ciertos momentos personales que era necesario dejar atrás.

Las rosas, además, sirvieron para completar ese proceso de auto superación por “su valor sentimental, su significado simbólico en el que lo mismo tiene que ver con la vida que con la muerte, y su esencia que continúa aún después de seca”.

Precisamente, indica el artista, fue esa esencia perenne lo que le llevó a nombrar así a su proyecto expositivo. “Efluvio –explica– es un vapor de agua que emana de un cuerpo, su esencia, algo que yo quería conservar”.

Así, la exposición se integra por 10 piezas que van en dos líneas: el trabajo con las rosas y su labor textil. La primera serie consiste en la utilización de estas flores que fueron puestas al sol por el artista, quien hizo una suerte de mandalas impulsado por las propias formas de las piezas para acomodarlas circularmente.

La otra línea, la textil, responde a su identidad como cholulteca, a la costumbre que impera en su familia, a la labor que realiza desde niño y que en esta ocasión recupera parte de su paisaje personal: la imagen del cerrito de los Remedios, aquel que tiene como base la pirámide prehispánica construida hace miles de años que se corona por un templo dedicado a la virgen de los Remedios.

Esa imagen, explica Miguel Pérez Ramos, se inserta también en el contexto político que hace peligrar su naturaleza arqueológica y patrimonial, el cual podría convertirse en un parque de recreación a causa de las decisiones gubernamentales.

“Es evidenciar que esto es nuestro, que nos pertenece, que es nuestro paisaje, nuestra raíz, nuestra familia”, dice el artista.

La imagen del cerrito de los Remedios es el centro del ejercicio de tejido que emprendió al lado de su tía, para descubrir un nuevo sentido a su trabajo: el comercial. Ello, porque al igual que la compra de las rosas que se obsequió diariamente dependió de la relación que estableció con los vendedores de la Central de Abasto de Puebla, la compra de sus insumos para los tejidos y la mano de obra adquirieron ese sentido comercial y a la vez fraterno.

“Descubrí un ámbito de fraternidad, de negociación, de la existencia de microproductores que hacen un mundo de microproducción, de relaciones de mercadeo que a la vez se convierten en relaciones personales, fraternas, lejanas a las formas de consumo comercial. Son como efluvios que se generan y se han perdido”, explico Miguel Pérez.

Refirió que el bordado y el tejido forman parte de su herencia cultural familiar, que en su caso le han dado una identidad personal y artística. A la par, consideró que su obra pone en consideración una reflexión: la pérdida del gusto por lo “hecho a mano” ya que actualmente la compra y el uso de las cosas tiende hacia lo realizado en maquila y lo desechable.

“Son detalles que me interesa reflejar, para que el público se identifique y no piense que el arte contemporáneo consiste en ‘tomarle el pelo’ con objetos y discursos teóricos. También es revalorar a las técnicas manuales que pierden su valor frente a otras disciplinas –como la pintura– pero que son más laboriosas y delicadas”, concluyó.