Monólogos confesionales

Desde el inicio que empecé mi labor con las mujeres dedicadas al sexoservicio, hace 31 años, supe que había hombres que pagaban sólo por ser escuchados. Era algo común pero nunca pregunté qué platicaban en concreto; y ellas, siguiendo el código de honor de guardar toda confesión de sus clientes, de nunca juzgarlos en aspecto alguno y del absoluto disimulo de no conocerlos o saber de ellos al verlos pasar por la calle, hablaban en general: que sus pláticas eran monólogos o confesiones de los problemas con sus esposas, sus novias o sus madres; es decir, los hombres pagan a mujeres para hablar de mujeres.

Muchas veces vi, cuando realizábamos rondines por el centro de la ciudad de Puebla, cómo hombres, jóvenes o maduros, abordan en la calle a las muchachas, se les –sin pena alguna, tampoco por parte de ellas– (es su trabajo), llegan a un acuerdo y caminan juntos al hotel de paso más cercano. Entran, él le da el dinero de la renta del cuarto a ella y ella paga, y se van a encerrar.

Sólo ellos dos saben qué pasa entre esas cuatro paredes. Pero de las confesiones, ellas comentaban que al llegar al cuarto, ellos les pedían sentarse en la orilla de la cama y sólo escucharlos: ahí empezaban sus monólogos confesionales… y hay quien pagaba por horas de desahogo y muchas veces, el mismo cliente regresaba con la misma muchacha para seguir confesando sus penas.


Nunca quise intentar romper el código de silencio que tienen las muchachas. Quizá lo hubiera logrado por la gran confianza que logramos tenernos ellas y yo, pero nunca quise invadir lo que las hace lo que son: confidentes. En las pocas ocasiones que salió el tema, nunca se habló en particular, siempre las referencias eran indeterminadas: “un cliente”.

A mí me llamaba la atención que era una buena cantidad de hombres que buscaban a las muchachas para ellos ser escuchados. Y que ellas fueran tan buenas escuchas, que era lo único que ellos querían. Eran (¿son?) las mejores: guardan silencio, les ponen atención, no tienen respuestas listas porque tampoco hay preguntas, nunca los juzgan, no los condenan, guardan sus secretos, sus más aberrantes confesiones, los comprenden, solo los miran, quizá con tristeza, con lástima, con dolor, o con una abismal mirada y solo responden un “pus sí”, “pus no”, cuando ellos dicen que sí o que no.

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Lo que nuestra sociedad necesita en este caso, es permitir que los hombres hablen de lo que sienten de una manera libre. Foto:Internet

Guardar los secretos profesionales es el sine–qua–non del sexoservicio. Somos tan absurdos en la sociedad que no logramos comprender los vericuetos que tiene esta actividad. A pocos, muy pocos, a cada vez más pocos nos interesa de manera auténtica la condición humana que se manifiestas en estas actividades y que sin duda, es un espejo de lo que nuestra sociedad necesita: en este caso, permitir que los hombres hablen de lo que sienten de una manera libre, quizá anónima, sin juzgarlos ni condenarlos y, quien escuche, guarde silencio para en verdad comprenderlos sabiendo que también ellos son producto de una cultura que los ha obligado a ser lo que son y que tienen mucho que quieren cambiar de sus vidas.

Hoy como nunca valoro lo que aprendí y aprendo de estas maravillosas mujeres (y hombres) que día a día se exponen, para que esta sociedad tenga un equilibrio, sin que se les reconozca por ello.




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