Migración y conservadurismo

Hace algunos días, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, organismo sumamente serio –y que recordará el amable lector, ha tenido en jaque al gobierno mexicano con el tema de los 43– reveló que México es el segundo país de emigración en el mundo pues, como reportó esta casa editorial en la nota de José Antonio Román, cuenta “con un estimado cercano a 12 millones de personas que han dejado su lugar de origen, lo cual significa que 10 por ciento de su población total vive en el exterior”. Por supuesto, para el Estado suena bien pues las remesas que se envían desde el país del norte, principal receptor de migrantes mexicanos, son cuantiosas y se equiparan –sino es que ya lo han rebasado– al ingreso por la venta de petróleo. Mucho se ha escrito sobre el tema, y yo mismo lo he tratado en numerosas columnas con antelación. Sin embargo, el día de hoy que avanzan las derechas y el pensamiento conservador más localista se instala en el poder, habría que re considerar aquello que hemos dicho. En efecto, para los neoliberales los movimientos migratorios de acuerdo al modelo, debían llevar y traer conocimientos y saberes, especialmente tecnológicos, en una suerte de deseo inocente producto de la ingenuidad misma del modelo. La realidad ha sido que los flujos migratorios, como en el pasado, han respondido principalmente a la necesidad económica y a los desplazamientos producto de los múltiples conflictos armados que existen en el mundo o de la acción del crimen organizado, como sucede en México en las regiones afectadas por el narcotráfico, la trata de personas o el robo de combustibles, o como pasa en Centroamérica en las zonas donde la Mara campa a sus anchas sin que los gobiernos puedan o quieran hacer nada.

Como en película hollywoodense del más puro corte naif, muchos pensaron que para estas alturas del siglo XXI estaríamos viajando de un lado al otro del orbe, ciudadanos libres, capaces y formados en una especie de universidad multinacional con igualdad de programas y tecnologías; estaríamos compartiendo hoy en Londres un taller con una multinacional de exportación, mañana en Hong Kong una videoconferencia con los líderes de otra multinacional asiática y mañana disfrutar de un buen vino queretano acompañado de un jamón jabugo en un restaurante de pinchos en Salamanca, España. Imagino la sonora trompetilla que han lanzado los amables lectores al unísono al leer semejante sandez. Francisco Alba, Manuel Ángel Castillo y Gustavo Verduzco, escribieron en la introducción al libro Migraciones Internacionales, tercer volumen de la colección los Grandes Problemas de México, que “Las migraciones han sido el canal de formación de nuevas etnias y naciones, así como el instrumento de la expansión del comercio y de las conquistas y dominaciones, a la vez que han servido para el enriquecimiento cultural y las nuevas adquisiciones tecnológicas. Son esos conjuntos de características los que revelan el significado quizás ambiguo de esas movilizaciones humanas. En una visión de corto plazo las migraciones se perciben como una fuente en la que a veces prevalece el conflicto frente a la armonía, sobre todo desde la perspectiva de las sociedades receptoras; sin embargo, en el largo plazo histórico, estos movimientos de población se han considerado como un gran instrumento de transformación”. Conflicto y adaptación son los elementos clave de cualquier proceso migratorio cuando se ve a la distancia en el tiempo; en el momento, las sociedades han tendido a magnificar los efectos negativos de la migración y a minimizar los positivos, como con desdén para ignorarlos deliberadamente. Acaso el reconocimiento de ellos implicaría la aceptación del otro, tan diferente en apariencia.

El asunto de fondo en este momento, es que tanto los británicos, los franceses, como ahora los gringos, reaccionan con hartazgo hacia un modelo que les ha traído, según ellos creen, pocos beneficios para ellos y sí muchos para los migrantes que llegan a sus territorios en busca de mejores oportunidades. La xenofobia se adereza con racismo y con la codicia y produce un pensamiento ultra conservador. Los hechos violentos más recientes en Grecia entre habitantes y migrantes son ejemplo de lo caldeado que están los ánimos. Nuestro país no es la excepción y en diferentes partes del país, ahí donde hay estaciones migratorias para los centroamericanos, se les ve con sospecha y se les acusa de robos y de actos violentos, cuando la realidad es que ellos mismos son depredados constantemente. Según afirma la CIDH, “a finales del 2015 se estimaba que había 244 millones de migrantes internacionales a escala mundial, cifra que representa 3.3 por ciento de la población global. Sin embargo, se prevé que la cifra aumente de manera importante durante las próximas décadas. De esta cifra, cerca de 63 millones viven en países del continente americano”. La pregunta está en cómo habrán de reaccionar las sociedades receptoras cuando vemos que la tendencia clara es al rechazo, a la segregación y a la criminalización. No obstante, el dilema es grande, pues las sociedades receptoras, cada vez más viejas o embriagadas por el discurso moderno que los hace no querer realizar tareas complicadas que sí hacen los migrantes, necesitan de estos flujos para que su economía funcione. El choque, auguro, será cada vez más complejo y violento, los discursos más discriminadores y virulentos, y la espiral descendente más profunda.





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