Miedo académico

Trabajando con un texto de Miguel Rivera Dorado, Las tierras bajas de la zona maya en el Posclásico publicado en la antología Historia Antigua de México, el Horizonte Posclásico (2014), recopilada por Linda Manzanilla y Leonardo López Luján, encontré que el autor se preguntaba ¿cómo compaginar los trabajos de arqueólogos e historiadores?, “del tipo de datos recogidos en las excavaciones al tipo de datos recogidos en los papeles coloniales”. Lo anterior responde a que la historia prehispánica previa a la llegada de los europeos al Continente, tiende a ser construida desde las evidencias arqueológicas y las coloniales, mismas que son trabajadas por los historiadores. Ello trae consigo ventajas indudables para quien estudia el Postclásico mesoamericano, por sobre los otros periodos que no cuentan con crónicas ni españolas ni indígenas. Sin embargo, como bien apunta Rivera, tal ventaja pudiera conspirar contra el investigador si no es crítico con las fuentes y si no excede el campo de trabajo de su propia disciplina. Colaboraciones atrás analicé la necesidad de cuestionarnos todo el conocimiento producido por la antropología, la arqueología y la historia en los últimos 100 años, especialmente en lo que se refiere al ámbito mesoamericano, lo mismo en épocas precolombinas, que en los ámbitos coloniales y el presente. Y enfaticé la necesidad de hacerlo partiendo del conocimiento de las tres disciplinas, de sus teorías y metodologías y, hacerlo, desde una postura abierta, incluyente. Hace poco un estudiante me preguntaba si podría aplicarse el concepto de “otredad”, –tal como lo trabaja Bajtin y lo han interpretado antropólogos como Alejos y Lenkersdorf e historiadores como Todorov: el otro como ente fundamental independientemente de mí, como un logos total y complejo– a la relación entre disciplinas. Jugando a extender un poco más de lo debido el término de la otredad en este sentido, podría decir que sí a la inquietud de mi estudiante, especialmente en el respeto que debemos otorgarle a la otra disciplina, mediante el conocimiento de sus supuestos ontológicos y gnoseológicos. Se adivinará sin mucha agudeza, que para ello es menester conocer la propia disciplina y procurar entender a la otra en sus propios términos, lo cual requiere una humildad enorme. Ello, sin duda, nos lleva a adentrarnos en la multi disciplina o la inter disciplina.

Dice Rivera Dorado: “… para estudiar el horizonte Postclásico de las tierras bajas mayas, etnohistoria y arqueología se necesitan mutuamente; la primera proporciona una clase de testimonio que los excavadores todavía no saben encontrar, y la segunda provee elementos de contrastación para las opiniones interesadas de los informantes indígenas y para las miradas del ojo europeo poco avezado a las realidades exóticas. Pero de igual modo que al arqueólogo debe exigírsele un alto grado de refinamiento en el tratamiento de sus materiales, así el historiador debe ejercitar una cuidadosa crítica de los contextos en que las informaciones se producen”. Como se ve, el adentrarse a otras disciplinas no implica carencia de rigor, sino rebasar los límites disciplinarios auto impuestos y penetrar hondo en el trabajo de colegas de otras áreas. Ejemplos de propuestas de este tipo puedo citar una enormidad, pero escapa a la extensión de esta columna. Solo hablaré de algunos ejemplos que me vienen a la memoria en este momento: aquella historiadora que vio que los elementos marinos incluidos en contextos funerarios en Palenque podrían denotar la presencia de aguas primordiales dentro del pensamiento palencano… para ello recurrió a la arqueología, qué duda cabe; pero también a la biología, a la paleontología y otras ciencias derivadas. O aquel colega filósofo que trabajaba aspectos filosóficos presentes en los Huehuetlatolli mexica. Para ello, ni la historia ni la arqueología le brindaron elementos, recurrió sin dudarlo, a la Filosofía. Y quizá el mejor ejemplo que puedo brindar es el de Alfredo López Austin, historiador e investigador genial que como muchos de sus predecesores incursionó necesariamente en la lectura de trabajos arqueológicos, lingüísticos, antropológicos, semióticos, históricos, médicos, y muchos más, para intentar explicar las complejidades mesoamericanas, especialmente su complejidad. Cualquiera que haya estudiado con él conoce su metodología de trabajo. También Mario Humberto Ruz, uno de los mejores historiadores que conozco y es médico de origen.

Recientemente escuché que se criticaba la multi disciplina o inter disciplina con quién sabe qué argumentos. Lo único que percibo es una terrible incertidumbre y miedo académico sobre lo que se está haciendo ahora. No se siente muy bonito cuando alguien más te rebasa a toda velocidad al estar libre de los lastres disciplinarios. Como reza la invitación al 13vo. Congreso Mundial de Semiótica que tuvo lugar en junio pasado en Lituania y al que asistí para presentar las posibilidades que brinda la Semiótica de la Cultura de Lotman a los estudios históricos, “En cualquier modo, tiempo o espacio que sea, las palabras clave de hoy día implican todas, la importancia de establecer, alimentar/entender/reforzar relaciones: Interculturalidad, Multimedia, Transgénero, Crossover, Interespecies, Multiétnico, Transdisciplinario…”. Sé que el miedo a perder espacios provoca mezquindad, envidia, encono y anquilosamiento. Pero quienes piensan así, pierden la maravillosa oportunidad de ser personas de su presente y no de un pasado del que ya hay que empezar a dudar