Mi hijo es producto de una violación

Irónicamente, se llamaba Esperanza…

 

Lo supe porque me lo dijo. Coincidimos en la banca de un jardín mientras ella esperaba a uno de sus hijos y yo, la hora de una cita.


Su pierna se agitaba vertiginosamente y las gafas eran parte de un fallido intento por esconder sus ojos hinchados: “Anoche me la pasé llorando, no es fácil separarse. Llevo un mes tratando de superarlo y no lo logro del todo”, me dijo mientras encendía un cigarro.

Ella tiene dos hijos, uno de 15 años y otro de nueve. “Sufrí de todo, de hecho mi hijo más pequeño es producto de una violación por parte de mi ex marido. Creía que porque estábamos casados podía hacerme de todo, y lo hacía el desgraciado. Me dolía el cuerpo y el alma.”, me explica mientras se muerde las uñas.

 

–        ¿Por qué aguantaste tanto tiempo?

 

No sé. Estaba muy chamaca cuando me casé, y ya sabes, te educan pensando que el marido es para siempre y si te sale malo, ni hablar, es tu cruz.

 

–        ¿Y tus hijos?

 

Ellos son más inteligentes que yo. Son los que me obligaron a divorciarme, ya no aguantaban tanto grito y ver que le pegaban a la mamá, es horrible. El mayor un día se enfrentó a su papá y es cuando pensé que era suficiente.

 

–        Aun así ¿Lo extrañas?

 

Has de pensar que estoy loca, pero sí, a veces lo extraño. Yo creo que es porque es muy reciente, pero con el tiempo seguramente se me va a pasar… se me tiene que pasar.

 

Esperanza encendió otro cigarro. Durante la breve conversación fumó cuatro. Agitaba una pierna, se pasaba el cabello de un hombro a otro, cruzaba los brazos, se levantaba y sentaba a cada rato. Bien se notaba que no tenía paz.

 

“Muchas veces me amenazó de muerte. Me dijo que si no me dejaba tocar, me asesinaría y que nadie encontraría mi cadáver, le platiqué a mi mamá y ella le dio la razón. Es tu marido, no es violación, es su derecho… así me dijo. Yo me sentía como una cosa”, me confesó mientras se quitaba las gafas para secarse los ojos.

 

El sobrepeso, el miedo, la incertidumbre, la pobreza, las pesadillas… La lucha de Esperanza es intensa y diaria; debe alejarse de esos malditos compañeros que la han estado con ella durante mucho tiempo para atormentarla y decirle a gritos que necesita del dolor para vivir. “Lo cierto es que nos volvemos adictos al maltrato, ni siquiera yo me entiendo, cómo puedo extrañar a mi ex marido”, reflexiona.

 

Es tarde, y ella recibe la llamada de su hijo, llegará en diez minutos. Nos despedimos. Me agradece la plática y yo la confianza. “Voy a escribir tu historia”, le digo, y me pide que lo haga para que las mujeres que se vean reflejadas en ella, se den cuenta del daño que se están haciendo. Antes de irme, me muestra una medalla que lleva colgada en su pecho, es de San Benito. Sonríe y dice “voy a salir adelante, por mis hijos”. Mientras camino hacia mi cita, yo también sonrío al pensar que Esperanza tiene esperanza.

 

Mónica Rojas//Twitter: @MRojasEscritora//Página Web: www.monicarojasescritora.com