Mi casilla

El pasado domingo fungí como presidente de casilla en mi distrito y quisiera compartir algunas de las reflexiones que la elección de ese día –sin duda un acto histórico– me han ido surgiendo. Para empezar, he de decir que en la sección donde estuvo ubicada mi casilla, junto con otras 12 más contiguas, las cosas transcurrieron en completa calma, salvo exabruptos de uno que otro ciudadano molesto por la lentitud del proceso y porque en ocasiones no aparecían en el padrón de esa casilla y debían dirigirse a otra. También he de decir que, al menos en mi micro espacio, la tardanza en el proceso fue debida a que los electores se tardaban una eternidad en emitir su voto dentro de la mampara. Pienso que esto se debió a la cantidad de boletas a tachar (6) y a las confusas y complejas alianzas federales, pero especialmente a las estatales; también creo que tuvo que ver con que los ciudadanos se estaban tomando su tiempo para decidir, se la creyeron, pues. El flujo de personas no se detuvo sino hasta pasadas las seis de la tarde en que cerramos la casilla para iniciar con el proceso de cómputo de los votos. A lo largo de mi historia en este país de elecciones cada vez más complejas y poco confiables, nunca había visto una participación tan nutrida y tan comprometida con el proceso. Ese poco más de 63 por ciento de participación es histórico y, después de hacer los conteos correspondientes, nos dimos cuenta, no sin gusto, que el porcentaje de votos nulos fue sumamente pequeño. En mi casilla, lo puntualizo, en la elección a la presidencia hubo apenas 10 votos nulos, ¡todo un triunfo! En general, los ciudadanos quisieron que su voto contara y así lo hicieron notar. La gran mayoría de los votos fueron dirigidos a los partidos políticos solamente y no a las coaliciones, lo que nos hace ver que la ciudadanía tenía las cosas bien claras. En mi casilla, AMLO y su partido Morena, ganaron con el doble de votos sobre su contrincante más cercano, Anaya y Acción Nacional… allá hasta el fondo se veía a Mead y el Revolucionario Institucional con números sumamente discretos. También estaba el Bronco con un voto menos que Mead, lo que debe hacer pensar a los del Revolucionario Institucional qué tanto son revolucionarios y qué tanto han institucionalizado el rechazo nacional. Podría decir que, al igual que en el microcosmos de mi casilla, el gran perdedor de estas elecciones fue el PRI, su debacle no tiene parangón en los anales de este instituto político.

Los trabajos en mi casilla se dieron dentro de un clima de respeto entre las autoridades de la casilla y los representantes de partido; también entre ellos privó ese mismo respeto, suena utópico y hasta ingenuo decirlo, pero así sucedió. No dudo que hayan existido numerosas casillas a lo largo y ancho del país que vivieron la misma tranquilidad y la misma concordia entre los integrantes del proceso. Ese día me enteré poco de lo que sucedía fuera de mi casilla pues estaba concentrado totalmente en mi labor, pero en estos días he leído sobre los conflictos que se dieron en todo el estado de Puebla y veo una marcha multitudinaria rechazando las prácticas violentas y fraudulentas que se escenificaron ese día. La ciudadanía no precisamente se manifiesta a favor de Barbosa, sino que se manifiesta en contra de la violencia y la transa que le atribuyen a lo que se ha llamado el “morenovallismo” y su candidata Martha Erika Alonso. Puebla es la mosca en la sopa de nuestro delicioso banquete electoral donde por fin no vemos caravanas nacionales denunciando el fraude, como sí lo vimos en 2006 y 2012. Esperamos que lo que está pasando aquí no empañe más la estupenda elección que vivimos en nuestro país. Lo simpático del asunto es que, en mi casilla, uno de los representantes del PAN, mientras contábamos los votos de la alcaldía, decía que debería existir un bipartidismo: PAN–PRI y botar a todos los otros “partiditos” que no tienen cabida. El final de los conteos, en la presidencia y los congresos locales y federales le hicieron ver que estaba muy equivocado. Sin embargo, el atascadero que vemos en el caso de la gubernatura me hace pensar que el morenovallismo es una especie de mazacote prianístico manchado de mapachería y alquimia. El bipartidismo que pedía el ciudadano está ahí. Guácala.

En mi casilla no hubo fraude, lo puedo garantizar. No al menos en el momento de la votación o el conteo. Ahí ganó el PAN para gobierno del Estado con 190 noventa votos, sobre los 109 nueve que obtuvo Morena; sin embargo, como se ve en todo el Estado, Morena arrasó con todos los demás escaños por lo que surge la duda, muy razonable, de un posible fraude electoral. Las autoridades, espero, dirán qué fue lo que sucedió, pero llama poderosamente la atención que en un municipio que ha sido bastión panista algo así sucediera. En la alcaldía, Morena ganó con 39 por ciento de la votación sobre 28 que obtuvo la coalición PAN–PRD–MC y un candidato independiente –Omar Muñoz Alfaro– dio la nota pues quedó como tercera fuerza electoral sobre el PRI. AMLO y Morena tienen un reto inmenso por delante y se les exigirá mucho más que a los gobiernos anteriores por el simple hecho de la esperanza que generaron, ojalá puedan cumplir. A nosotros simplemente nos queda seguir trabajando como siempre, de manera honrada y evitando a toda costa caer en corruptelas. Ya salió del poder el panismo y el priismo, de nosotros depende que ellos sigan fuera. En mi casilla pudimos tener a raya toda mala práctica; podemos hacer los mismo con el país, me cae que se puede. Hagamos de nuestra vida cotidiana nuestra propia casilla.