Mentir es el nombre del juego

¿Quién no sabe o no conoce la

diferencia irritante que norma la construcción de los campamentos de las compañías petroleras? Confort para el personal extranjero; mediocridad,

miseria e insalubridad para los nacionales. Salarios inferiores y trabajos rudos y agotantes para los nuestros.


Lázaro Cárdenas del Río

En pomposo cónclave celebrado en el salón Adolfo López Mateos de Los Pinos, el presidente Enrique Peña Nieto presentó esta semana su propuesta de reforma energética, con el no menos pomposo nombre de: “Toda la energía para mover y transformar a México”. Con ella, se inició formalmente un incierto periodo de confrontación nacional respecto a la mayor fuente de riqueza del país y el futuro Pemex, cuyo resultado, para decirlo en términos deportivos, es de pronóstico reservado.

Lo que no deja lugar a dudas es que cualquier cosa que ocurra o deje de ocurrir con el petróleo mexicano, afectará significativamente, para bien o para mal, a las actuales y futuras generaciones de compatriotas. Es por ello que nadie debiera quedarse al margen de la lucha por inclinar la balanza en favor de los intereses de la mayoría de los mexicanos.

Por más que han tratado de vestir a la mona de seda, mona se ha quedado. El núcleo de la propuesta de reforma es, como ha sido en todas las anteriores, abrir las puertas de la industria petrolera a la inversión privada (léase monopolios trasnacionales). Eso en cristiano y en árabe se llama privatización. Si privatizar Pemex es bueno o malo (para qué y para quienes) y si esa es la única solución para rescatar a la empresa y a la industria, es el verdadero debate.

Pero mucho me temo que ese debate quedará oculto tras la polvareda mediática, como ocurre en las campañas electorales. Los enormes (y nunca aclarados) recursos que el gobierno suele invertir para ablandar a la opinión pública, como lo hicieron Fox y Calderón, atropellan cualquier intento por debatir en serio y a fondo el tema petrolero y la política energética.

Los spots, las gacetillas, las entrevistas a modo, la comentocracia desbocada, las encuestas cuchareadas y toda la parafernalia mediática, se convierten en una caja de resonancia de la voz presidencial, que taladra inclemente en todo momento y lugar a la indefensa ciudadanía que termina por marearse o desentenderse del asunto.

Y como en las campañas electorales, se vale de todo, sobre todo mentir. Con tal de imponer una cierta visión y hacerla prevalecer por sobre todas la demás, se falsean y manipulan datos, se descalifican o silencian las opiniones adversas, se promete cualquier cosa a diestra y siniestra (nunca mejor dicho). Muy católicos y devotos se arrodillan ante el Papa, pero el octavo Mandamiento, “no mentirás”, les vale un cacahuate pelado.

Para empezar dibujan unos escenarios catastróficos. Que se ha desplomado la producción de petróleo y gas, pero se guardan de explicar las causas verdaderas de tal caída. Que las tarifas eléctricas son más altas que en países competidores, pero se olvidan que con ese pretexto cerraron Luz y Fuerza del Centro, dejaron a más de 40 mil trabajadores sin empleo y el servicio sigue siendo malo y caro.

Luego vienen las promesas. Si se acepta la inversión privada estaremos a las puertas del paraíso; la producción de petróleo aumentará en cinco años, como por arte de magia, en un millón de barriles diarios y ¡oh my dog! ¡se reducirán las precios de la luz y el gas! al rato, júrelo usted, le agregarán la gasolina. ¿Lo firman y lo cumplen? Por supuesto que no, puras palabras.

En cambio las trasnacionales no darán brinco sin huarache, exigirán papelitos y compromisos firmados y se les complacerá en todo lo que pidan. Después ellas harán lo que les pegue la gana, nadie les exigirá cuentas claras, las utilidades se irán a sus países de origen (donde son monopolios) y los fracasos se le colgarán a Pemex ¿a que sí?

Y no hay que batallar mucho para encontrar ejemplos que respaldan tales certezas. Se privatizó la televisión del Estado y no llegó la benéfica competencia ofrecida ni se mejoró la calidad de los contenidos, al contrario, se creó un monstruo de dos cabezas que se ha convertido en enemigo público. Se privatizó Telmex y las tarifas de sus servicios son más altas que en Estados Unidos y Europa. Se privatizaron los bancos y lejos de cumplir con la promesa de traer capitales frescos para revitalizar el crédito y financiar el desarrollo, se han convertido en parásitos del trabajo de los mexicanos.

Una verdadera reforma energética debiera estar ligada a políticas de desarrollo industrial y agrícola. Al financiamiento oportuno y barato de micro, pequeñas y medianas empresas mexicanas, particularmente de jóvenes y mujeres. Al desarrollo de fuentes energéticas alternativas no contaminantes y, sobre todo, asegurar la autogestión de Pemex y la CFE.

Los privatizadores afirman que esas empresas están prácticamente quebradas. Falso, el que está quebrado es el gobierno que para subsistir las despoja de sus utilidades. Durante décadas se han dejado de hacer las reinversiones necesarias, así lo han denunciado sus propios trabajadores, para justificar su privatización.

Evidentemente los privatizadores cuentan con los votos necesarios en el Congreso. Pareciera que ya es un asunto de mero trámite. Las fuerzas opositoras se ven insuficientes y dispersas. Pero en el pasado se forjaron alianzas impensables y lograron frenar las intentonas trasnacionales. ¿Se podrá otra vez?

Cheiser: Los círculos del poder en México, acostumbrados al hacer impune, y ciertos sectores de la población, no acaban de entender la importancia del “debido proceso” en la impartición de justicia. La incapacidad o desgano para cumplir la ley, determinó la salida de Rafael Caro Quintero luego de 28 años prisión. En lugar de lloriquear deberían capacitarse para no meter la pata tan seguido.