Más recuerdos del 68

Después de la toma de Ciudad Universitaria, los acontecimientos perfilaban a la tragedia. Los más grandes hombres del país se indignaron y expresaban su coraje y dolor.

En casa la libertad que gozaba se limitó. Ahora sí mi papá empezó a tomar medidas de cuidado y supervisión. A mis hermanos no los podía contener, pero a mí sí, a través de platicar y platicar me hacía ver las cosas con la óptica de los adultos. No le fue fácil lograr que entendiera lo peligroso de los acontecimientos, pues yo tenía 19 años y gozaba de una confianza y cariño ilimitado; todo se me hacía fácil, pero el gran respeto que me merecía Cosme y el cariño de Celia me contenía.

Por supuesto, a mi amiga Alicia le pasó lo mismo; para colmo no teníamos teléfono en casa para, por lo menos, seguir platicando con ella, así que me salía muy seguido a hablar por el teléfono público que estaba en el centro comercial de la unidad o a visitar a mi amiga Chiquis, que también jugó un papel importante en mi vida, pues con ella reía y lloraba como se me diera la gana.


Ya no participaba en brigadas; es más, ya casi ni me enteraba de lo que estaba pasando en la facultad; llegó la noticia a la casa de que habían citado al mitin en la Plaza de las Tres Culturas en Tlalteloco; mi papá me acompañó, no podía permitir que me fuera sola; es por eso que Cosme presenció la matanza y me dio las indicaciones adecuadas para que salvara mi vida.

Lo que vivió la familia ya fue narrado por mi mamá en el libro que Elenita Poniatoska escribió, con título La noche de Tlatelolco; nada agregaría al relato, pues eso sí me duele en el alma y, definitivamente no lo puedo escribir, discúlpenme.

Lo que ya puedo contar es mi participación en la Asamblea General de la Facultad de Ciencias. Marcelino Pereyó dijo en Radio UNAM que habían sido balas de salva las disparadas en la noche del 2 de octubre. Después quiso sostener sus palabras en la Asamblea General, en el Auditorio de la Facultad de Ciencias. Yo estaba sentada en la segunda sección del Auditorio de la Facultad. Al oír estas palabras una rabia se apoderó de mí, salté como tigre al frente del auditorio, le arrebate el micrófono a Marcelino y solo decía: “Estás diciendo mentiras, eres un traidor, yo vi cuando asesinaban a dos niños chiquitos; esto no puede ser”. Los compañeros del Comité de Lucha de Ciencias me contuvieron, ya que le quería dar de patadas; tres compañeros me sacaron del auditorio; estaba enfurecida, no sé de dónde saqué tanta fuerza. Llegaron mis amigas y me acompañaron a los jardines que estaban al lado de la facultad y ahí lloré como loca, gritaba y lloraba, pero en las “islas” (así le decíamos a esos jardines) ya casi nadie me oía. Hasta que descargué toda mi furia y coraje las compañeras me llevaron al camión y, por supuesto, me compraron mis tortas (llegué con el estómago suelto a la casa, pues el aguacate que le ponían a las tortas me había hecho mal).