Más allá del lodo

En el momento churrigueresco del proceso electoral en que nos encontramos, se supone que los partidos y los candidatos afinan sus propuestas para ofrecerlas posteriormente en las campañas por venir, ahora sí en serio. Mientras tanto sigue la guerra de lodo de todos contra todos.

Se ha vuelto lugar común repetir una frase que en su momento dijo Miguel de la Madrid: México es más grande que sus problemas. Esperemos, por tanto, que piensen en grande y que nos hagan sus mejores propuestas. Me temo que, por lo que hemos oído en sus discursos de postulación, los candidatos de las coaliciones y los independientes no están pensando muy en grande que digamos.

Meade quiere hacer de México una potencia si continuamos por el camino que vamos. AMLO piensa que la constitución moral fundará la república que nos traerá amor y paz. Anaya, si lo dejan, el gobierno de coalición que cambiará el régimen político y otorgará la renta universal. Los independientes todavía no se deciden si van los tres o dos declinan en favor del tercero. Pero no han dicho nada importante más que los lugares comunes contra la corrupción, la inseguridad o la desigualdad.


El gobierno de Peña Nieto, mientras tanto, se esfuerza por hacerse publicidad para que se vea que no fue tan malo y por ofrecer seguridad a los candidatos en medio de una ola de violencia incontenible, a no ser porque no se le hace tanta publicidad.

El espectáculo no deja de ser bochornoso. Pero aún en medio de todo este borlote, que dejaría en el peor de los ánimos a cualquiera, podemos observar algunos elementos que permiten por lo menos esperar, quizá con un optimismo desmesurado que, en algún momento posterior a las elecciones, se pueda pensar –y actuar—en grande, a la altura de los problemas de México.

A pesar de los pesares, se han venido formando algunos consensos en torno a los principales problemas del país, aunque todavía no sobre sus formas y vías de solución.

La democracia. Existe el consenso de que, más allá de sus imperfecciones, se ha avanzado mucho en el terreno electoral, pero no así en el resto del régimen político y menos aún en su gobernabilidad.

Estado de Derecho. Todos destacan, de una u otra manera, los grandes vacíos existentes que dan pie a la impunidad y la corrupción, además de muchas otras carencias y vicios a superar.

Desigualdad social. Todos dicen que les duele y, ante su realidad inobjetable, la ubican como el principal problema a resolver, ya por su significado moral, ya por sus implicaciones económicas y sociales.

Crecimiento económico. Casi 40 años de crecimiento mediocre no dejan satisfecho a nadie. El modelo se ha agotado. Y sin embargo, para superar la desigualdad social, construir el Estado de derecho y la estabilidad democrática, se necesitan mayores tasas de crecimiento.

Nueva fiscalidad. Todo cuesta y el México que puede surgir de un nuevo consenso exigirá de un mayor presupuesto, inalcanzable con sólo medidas de austeridad y sin la confianza de un manejo transparente de los recursos.

Paz. Después de más de 11 años de guerra “contra el crimen organizado aparece claro que dicha estrategia no dio los resultados esperados y que la situación se ha agravado. Ya es hora de construir una estrategia de pacificación.

Por supuesto que existen muchos otros temas en donde resulta más difícil encontrar puntos de contacto o de consenso. Infortunadamente el de las relaciones con los Estados Unidos y el resto del mundo, es uno de ellos.

Ahora bien, a unos cuantos meses de las elecciones, las apuestas se hacen para ganar. Seguramente todos nos dirán que tienen las soluciones a los problemas enlistados más arriba.

Pero, ¿qué pasará si los resultados nuevamente nos llevan a un ganador de apenas un 35 % o menos? Ya sé que los de Morena piensan que van a ganar con mucho más y que, a diferencia del PRIAN ellos si tienen soluciones. De ser así, habrá que otorgarles el beneficio de la duda porque habrán ganado también el margen para la aplicación de su programa. Sin embargo, sí ganan con una ligera ventaja pero sin alcanzar la mayoría, tendremos que asistir a la crónica anunciada de una nueva frustración de los mexicanos.

Después de la represión de 1968, de las crisis económicas de 1982 y 1994, de los fraudes de 1986 y 1988, de la decepción de la alternancia y el desencanto con la democracia, del mediocre crecimiento económico, de la corrupción, la impunidad, la inseguridad y la violencia creciente que azota al país, una frustración más sería catastrófica.

Y éste es otro consenso. Transición frustrada, Estado fallido, guerra de baja intensidad, etcétera, han sido conceptos que intentan caracterizar la situación del país. Lo que queda claro, desde hace tiempo, es que México se encuentra en peligro de romperse. El régimen político que imperó durante el siglo XX ya no funciona. Ese régimen, construido desde el Estado, nos heredó un marco legal que ya hace agua por todos lados, un sistema de partidos a punto de quebrarse, una organización corporativa de sindicatos y cámaras empresariales que sólo representan a muy pocos y en general un conjunto de costumbres, reglas e ideas anacrónicas que son incompatibles con el México del siglo XXI. La superación de ese régimen y la construcción de una institucionalidad acorde con una democracia moderna, sólo será posible si la sociedad mexicana se transforma con base en el esfuerzo de todos y, principalmente, de la propia ciudadanía.

Después de las elecciones será urgente llegar a acuerdos para darle gobernabilidad a la democracia. Pero para enfrentar los problemas de la desigualdad social, la construcción de un Estado de Derecho pleno y la pacificación del país, será necesario alcanzar un nuevo compromiso histórico cuyo horizonte no puede ser menor de 30 años. En otras palabras, los problemas de México requieren de por lo menos una generación para ser resueltos y eso lo saben todos.

No podemos darnos el lujo de arriesgar al país a una nueva frustración. El México del siglo XXI, capaz de sortear las aguas agitadas del nuevo mundo incierto y complejo que se está abriendo paso, necesita que pensemos en grande sobre lo que debe ser su porvenir. No será con gobiernos de minorías acosadas, por muy iluminadas que se sientan, como podremos estar a la altura de los retos.

Sin embargo, probablemente sea inevitable que el próximo gobierno vuelva a ser minoritario. Pero lo que urge es que, una vez en el poder, se convoque a la reconciliación y al esfuerzo para renovar el pacto social que nos une. México se encuentra en el umbral de una decisión histórica más allá de las elecciones del nuevo gobierno.

El marco adecuado para tomar las decisiones históricas que el país tiene pendientes, no puede ser solamente las de una minoría o una coalición gobernante. Tiene que ser la convocatoria a la Constitución de una Nueva República. Sólo en ese contexto, de renovación de nuestro pacto social, podrá crearse la perspectiva adecuada para debatir y resolver los grandes problemas nacionales que requieren para resolverse del corto, mediano y largo plazos, y de la participación de todos, a saber: la gobernabilidad democrática, el Estado de Derecho, la desigualdad social, la pacificación del país y el pleno respeto a los derechos humanos.

Si México es más grande que sus problemas, habrá que pensar en grande, pero sobre todo, organizarnos en grande, es decir, habrá que renovar al Estado para darle certidumbre a la sociedad y a la Nación. Claro que, lo dicho hasta aquí, hoy no tiene ninguna posibilidad de discutirse. Sin embargo, ya en varias ocasiones, el conjunto de las fuerzas políticas han valorado la necesidad de refundar la República como el marco más adecuado para darle nuevos horizontes al país. Por ello, y por el momento, me limito sólo a señalar que dicho recurso para construir los nuevos consensos ya se encuentra en los anales del debate nacional.