Marchas

Colaboración de Israel León O´Farril en un texto que expone el fenómeno de las marchas (frustradas y pacíficas) en nuestro país.

En recientes fechas se escenificaron manifestaciones multitudinarias en la Ciudad de México y en Puebla, la primera para demandar solución a las problemáticas derivadas de los efectos del temblor del pasado 19 de septiembre en esa ciudad y en la capital poblana, para demandar el cese a la violencia hacia las mujeres. A grandes rasgos, he ahí las motivaciones. He de decir que llevo muchos años presenciando marchas –soy originario de la Ciudad de México– y he participado en varias de ellas; de igual manera, estoy convencido de que es necesario que los ciudadanos manifiesten su parecer sobre los tópicos más relevantes por múltiples vías, entre las que se encuentra la manifestación, pese a que con ello afectan el tráfico y paralizan arterias y generan caos. No podría ser de otra manera; de hecho, para eso se realiza marchas o plantones: para que, con el cierre de calles o el entorpecimiento del tráfico, se escuchen las demandas de la población que por las vías institucionales no son escuchadas. Sé que tales demostraciones producen incomodidad en gobiernos y personas “bien” –mamilas, no hay de otra– que viven en “orden” y haciendo las cosas “como es debido”, y si no, bueno, como es debido para la camarilla en el poder. Se trata de llamar la atención y qué mejor manera de hacerlo que generando caos. Las manifestaciones a lo largo de los pasados treinta años se han multiplicado de manera exponencial, tanto como los temas que se suman al interés de la ciudadanía. Ciertamente los tiempos han cambiado y ya no es usual que sean reprimidas de forma violenta, salvo cuando se encuentran tan lejos de la capital del país, como en Oaxaca o en Guerrero –los 43–, Chiapas o en las inmediaciones de Puebla –recordemos Chalchihuapan–. Bueno, hasta se manifiestan las mejores familias y sus piadosos y piadosas integrantes, tomando la calle para demostrar su encono contra cualquier iniciativa pro “gay” o pro “aborto”, así como exigir que quiten tal o cual escultura que ofenda sus píos ojos. En esta viña del señor, hay de todo, por tanto, también contingentes de cualquier denominación, ¿por qué no, verdad de dios?

Hay que comentar, eso sí, lo que pudiera estar ocurriendo con todos estos movimientos. Como lo dije, estoy ruco y he visto ya numerosos contingentes marchar de un lado a otro y he visto cómo se han incrementado los movimientos. Sin embargo, me parece que lo que se ha logrado, es la atomización de la lucha ciudadana. Para muestra, ver la convocatoria de la más reciente Marcha de las Putas, donde se generaron contingentes diversos, clasificando los grupos en categorías lo que es indicio de la diversidad dentro del movimiento, pero también la atomización del mismo. Llamaron mi atención ciertas clasificaciones como “hombres (no machos)” y la exclusión a los “onvres” (sic). Sé que varias de las lectoras estarán pensando que por ser hombre me siento ofendido por la clasificación y el lugar que nos corresponde. La verdad es que no. Me parece extraño que existan las “Mujeres” separadas de las “mujeres en bicicleta” y el contingente “mixto”. Pareciera que de lo que se trata es de manifestarse a través de la meta manifestación de quien se es antes de manifestarse. Todas sufren acoso, todas sufren violencia, todas padecen esta sociedad patriarcal, lo lógico es que marcharan hombro con hombro. Y lo más importante, deben ser incluidos los hombres en igualdad de circunstancias pues de lo contrario, no se impacta en el grupo que victimiza a las mujeres. Cualquier movimiento de género debe incluir a los hombres para que tenga un impacto cultural y social, no hay de otra.

Es necesario que analicemos los alcances de las manifestaciones en general. Desde ya puedo afirmar que muchas de ellas, desde el esperanzador y amargo 1968, han logrado que se exhiban problemáticas y se señalen a los culpables de las mismas, tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, al igual que ha sucedido con las redes sociales, tienden a crear la ilusión de que ya hemos aportado a la causa y regresamos a nuestra casa a perpetuar las conductas negativas contra las que nos manifestamos en principio. ¿Qué tanto entonces ayudan estas marchas a construir un mejor país? ¿No será acaso que son una válvula de escape conveniente a los propios intereses del sistema que busca la desmovilización a partir de la ilusión de movilización? Como bien escribió José Antonio Crespo para El Universal a cuento de las marchas en la Ciudad de México contra Trump: “… lo que quedó claro en este suceso, es nuestra incapacidad para hacer de lado nuestras diferencias en política interna (ni siquiera por dos horas) para expresar un fuerte rechazo a la amenaza externa que representa Trump”. En efecto, es demasiado frecuente que, si la izquierda que se manifiesta no es la que yo represento, pues no voy o la boicoteo; si el colectivo ciclista, feminista, de apoyo a los derechos humanos o lo que sea, no es el de mi preferencia, pues le echo tierra. A la vuelta de los años, nos percatamos de que poco se ha construido, nuestro país ha diversificado la basura en la que vivía y hoy añade a la porquería los mezquinos intereses que se mezclan en las manifestaciones. Todo lo contamina la corrupción, la envidia, el encono, de manera que quien se beneficia no es la ciudadanía. Es necesario que hagamos un auténtico esfuerzo por no banalizar marchas y plantones, porque no se conviertan en usufructo de los que disfrutan modas pasajeras y del poder, que bien se sirve de ellas.