Manolo, Manolo… ¿Y ya?

Yo no sé, dada la severa destaurinización que vive México, si Manolo Martínez conservará el aura legendaria que aún rodea los nombres de nuestros más grandes e históricos toreros, a cuya galaxia sin duda pertenece. Pero su época y su influencia sobre ella remiten sin una mínima duda al último mandón indiscutible que ha tenido la tauromaquia de este país. Aquéllos con quienes compartió cartel –desaparecidos casi todos, excepto su paisano Eloy Cavazos–, incluso cortando más apéndices que el torero de la regiomontana colonia Obispado, lo han reconocido sin ambages. Y cuando alguno intentó medir armas con él en los despachos o a través de la prensa –recuerdo la muy transitoria negativa de Curro Rivera a “alternar más con Martínez”, a causa de cierto torito regalado por éste en una plaza provinciana–, siempre terminó por plegar su voluntad al evidente poder de Manolo sobre empresarios y periodistas, ganaderos y públicos.

Curiosamente, lo anterior ha derramado más tinta y exprimido más bites que el debate sobre las cualidades taurinas de Manolo, sin las cuales su mando absoluto habría sido imposible. Ni siquiera sus notorios desaciertos al estoquear pudieron estorbar la libre fluencia de su arte, ni el magnetismo que éste ejercía tanto sobre los toros como sobre las masas. Al don del temple, que le asistía en grado eminente, unía el del ritmo, que dotó de una cadencia especial sus grandes faenas, y era el resorte clave para levantar a la gente de sus asientos como después nadie, de ninguna nacionalidad, ha vuelto a conseguirlo en este país. Las discusiones sobre el tamaño de sus engaños y el abuso del pico, argumento utilizado por sus detractores para demeritar su toreo, fueron siempre de aparición posterior a faenas suyas que habían hechizado al público, o arma para fustigar en son de mofa sus tardes aciagas, que no escasearon, sobre todo en los últimos tiempos. Pero sus fracasos en el ruedo, muchas veces provocados deliberadamente por él mismo, no estorbaron su indiscutible condición de mandón.

 


La raya

 

Hubo en su carrera dos etapas bien indiferenciadas: antes y después de consagrarse como el número uno. En la primera, fue un infatigable luchador en pos de la cima y no se dio tregua hasta conseguirlo. Estamos hablando, básicamente, de la segunda mitad de los años 60 (alternativa en Monterrey el 7 de noviembre de 1965), caracterizada por actuaciones de una constante entrega y triunfos clamorosos, si acaso emborronados por su deficiente espada. La rara conjunción valor–arte–poderío estaba presente en ese primer Manolo como en muy pocos toreros de la historia. Y pronto, las plazas del país se le hicieron pequeñas, y se impuso de manera natural la necesidad de extender su condición de figura al resto del planeta Tauro. Su expansión daría lugar, en Sudamérica, a una era en que toros y toreros mexicanos arrebataron a los trusts españoles el control de ese mercado, que entonces pagaba en dólares.

Pero en España, el panorama fue diferente. Cierto es que el mexicano de oro –como lo anunciaba su exclusivista del primer año Manolo Chopera– no viajó a la ventura, sino ventajosamente contratado, en un año –1969– en que El Cordobés, que era quien allá dominaba el tinglado, declaró su famosa guerrilla a las empresas iberas, que para contrarrestar a Benítez y a Palomo Linares, su comparsa de ocasión, necesitaban incorporar novedades al elenco conocido –los Ordóñez, Camino, El Viti, Puerta, Paquirri…–. Entre el debut en Toledo (5 de junio) y la cornada de Cáceres (29 de septiembre) toreó Manolo en España y Francia 48 corridas (58 orejas y 5 rabos fue su cosecha), algo que sólo las más grandes figuras extranjeras han podido permitirse. El problema estuvo en que el toro hispano no brindaba al impetuoso regiomontano las mismas condiciones de seguridad que el mexicano. Ciertamente, durante esa campaña y, sobre todo, en la frustrada del año siguiente, hubo de resentir detalles de trato vejatorio por algunos elementos del aparato taurino de allá, prensa y empresarios incluidos. A esa parte de la realidad se asiría Manolo para fundamentar su posterior renuncia a la conquista del cetro global del toreo, que en determinado momento, a fines de 1968, llegó a antojarse inevitable. Mas tengo para mí que las cornadas de Bilbao, Murcia y Cáceres, sufridas en un lapso de 39 días, fueron el factor decisivo.

 

Las cornadas

 

Se ha afirmado por el martinismo oficial –y ha terminado por aceptarse como cierto– que fue la cornada de “Borrachón” (03.04.74) la que puso a cavilar a Manolo, inaugurando esa etapa en que decidió no asumir más riesgos de los indispensables: la etapa de las broncas intencionales, la supresión de su antes muy variado repertorio con el capote y el énfasis en moldear la ganadería brava mexicana según su conveniencia y merma de facultades físicas. Pero en realidad, estos rasgos hicieron su aparición justamente a la vuelta de su primera, y en realidad única, campaña española. A las tres cornadas sufridas allá –muy grave la última– se uniría ese invierno una lesión en una falange sufrida en Caracas por un astado de Santo Domingo (23.09.69). Con ese sufrimiento a cuestas –sufrimiento y dolor son cosas distintas; el primero es mental, el segundo físico– Manolo viajó por segunda vez a la península ibérica. Pero era otro hombre el que se enfundó en las mismas sedas y alamares del año anterior: menos resuelto, más prudente… y escaso de sitio y claridad de metas. Así le fue.

Para reforzar la afirmación de que no fue “Borrachón” sino las cornadas anteriores a 1970 las que marcan un súbito cambio en la tauromaquia y la actitud de Manolo Martínez basta echar una ojeada a la estadística de sus percances: 76 por ciento de ellos –13 de 17– se concentran en los años que van de 1965 a 1969. Y algo fundamental: 47 por ciento del total (8 de ellos) ocurre en cosos foráneos, mismos de los que decidió alejarse paulatinamente –incluida Sudamérica– a partir de 1970, el año clave para entender la evolución (¿o involución?) martinista. Lo confirma que su promedio de triunfos, sin perder éstos intensidad, a partir de ahí irá descendiendo inexorablemente.

 

La México

 

Lo que nadie podrá disputarle a Manolo es su condición de torero de la Plaza México. Aunque es indudable que los Armilla, Garza, Manolete, Arruza, Procuna –los ases de la edad de oro–  dejaron allí huella, por razones cronológicas no alcanzarían a tener presencia continuada en la Monumental. Y ninguna figura posterior, mexicana o extranjera, de cuantas tuvieron ocasión de conquistar el ruedo de Insurgentes, lo ha hecho con la rotundidad ni ha despertado el mismo fervor que suscitó Martínez hasta convertirse en el torero de la México por antonomasia.

En sus 91 corridas y 4 novilladas toreadas en el monumental embudo, Manolo cortó 83 orejas y 10 rabos, cifras sin posible equiparación en la historia, a pesar de que cinco de esos rabos hayan pertenecido a toros de obsequio, y uno más fuese simbólico, luego del indulto de “Amoroso” de Mimiahuápam (23.12.79). A cambio, sufriría tres cornadas sobre esa misma arena –incluida la gravísima de “Borrachón” de San Mateo– demostrativas a su vez de que ésta fue la plaza donde decidió jugar las bazas más pesadas de su carrera, al verla como el centro taurino del muy centralista país cuya fiesta de toros aspiró a dominar por completo. Una vez conseguido ese control, dedicaría su genio artístico y vocación tiránica a acrecentar ese poder y hacerlo sentir incluso con más fuerza al margen que dentro de los ruedos. En resumen, su mando se expresó más en el manejo de los entretelones de la fiesta que en el de las embestidas, cada vez más uniformes e insulsas, de reses cuyas características fue moldeando a su voluntad y conveniencia, ya no a base de talento torero, como en los inicios de su carrera, sino mediante su influencia poderosa sobre los ganaderos mexicanos dispuesto a subirse al tren del mandón.

 

Ganado a modo

 

Esto es básico y no admite discusión: con Martínez el toro mexicano queda reducido a su mínima expresión, al manipularse sus características tanto físicas –reducción de edad y astas– como de comportamiento –nobleza sin casta, repetitividad sin codicia, aptitud más para simplemente pasar que para embestir con ímpetu–. Fue una labor persuasivoimperativa, centrada en las labores de tienta y selección, cruzas y laboratorio, que, en definitiva, eliminó encastes completos en beneficio de uno solo, derivado de los edulcorados productos de la casa Llaguno.

 

Obstruccionismo

 

El ejercicio dictatorial del poder implica, en el toreo, la potestad de imponer ganaderías, aceptar o rechazar alternantes y, en suma, influir en la organización de las ferias y temporadas que marcan la marcha de la fiesta. Hay evidencias de vetos puntuales a ciertos toreros –El Pana, Cruz Flores, Jorge Gutiérrez cuando lo apoderaba Ricardo Torres, incluso algunos españoles, involucrados en lo que le sucedió allá…–, aunque también las hay de apoyo franco a otros. ¿Que esas actitudes obstruyeron el desarrollo de al menos dos generaciones de toreros en México? Sólo hasta cierto punto. Porque lo fundamental sería la invasión, por Martínez y su troupe, de plazas y ferias menores, cuya función como espacio para el cultivo y desarrollo de nuevos valores era importante. Al acaparar para sí dicho mercado, el desarrollo de nuevas generaciones se limitó, a cambio de ofrecer a públicos sencillos una versión distorsionada de una tauromaquia presuntamente de alto nivel (no lo era, dado el tipo de ganado que allí lidiaban).

 

Balance definitivo

 

Al correr del tiempo, los perfiles del pasado se van afinando y definiendo con más claridad, como para que el debate acerca de lo bueno y lo malo que dejó Manolo pueda ceder paso a la realidad de su influencia, como torero y como factótum de una larga etapa de nuestra tauromaquia. Lo que Manolo Martínez significó para la fiesta en México yo lo sintetizaría así:

1) Como torero, su sentido del temple y del ritmo, así como la capacidad para dotar de unidad argumentativa y creativa a su toreo lo sitúan entre los más grandes de la historia de la tauromaquia universal. En México, esto lo sitúa en la dimensión de los Gaona, Fermín Armilla, Garza, Silverio y Carlos Arruza. Y nadie más.

2) Sobre su papel como obstructor de nuevas generaciones de toreros ya está dicho cómo operó. Habría que agregar que, pese a todo, Manolo fue coetáneo de una generación rica en diversificados valores taurinos que, en todo caso, tendrían que compartir con él dicha responsabilidad, pues lógicamente no podía prescindir de alternantes, que toreban el mismo ganado.

3) Donde cobra un sentido verdaderamente trágico la influencia de este enorme torero es en la reducción del toro, que se ha seguido profundizando hasta derivar en su subproducto actual, el posttoro de lidia mexicano –como lo he llamado–, un factor que pone en jaque el futuro de la fiesta en sus valores artísticos y éticos más profundos, sin los cuales, el toreo es un muerto en pie.

Manuel Martínez Ancira murió con 50 años, el 16 de agosto de 1996 en La Jolla, Estados Unidos, donde se encontraba hospitalizado en espera de un trasplante de hígado.