Mal presente y futuro esperanzador

La crisis del sistema electoral mexicano, tiene entre sus expresiones más perversas la creciente indiferencia de los ciudadanos para acudir a las urnas, lo que ha permitido el regreso del PRI al poder y el reforzamiento de su hegemonía en los procesos electivos. El acceder al gobierno, le ha permitido a los personeros del neoliberalismo utilizar los aparatos gubernamentales para construir una extensa estructura electoral, movilizada con distintos y múltiples estímulos, que alienta el desinterés ciudadano y la complicidad de los partidos de “oposición” que, acostumbrados a la derrota, se alían al poder para obtener ventajas que aseguren su supervivencia y su acceso a los recursos públicos, como es el caso del PRD poblano y su alianza con el PAN, que es decir con el gobierno estatal al que, debido a ese sometimiento, no sólo son incapaces de criticar, sino ni siquiera de reconocer y enfrentar sus formas autoritarias de gobernar.

El domingo pasado 6 de julio, hubo elecciones locales en Coahuila y en Nayarit. En la primera de esas entidades, donde ha privado la inmoralidad y la corrupción estatal, así como la violencia provocada por el crimen organizado, arrasó el PRI que de las 25 diputaciones en disputa obtuvo 17, las ocho restantes fueron para el PAN, el PRD, el Panal, el Verde, tres partidos locales y una aún sin definir. Estos diputados, de acuerdo con la “democrática” reforma política se podrán reelegirse hasta por tres periodos consecutivos.

Si se observan los resultados, incluso sin mucha profanidad, se puede concluir que no hay alternativas reales al PRI. Un ciudadano al conocer los partidos participantes en las elecciones y no quisiera sufragar por el PRI ¿por quién podría hacerlo? No hay opción real, los conoce a todos y entonces el elector toma dos caminos: no, ir a la urna y anular su voto (“no fue penal”, escribieron algunos en la boleta) y otros simplemente deciden ver el futbol o quedarse en casa haciendo cualquier cosa sin interesarse en el proceso electoral del que se siente ajeno, del que lo han echado el autoritarismo y los fraudes. La abstención en Coahuila, fue de 60 por ciento de la lista electoral.


En Nayarit las cosas fueron similares: el PRI ganó 16 de las 20 alcaldías en disputa y 14 de las 18 diputaciones en juego. El PAN ganó tres presidencias municipales y mire usted, el señor Hilario Ramírez, quien a la acusación de haber robado 20 millones de los recursos a disposición del ayuntamiento de San Blas, que gobernó como panista de 2008–2010, respondió: “Me han criticado mucho porque dicen que a mí gusta el dinero […], pero a quién no le gusta, a todo el mundo […]  Sí le robé (a la presidencia municipal), pero le robé, poquito porque está bien pobre, le di una rasuradita, nomás una rasuradita“, pues este cínico se impuso con 40.32 por ciento de los votos. Tal vez su sinceridad, el reconocerse como ladrón, hizo que los ciudadanos votaran por él y dar, así, una lección a los malandrines que roban a manos llenas, pero los domingos van a misa y se proclaman “con las manos limpias”.

Y para culminar lo desalentador de esta situación, viene José Ángel Gurría, el que dirige la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que las reformas de Peña Nieto mejorarán la economía mexicana en 2050, cuando los sobrevivientes nacionales tendrán un ingreso similar al que hoy tienen los países desarrollados, pero la misma OCDE anuncia que la desigualdad empeorará en las próximas décadas.

Y mientras el país se hunde y las elecciones las gana el PRI, es decir se fortalece la derecha en el poder, la izquierda sigue discutiendo si movimiento o partido; si se participa o no en las elecciones; o que si de las movilizaciones populares se expulsa a los partidos.

Pero no todo está perdido; Morena está a punto de obtener su registro como partido y no será disidencia asimilada y dócil, sino alternativa real al poder.