Magaloni: “La Historia general de las cosas de la Nueva España” fue hecha para que no muriera la cultura indígena

Diana Magaloni preparó al lado de la artista Mariana Castillo Deball la ex-posición In tlilli in tlapalli. Imágenes de la nueva tierra: identidad indígena después de la conquista ■ Foto Abraham Paredes

Una hazaña, una maravilla de la humanidad, una inserción en la historia del arte universal, una tradición que se conserva para sobrevivir a la crisis, a la tragedia. Ante todo, un libro hecho para que no se muriera una cultura, en donde tlacuilos miraron al pasado y al futuro, para hacer su presente novohispano indígena. Así, fue como la investigadora y curadora Diana Magaloni Kerpel concibe a uno de los testimonios documentales clave en la historia del país: La Historia general de las cosas de la Nueva España.

Este, el que se presenta como una obra de Fray Bernardino de Sahagún (España, 1499 o 1500–México, 1590) pero fue más bien resultado de la labor artística y el ingenio de por lo menos 22 tlacuilos mesoamericanos, es uno de los documentos de la exposición In tlilli in tlapalli. Imágenes de la nueva tierra: identidad indígena después de la conquista, que Diana Magaloni preparó al lado de la artista Mariana Castillo Deball, para que fuera montada a partir del 1 de septiembre en el Museo Amparo.

Durante la charla Los colores de la nueva tierra que fue previa a la apertura de la muestra, la actual directora del programa Art of the Ancient Americas del Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, señaló que La Historia general… fue un encargo que el reino de España le hizo a Sahagún para que contara sobre las nuevas tierras y sus costumbres, y con ello posibilitara la “conversión” de los indígenas a la religión católica. Así, entre 1530 y 1575, se escribió esta obra que es “enciclopédica” como lo eran los libros de su tiempo, pues contó aspectos de la vida antes y después de la Conquista.


Advirtió que, si bien en las ediciones actuales no se ve, la original es una obra ilustrada de manera copiosa, con una columna en español que es una paráfrasis, un resumen, mientras que en la parte derecha está el original en náhuatl y en la izquierda la posterior traducción al castellano a cargo del mismo Sahagún, que al ser ligeramente abreviada permitió la inserción de dos mil 468 imágenes.

Magaloni Kerpel puntualizó que el también conocido como Códice Florentino –porque está en la biblioteca Medicea Laurenziana, de Florencia–, tiene una historia peculiar pues refiere momento político y social y sus diversas circunstancias. Agregó que se integra por 12 libros que cuentan sobre aspectos divinos, calendarios, retóricas y filosofías, astronomías y astrologías, así como los Huehuetlatohlli, las formas en que los hombres se deben dirigir a sus padres, abuelos, gobernantes y dioses. Asimismo, también se refiere a la historia natural en la que fueron pintadas “con amor 488 imágenes”, y se incluye, en el Libro 12, la “conquista de México, que es la única visión completa que ha llegado a nosotros”.

Quien también fuera titular del Museo Nacional de Antropología llamó a “conocer el quilate” de estos hombres que no han sido valorados porque sobre ellos ha pesado “la maldición de Jeremías” advertida por el propio Sahagún, en referencia “al fin del mundo”. “En el colegio de Santa Cruz Tlatelolco fundado por franciscanos se formó la nobleza indígena; para 1528 había textos traducidos del náhuatl al latín, al español, al griego, se les educaba y se les llenaba la cabeza de lo que debía ser. El exterminio estaba justificado, lo mismo el que se volvieran esclavos. Estas ideas sobre el indígena tras la Conquista y en la Colonia siguen vigentes y sobreviven porque no conocemos su quilate, pero este códice contradice su menosprecio”.

La curadora expuso que en ese tiempo existía un debate en torno a la liberalidad de la pintura, es decir, a que el pintor no se constreñía a su capacidad mecánica de pintar, sino que echaba mano de un arte racional del espíritu, y por tanto en su obra había tanta poesía como en la poesía misma. Sahagún, entonces, a cuatro gramáticos los llamó colaboradores –a Antonio Valeriano, Alonso Vegerano, Martín Jacobita y Pedro de San Buenaventura–, aunque no queda claro si escribieron o tradujeron.

A éstos, dijo, habrá que sumar a otros “siete escribanos” que le ayudaron a pasar en limpio, más los 20 maestros pintores de los cuales se han identificado a algunos: el “maestro de las dos tradiciones” en el Libro 7, el maestro de tres cuartos de perfil, el maestro de las narices larga en el Libro 10, o el pintor de las pieles complejas que va pintando como si fuera al óleo. “Están jugando con las nociones que usan los pintores renacentistas. Dividen el color y el diseño. Hay imágenes pequeñas que dejan ver paciencia y amor. Hay conceptos súper modernos, y con ello los nahuas se insertan en la Historia del arte universal con su propia tradición”.

Diana Magaloni notó que este trabajo se hizo mientras “sucedía la tragedia”, mientras moría el 80 por ciento de la población. “En ese contexto estas imágenes se crean. Los escritores estuvieron encerrados en Tlatelolco con los colores y la comida que les traen. Se dedican por completo a acabar la obra. En el Libro 11, una obra de biología, se hace a blanco y negro pues no hay suficientes colores porque no son fáciles de obtener. Por tanto, al describir piedras preciosas, a falta de color, lo hacen por su textura y su brillo: describen cada sustancia preciosa con su color, con la materialidad del color”.

Por último, la miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM apuntó que habría que preguntarse qué significaron los colores en esta obra para quienes dieron su vida por ella. Por tanto, completó, habría que pensar en un concepto mesoamericano para entender que la pintura es conocimiento: In tlilli in tlapalli, en donde tlilli es negro y tlapalli son todos los colores, es decir, colorear y colorado, como una metáfora de la acumulación del conocimiento, el cual se hereda.

“El negro y los colores describen a las pinturas, dicen que el conocimiento son las pinturas, y esa es una de las pistas importantes. Se sigue pintando porque el conocimiento son esas pinturas. Así, fue una sociedad que vivió una conquista, que negoció una manera de seguir sobreviviendo, pese a las enfermedades y la política imperial, que sabía que todo este esfuerzo de casi 50 años no iba a desaparecer y esa era la única manera en que no lo haría”.