Mi maestro Antonio Cruz

Corría más o menos el año 1982 cuando, después de haber salido corriendo de la Escuela Médico Militar, llegué a Puebla con un irrefrenable deseo de ser médico y continuar mis estudios. La ahora doctora Norma Meléndez Ponce, especialista en Gastroenterología, en ese entonces me lo presentó como su padrino. Con el rostro adusto, brusco, enérgico y áspero nos pidió investigar todo lo referente al Síndrome de Esplenomegalia Tropical y la relación con paludismo y otras enfermedades que afectaban al Sistema Retículo Endotelial para formar las bases que a la larga nos iban a dar cabida a varios muchachos que en periodos de huelgas en la Universidad Autónoma de Puebla hiciésemos estancias maravillosas de investigación básica en el laboratorio de Malariología de la Universidad Nacional Autónoma de México, cobijados generosamente por el también sabio maestro Filiberto Malagón. Y fue así como inicié una relación que marcaría mi vida y la del doctor Cruz, con anécdotas fantásticas, vivencias extraordinarias, sucesos increíbles y aventuras literalmente novelescas.

Hablar de su trayectoria como médico, profesional, ser humano y profesor no es el caso en este momento, pues es por todos sabido que a lo largo de su vida tuvo logros que ya han marcado un hito en la medicina de nuestra ciudad, el estado y, por supuesto, a nivel nacional e internacional, con investigaciones que trascendieron las fronteras. De esto poco se sabe por su enorme sentido de la sencillez.

Sin embargo, en este instante en el que me siento inenarrablemente triste (condición a la que no le puedo encontrar una explicación lógica, pues tuve la fortuna de estar con él en sus últimos momentos de vida, sabiendo de antemano que se avecinaba su muerte), me nace el deseo de divulgar algunos aspectos de su vida que no son conocidos, más que por un grupo de selectos amigos que, durante muchos años, nos reunimos cada domingo en desayunos que estuvieron marcados por diálogos de una variabilidad sorprendente de temas, que abarcaron literalmente todos los contenidos y que nos enriquecieron la vida de una forma verdaderamente inconmensurable.


Llevando una libreta, escribí los pensamientos que tratábamos el economista Mario Villar Borja, el doctor Salvador Rosales y de Gante, el doctor Jesús Barajas, ocasionalmente el matemático Sergio Linares y yo. Con esta libreta maltratada puedo decir que en un momento hablamos del dolor y sus características, planteando como sensación nociceptiva al dolor somático y visceral y al dolor neuropático, como el que nace en el sistema nervioso central, el periférico y el de mantenimiento simpático, para culminar hablando de aquel dolor más impactante que es el sentimental, desde el punto de vista filosófico. Pero no todo era ciencia. El tercer domingo de agosto del año 2012 hablamos de José Ortega y Gasset y sus meditaciones de El Quijote. El 19 de agosto de 2014 platicamos sobre el parásito Gnathostoma spinigerum (Owen, 1836), y el 1 de marzo de 2015 nos divertimos hasta la risa asfixiante analizando palabras raras como “anacoluto” o el “refajo”, que es una bebida en la que se mezcla cerveza con Sidral. Analizamos los trabajos de investigación sobre el pulque que hiciera el doctor José Ignacio Bartolache y Díaz Posada (1739–1790), divirtiéndonos como si hubiésemos sido unos niños. Afortunadamente, estando en vida, le dediqué unos artículos con los que le manifesté mi inmenso cariño, cuya retribución siempre fue compartir su impresionante sabiduría, su mordaz sentido del humor, su preclara visión clínica de la enfermedad y su extraordinario humanismo enmarcado por una franca tendencia al pensamiento social.

Finalmente, siento necesario hacer saber que su familia me ha acogido en su seno como si fuésemos de la misma sangre y esto es invaluable. Por esta y muchas razones considero que mi “magister” es y será por siempre mi mejor amigo, compañero, colega y, sobre todo, mi mejor maestro.

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