Los pueblos mágicos

La Secretaría de Turismo viene desarrollando el Programa de “Pueblos Mágicos”, que consiste en otorgar esa denominación a aquellas localidades que tienen un conjunto de “atributos” como leyendas, historia y sucedidos trascendentes. ¿Qué será lo que significa “tener historia”, contar con leyendas y ser el lugar de algunos hechos trascendentes? Yo no sé que la historia excluya a algún pueblo o que las leyendas tengan necesariamente un autor, individual o colectivo determinado o que exista un trascendómetro que mida los acontecimientos.

Para los afanes mercadotécnicos –totalmente hueros y ramplones– de la secretaría, se trata de designar a algunos pueblos como “mágicos” cuando conservan, por lo menos, una calle sin alteraciones significativas y esa sola calle escapa a la horrible anarquía urbanística y constructiva que los mexicanos nos damos con frecuencia como producto de la moderna autoconstrucción: gris y sin la menor armonía.

Una vez que se consigue el ansiado título de “Pueblo Mágico” las autoridades municipales  de la “risueña población” se aprestan a recibir recursos económicos de la federación para… ¿qué cosa creen? Solamente para pintura –de una paleta limitada– que se aplica exclusivamente a las fachadas de las casas y comercios de esa calle, mediante un esquema preconcebido que se repite en cada uno de los pueblos seleccionados. Si a usted se le ocurre caminar unos cuantos pasos en las calles perpendiculares a esa “calle mágica”, entonces descubrirá rápidamente el pueblo tal cual es: feo y jodido.


La magia se diluye como el vapor si usted intenta conocer el interior de alguna de las casas del fachadista programa mágico, porque aún tratándose de sitios públicos con un comprobado valor histórico, el panorama interno de esos edificios con frecuencia es desolador: incuria, basura, usos indebidos del inmueble, en dos palabras “degradación patrimonial”..

Haga la prueba, visite cualquier “Pueblo Mágico” y comprobará que no existe revaloración alguna de la arquitectura vernácula, ni del valor estético ni histórico de casas y edificios. Es la eterna simulación que padecemos en México cuando se trata de la aplicación de muchos de los programas gubernamentales que se anuncian con bombo y platillo como transformadores, como portadores de beneficios y ¡Oh desilusión! se trata sólo de apariencias que sirven socialmente para poca o ninguna cosa.

Algunos politicastros parecen decir “Dadme un poco de pintura y haré magia”. Dejo por descontado, lo que la mayoría de los malpensados mexicanos creemos, que el programita de pintura mágica genera seguramente algunas ganancias a quienes lo desarrollan y a los beneficiarios directos de él.

Para este 2015 yo quisiera que la magia, negra o blanca, permitiera a los mexicanos convertimos en magos, en un verdadero pueblo mágico, y hacer desaparecer a unos cuantos políticos simuladores y rateros.