Los postizos

Desde los primeros tiempos de la humanidad ha sido importante la apariencia de las personas y al parecer ésta tiene que ver con la aceptación en el grupo o con la diferenciación social que se establece en él, particularmente en lo relativo al rango y el poder. Así, en la búsqueda de verse bien se ha acudido a múltiples recursos que “mejoren” el aspecto y marquen la diferencia con otros miembros del grupo. El atuendo, los afeites, la fuerza física, las habilidades y el manejo del conocimiento son aspectos que muchas veces cursan juntos para aumentar el prestigio social de las personas. No menciono la belleza porque ésta posee atributos subjetivos que cada cultura y en cada época son considerados.

Cuando se quieren resaltar o reemplazar la carencia de atributos o “gracias” naturales físicas se emplean los postizos. Estos van desde el uso de un calzado con tacones altos para elevar a los zotacos y zotacas, razón por la cual se ve a algunas mujeres caminar titubeantes como pericos en alfombra por el uso de tacones exageradamente altos. Las pelucas son postizos muy utilizados para abreviar el tiempo usado en el aliño personal. Éstas, se ponen sobre el greñero natural y en algunos casos se corre el riesgo de incubar algunos tipos de ectoparásitos. Recuerde usted las viejas pelucas de la marca Pixie que semejaban el pelo tieso de laca de los peinados de los años 60 o el pelo de una marca conocida de muñecas.

Los miriñaques fueron complejas estructuras postizas utilizadas para resaltar las nalgas o “pompis” de las mujeres en el siglo XIX. Los corsés de ballena reducían la cintura de una manera tan antinatural que eran los responsables de los sofocos y desmayos de algunas finas damitas. Los bisoñés, que usaban algunos caballeros para disimular su calvicie, fueron también piezas importantes de los postizos utilizados como barbas y bigotes que fueron usados desde tiempo inmemorial por los faraones egipcios como símbolos de poder. Hay postizos de pizarrín que se venden con la consigna, ampliamente difundida y contraria a las orientaciones complacientes de algunos sexólogos, de que “el tamaño si importa”.


Pero hoy en día los postizos insertados en el propio cuerpo, por médicos especialistas en la próspera cirugía estética, son el último grito de la moda y el recurso extremo de las alteraciones del organismo. Seguramente ha visto los labios, con apariencia de riñón, que aumenta el tamaño y el aspecto carnoso de la bemba de muchas mujeres que pretenden ser sensuales y que me recuerdan los labios de “la divina Chuy”, personaje de la Familia Burrón. Y qué decir de los implantes que se insertan en los senos y producen chichis descomunales, talla 42–H, y que me recuerdan –dicho con todo respeto– a “Ubre blanca”, la famosa vaca lechera cubana. La cintura es uno de las cirugías más demandadas por los “rotoplas” ambulantes; para lograr esa imagen de “cintura de avispa” se llegan a ¡retirar algunas costillas! Las nalgas postizas son exacta imitación de la esteatopigia de ciertos grupos étnicos y con ellas se “resuelve” la pequeñez o carencia de este atributo tan importante, tanto para lo funcional como para lo estético.

En fin, los postizos han llegado para quedarse y aportar todo a la simulación y a las carencias. Yo sólo quisiera que se pudiera hacer un trasplante de cerebro, para favorecer a los que lo necesitan verdaderamente y tener como donantes a aquellas personas que casi no lo han usado. ¡Ándenle, no sean tan egoístas!