Los intérpretes

Una de las actividades más lucrativas e influyentes que ha ejercido el ser humano desde la antigüedad es la de servir de intérprete. Con esto no me refiero para nada a quienes traducen a una lengua lo que se dice en otra; ni a los actores que interpretan a personajes diversos, ni siquiera a cantantes y músicos que interpretan piezas musicales, ni a programa informático alguno. Me refiero a otros, aquellos que se arrogan la mediación entre los supremos poderes materiales o espirituales, por un lado, y el común de los seres humanos, por el otro.

¿Pero de dónde proviene ese inmenso poder del que se invisten este tipo de mediadores? Creo firmemente que de la inmensa necesidad que tenemos los seres humanos de adoptar una creencia que provenga de este mundo o del “otro”, para así obtener certezas, para sentirse parte de algo más grande que la familia, para transitar comodinamente por el mundo y no esforzarse en pensar ni en decidir sobre asuntos fundamentales y, en resumen, para depositar ciegamente la supuesta racionalidad y emotividad que nos distingue, en aquello que corresponde en gran medida al mundo de lo irracional. Se trata en suma de la infinita credulidad de los seres humanos.

Lo que sigue es asignar la condición de absoluto a las ideas, doctrinas, objetos materiales y sobre todo a aquellas personas que las interpretan para nosotros. Así los intérpretes se convierten en los seres indispensables de nuestra presencia en este mundo. Los líderes religiosos y ministros del culto, de cualquier religión, “interpretan” la voluntad de dios y nos la transmiten en todas ocasiones: “dios quiere que seamos de tal o cual forma”, “dios ha hablado por nuestra boca y quiere que…”, “estas son las leyes de dios”, “dios quiera que se haga tal cosa…”, etcétera.


Pero los intérpretes son también los políticos, gobernantes y dirigentes de todo tipo, quienes interpretan la voluntad de sus gobernados, de sus agremiados o de sus dirigidos: “el pueblo necesita…”, “en respuesta a la voluntad popular lo hago…”, “el sentir de mis agremiados es…”, “el pueblo no quiere…”, el pueblo si quiere…”, “las masas demandan…”, “el sindicato de envasadores de vaho lo respalda señor presidente”. Los señores senadores y diputados también interpretan el sentir de sus representados sin jamás consultarlos y discuten acaloradamente, entre ellos, siempre en nombre del pueblo.

Los dirigentes empresariales siempre saben los que el país necesita y “arriesgan” patrióticamente su patrimonio para lograrlo; los comunicadores no son menos e interpretan lo que las personas desean les sea dado a conocer, recordemos las palabras del “tigre” Azcárraga cuando declaró que la televisión era para “divertir a los jodidos” y así, de la misma manera, los magnates nos venden lo que ellos “saben” perfectamente que requerimos, ni más ni menos.

Algunos intelectuales interpretan las doctrinas filosóficas y políticas de grandes pensadores y crean verdaderas sectas esperpénticas que dicen preservar la pureza de las ideas y tener siempre la verdad. Hay todavía “intérpretes” más chafas como santones, profetas, adivinadores, augures, seudo científicos, charlatanes o merolicos –todos omniscientes– y profetas en cualquier cosa como el “naturismo in extremis”, las religiones exprés, el esoterismo de folleto, “técnicas de superación personal”, etcétera. Sus herramientas son, entre muchas, las adivinaciones, ensoñaciones, textos misteriosos, premoniciones, revelaciones, productos milagro y cien mil y un cosas que prosperan en el fértil suelo de la credulidad de mucha gente.

¿Cuántos intérpretes necesita Usted para entender el mundo y a todos los seres que habitan en él?