Los betabeles

El tema de esta ocasión no trata de esa especie de remolachas tan apreciadas en la gastronomía mexicana, sino de quienes hemos llegado a la provecta edad que Aurelio Fernández califica como “edad de las ilusiones”, porque al alcanzar ésta se cumplen las ilusiones de obtener los descuentos que ofrecen muchos servicios mediante la presentación de la credencial del INAPAM, única forma de demostrar en este país que se ha llegado a los sesenta años: la vejez certificada.

Llegar a viejo es un camino inexorable, si no se interpone en algún momento la calaca, tilica y flaca. Aparte de las arrugas, las canas y demás signos orgánicos y psicológicos que evidencian la disminución de las facultades, tanto anatómicas como funcionales y emocionales, existe un componente sociocultural que comporta tanto aspectos positivos como negativos, los cuales han evolucionado con una rapidez pasmosa.

Hace poco más de medio siglo a los viejos, en la sociedad mexicana, les correspondía un estatus en el que existían sinceras consideraciones, las cuales correspondían a formas culturales genuinas y profundamente arraigadas en muchas personas: por principio se les hablaba de Usted (con mayúscula), se les cedía el paso en las calles, se les dejaba el asiento en los autobuses públicos, se les franqueaba el ingreso a los sitios públicos, se les prodigaban atenciones diversas tanto en la vida pública como en la privada.


–No molestes a tu abuelito que está descansando. Deja de correr y de gritar como poseso.

–Mira, le guardamos esta frutita a la agüe porque le cuesta trabajo masticar y digerir el chicharrón con pelos.

En sólo 50 años las cosas han cambiado radicalmente. Hoy la educación formal de los chamacos y chamacas no incluye un trato diferenciado a los ruquines y por consiguiente la deferencia hacia ellos se ha diluido en una especie de “igualitarismo” que es más un pretexto para eludir formas de comportamiento social de respeto hacia los prójimos. Desde luego que hay cada carcamán, ruco, bejuco –hombre o mujer– que nos cuesta trabajo aceptar por sus necedades, ocurrencias disparatadas, imprudencias y demás conductas seniles.

Si bien no es cierto que sólo con la edad las personas se vuelven sabias y equilibradas, porque “el que nace pa’maceta, no pasa del corredor”, sí es verdad que la vejez tendría que ser considerada en la sociedad como un estado de cierta fragilidad, semejante a la de la niñez y a la cual debemos dedicarle atención, no sólo desde el aspecto económico, que no es poca cosa y es buena, sino desde el punto de vista de los valores humanos.

Una forma amable de replicar a alguien que se declara viejo es la conocida frase “viejos los cerros… y reverdecen”, que no deja de ser solamente una expresión gentil, porque el reverdecimiento no se da en el ciclo biológico de la especie humana. Lo único realmente verde es el de los viejos chirriscos que se puede constatar en las miradas lascivas y en los belfos babeantes que éstos dirigen a las féminas y donceles que, más que significar un deleite por la carne, es sólo la expresión de conformidad por las “chopas”.




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