Los antitaurinos y la carta de Castella

El pasado martes 11, este columnista estuvo en la querida y muy taurina ciudad de Huamantla, invitado a inaugurar el ciclo cultural paralelo a su feria tradicional. Elegí como tema Los enemigos de la Fiesta, referido tanto a los de fuera como a los de dentro. Ese mismo día, los principales diarios de España publicaban una carta firmada por el diestro francés Sebastián Castella en la que, por fin, una figura del toreo se atreve a reclamar de la autoridad el cumplimiento de los diversos artículos constitucionales –tanto de la Unión Europea como del Estado español–, activamente vulnerados por el antitaurinismo organizado en su pretensión de prohibir las corridas de toros, mismo que, ante la nula reacción gubernamental, ha llevando su escalada hasta la arena de las plazas de toros, invadidas por abolicionistas para agredir toreros, perturbar la marcha del espectáculo e insultar al público presente.

La carta de Castella. El espada galo no se limita a denunciar las agresiones. Señala uno a uno los artículos constitucionales constantemente violentados por el furor antitaurino, desde el que garantiza la seguridad personal, amparada por el 6 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, hasta el que protege al ciudadano comunitario contra cualquier forma de discriminación (artículo 21), pasando por los que garantizan la libertad de pensamiento (artículo 10), la libertad de expresión (artículo 11) y la libertad de las artes (artículo 13).

En cuanto a sus precisiones con la Constitución española en la mano, Castella no es menos explícito: el estado tendría que proteger a la fiesta brava, a sus profesionales y a sus seguidores de quienes acostumbran violar sus artículos 14 (“los españoles son iguales ante la ley”), 18 (“Se garantiza el derecho al honor”), 20 (“Se reconocen y protegen los derechos (…) a la producción y creación artística) o 35 (“Todos los españoles tienen el deber y el derecho al trabajo). Identifica a la corriente animalística con una persecución ideológica y política que ha reducido a los profesionales y aficionados al toro a ciudadanos de segunda, al intentar privarles de su derecho al trabajo y a la libre elección y al ejercicio de sus preferencias artísticas, mientras se vulnera su honor al tildarlos de asesinos y de seres incivilizados y peligrosos, y todo en nombre del progreso social y moral, del cual la UE, por cierto, se está alejando a grandes pasos. Y no precisamente por causa de la tauromaquia.


El matador nacido en Béziers y avecindado en España reconoce que pronunciarse como él lo hace está mal visto. Pero –concluye–“o se acaba el tiempo de la vergüenza o se acabará el nuestro… Primero cercenarán nuestra libertad, y después seguirán muchas otras… Porque hoy son los toros, pero mañana será cualquier otra manifestación artística que no les caiga en gracia. El pensamiento único es así… (siendo que) El toreo no es de izquierdas ni de derechas. Es de poetas, pintores y genios. De Lorca y de Picasso, dos artistas poco sospechosos de fascistas ni asesinos. Es del pueblo”.

Finaliza con una petición un sí es no es utópica: “Salgamos del armario y llenemos las plazas. Tomemos las calles. Son tan nuestras como de los prohibicionistas. Y nosotros somos más. Y podemos gritar más fuerte. No hay mayor verdad que la de un hombre ante un toro bravo. En nuestra mano está que no nos la quiten.”

Que se sepa, el francés es el primero en abandonar la táctica del avestruz que ha caracterizado a los taurinos frente a los antis. Hace honor al país de la libertad, donde nació, y a la ética de la profesión con la que se gana la vida, a trueque de exponer la suya tarde a tarde. Así lo reconoció su colega Morante de la Puebla al brindarle un toro al día siguiente, en Gijón. Además, da en el blanco al denunciar la hipocresía de esos abolicionistas tan ruidosos y activos contra la Fiesta como silenciosos e indiferentes a causas verdaderamente sociales. Ayer, Castella se encerraba con seis toros en la plaza del Puerto de Santa María a beneficio de la Fundación Down de España.

Los enemigos de la Fiesta. Por puro azar, para abrir la feria cultural en el auditorio Fundadores del Museo Taurino de Huamantla elegí como tema precisamente el de Los enemigos de la Fiesta, una sintética disección tanto del mal que viene de fuera –de ese pensamiento único, de raíz anglosajona, aludido por Castella– como del que corroe a la tauromaquia desde dentro. Presento aquí un resumen sumarísimo de lo dicho ante una numerosa audiencia de buenos aficionados, en el marco de un sentido homenaje al maestro Manuel de la Vega, humantleco ilustre y actual director de la Casa de Cultura local.

Como son harto conocidas y tema frecuente de esta columna las lacras que denigran en México a la fiesta alguna vez brava –en perversa colusión diestros sin ética, apoderados corruptores, ganaderos corruptibles, autoridades corruptas, empresarios facciosos y sin visión de futuro, públicos conformistas e incultos y medios indiferentes o cómplices–, me gustaría centrarme hoy en el tema referido por Sebastián Castella en su ya famosa carta; es decir, en la campaña difamatoria emprendida por animalistas radicales, ecologistas despistados, intelectuales intolerantes y, paradojas de la vida, profundamente ignorantes, y políticos oportunistas y ambiciosos en plan de aprovecharse, todos a una, de la culpable dejadez e inhibición de taurinos y taurófilos. Esa actitud de avestruces finalmente rota por Castella.

Con una advertencia previa: no todo ser humano que profese amor por los animales, mucho menos los ambientalistas conscientes y bien preparados –como tampoco personas indiferentes o incluso desafectas a las corridas de toros–, tienen por qué convertirse en abolicionistas. Durante siglos hemos convivido con ellos en paz, y bien claro tenemos, taurinos y taurófilos, que estamos en minoría. Exactamente como puedan serlo las de aficionados a la música clásica, la ópera, la pintura, la literatura o la danza, artes todas en indudable situación minoritaria frente a, pongamos por caso, los seguidores de las telenovelas o de los deportes de masas, como el futbol.

Los ocho pecados capitales del abolicionismo. Si algo une en su fanatizada cruzada a quienes claman por la supresión de los toros –porque de prohibirse las corridas se condenaría a extinción a la singular familia bóvida toro de lidia– no es su afán de frenar el maltrato a los animales –en cuyo caso estarían solicitando con idéntica vehemencia la cancelación de lugares donde se sacrifican especies destinadas a alimentarnos, mismas que sobreviven hacinadas, al revés del toro de lidia, mientras llega su hora, en aras del mercado alimentario–, sino una serie de desviaciones psicológicas e ideológicas que los marcan profundamente, y los han hecho fácil pasto del oportunismo de los malos políticos y del exhibicionismo obtuso de las redes sociales.

Los rasgos más notorios de los militantes de la actual corriente antitaurina son los siguientes:

1) Taurofobia, que como todas las fobias es un impulso irracional.

2) Incultura: son gente básicamente incapaz de comprender y analizar una tradición desde los valores de su mito de origen y la simbología que los actualiza en un rito.

3) Intolerancia, espíritu inquisitorial, sustitución de la empatía por un odio ciego.

4) Integrismo, que es el intento de imponer al resto de la sociedad su propia y muy particular visión del mundo (late aquí la imposición de los valores de la globalización anglosajona sobre cualquier tradición cultural que le sea ajena).

5) Corrección política, que es esa disolución del criterio personal en corrientes de pensamiento mayoritarias, con la consecuente persecución de lo que está mal visto.

6) Oportunismo cínico, a cargo de políticos en campaña a la caza de ingenuos.

7) Ilusión de superioridad moral sobre los taurófilos, catalogados automáticamente como seres despreciables, primitivos y violentos. Una proyección a espejo en toda forma.

8) Buenismo, no otra cosa que la sensación mojigata de estar participando en un movimiento inmaculado, civilizado y progresista, que nos hace “buenos” por definición, sin comprometernos a nada importante ni socialmente trascendente.

A lo anterior podría añadirse –puesto que ha cobrado efecto legal tanto en Barcelona como en Quito, Bogotá y Caracas, ciudades históricamente taurinas donde ya no se dan toros tras sendas votaciones “democráticas”– un concepto claramente anacrónico de la democracia como simple recuento de votos –la dictadura de la mayoría–, siendo que en su versión más actualizada, la democracia tiende a proteger los derechos de las minorías y a evitar, salvo en casos especialísimos –apologías del odio, fundamentalmente– cualquier forma de censura.

Colofón. Mucho es lo que podría abundarse en torno a tema tan candente y actual. Pero con lo escrito hasta aquí, creo haberlo situado en sus coordenadas esenciales. El resto, decíamos en Huamantla, nos toca a nosotros: cultivar una esperanza activa con la mirada puesta en el futuro de la Fiesta, tal como acaba de hacerlo, desde su postura como ciudadano europeo y matador de toros, el notable matador francés Sebastián Castella.