¡Al diablo con sus Instituciones! y López Obrador

Andrés Manuel López Obrador, presidente legítimo

La posibilidad de que gane las elecciones López Obrador nos obliga a pensar sobre su frase célebre, pronunciada ante miles de simpatizantes reunidos en el Zócalo de la capital del país el 1 de septiembre de 2006, “Al diablo con sus instituciones”. Ese día, también anunció que propugnaría por el establecimiento de una “República representativa y verdaderamente popular”, les dijo a sus detractores “…ya no estemos dispuestos a aceptar las reglas del juego”. y arremetió contra de los medios de comunicación, a los que llamó “alcahuetes del régimen”. Es imposible no recordar el momento en que anunció la Convención Nacional Democrática para el 16 de septiembre y la declaración de que el 17 de septiembre, México iba a tener dos gobiernos: “el gobierno del hampa de la política, de los delincuentes de cuello blanco, y el gobierno surgido de este movimiento popular y ciudadano”. Finalmente, iracundo, con el rostro descompuesto, ¡Andrés Manuel López Obrador grita: “¡Que se vayan al diablo con sus instituciones!” http://www.cronica.com.mx/notas/2006/259204.html.

En su devenir electoral, López Obrador a enardecido las masas con sus descalificaciones: a la Presidencia de la República, al Congreso de la Nación, a la Corte Suprema de Justicia de la Nación; entiéndase, a los tres poderes que conforman el Estado mexicano; al Ejercito, al Estado mayor Presidencial, a la Procuraduría General de Justicia y su sistema ministerial, los organismos autónomos: por ejemplo, el Instituto Nacional Electoral, Instituto Nacional Anticorrupción,  Instituto de Transparencia, los organismos no gubernamentales y civiles, entre otros. Por ejemplo, en entrevista publicada por el periódico Reforma, López Obrador señaló, el Instituto Nacional Anticorrupción, es el hijito del Instituto de Transparencia, el cual maneja un presupuesto anual de mil millones de pesos. “Llevan años simulando y engañando”. Su discurso ha logrado recoger el desprecio que la sociedad mexicana tiene hacia el actual presidente, Enrique Peña Nieto. Su éxito consiste en enardecer a las masas descontentas, lo que le ha permitido sobrevivir a las mil y una incongruencias.

Probablemente, después de 12 años de su frase célebre, “¡Que se vayan al diablo con sus instituciones!”, su equipo de transición podrá recibir las instituciones que tanto él desdeña, y a su vez, López Obrador, en persona, el primero de diciembre reciba la presidencia de la “Institución del poder Ejecutivo de la Nación”. En esta ocasión, tendrá la posibilidad de enfrentar cara a cara a las instituciones, con las que él no se identifica, pero que son parte del Estado, y muchas de ellas fundamentales para el buen funcionamiento del gobierno. Sin embargo, es impredecible su ejecución presidencial, por lo mismo que hemos señalado anteriormente en otros artículos.


Uno de los problemas con el que nos enfrentamos a la hora de intentar comprender a López Obrador, es que es a la hora de proponer o que señalar lo que piensa hacer utiliza un doble lenguaje. Hoy dice una cosa y mañana otra, o a su defecto, sus asesores lo corrigen. El sostenimiento de sus tesis se basa en posverdades (los hechos no importan, crean en mi) y las galimatías son sus especialidad, por ejemplo, jamás ha podido explicar claramente en qué consiste su propuesta de amnistía, ya sea la anticipada o la de los narcos (solo repite, no venganza), y sobre todo, su incapacidad de explicar claramente lo que propone a la hora de ser confrontado con preguntas que ameritan un explicación coherente, su respuestas  son al estilo Cantinflas http://www.lajornadadeoriente.com.mx/puebla/la-justicia-bajo-la-ley-de-lopez-obrador/.

Entre las diatribas favoritas de López Obrador se encuentran: la corrupción, el neoliberalismo y la mafia del poder. Sobre estos tres caballitos, el actual candidato presidencial, ha mantenido su batalla por la presidencia. Su discurso anticorrupción, al igual que todos los demás, tiene sus altas y bajas, su desprecio hacia las instituciones del país le impiden ver la totalidad del problema y las posibles soluciones alternas. Hago eco de lo que señala Enrique Cárdenas: “Es lamentable que no se refiera al fortalecimiento e implementación del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) en sus propuestas, más que marginalmente, y que sólo ponga su énfasis en la Secretaría de la Función Pública, cuando esta es sólo una de las siete entidades (incluyendo al Comité de Participación Ciudadana) que conforman su Comité Coordinador. También preocupa que su partido haya avalado el nombramiento de David Colmenares Páramo como nuevo auditor superior de la Federación, que también ocupa un sitio en el SNA, quien ha iniciado con el pie izquierdo al despedir sin evidente causa justificada a Muna Dora Buchahin, responsable de la investigación sobre “La Estafa Maestra”. López Obrador tampoco va por una Fiscalía Anticorrupción autónoma, como lo ha señalado varias veces. Es decir, su promesa para erradicar la corrupción será, a lo sumo, parcialmente cumplida http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/enrique-cardenas/amlo-dos-promesas-imposibles. Es por eso por lo que todavía es vigente el grito de: “¡Que se vayan al diablo con sus instituciones!”.

El enfatizar que, al acabar con la corrupción se resuelven casi todos los problemas del país y que ésta, a su vez, es la causa de que la economía mexicana se presente con un visible agotamiento, es ignorar los diferentes mecanismos que actúan en una economía abierta como la de México. Por ejemplo, en el 2017, el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (Ceesp) alertó sobre la deuda pública, la cual se incrementó 64 por ciento o 12.8 puntos del producto interno bruto (PIB), en lo que iba del sexenio del presidente Enrique Peña Nieto. Sobre el saldo histórico de la deuda o de los requerimientos financieros del sector público, destacó que representan más de la mitad del PIB nacional (50.5 por ciento) http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2017/02/05/deuda-publica-se-elevo-64-este-sexenio-ceesp. Documentos oficiales señalan que, la creciente deuda pública provocó que en el 2016 el costo de pagar intereses consumiera recursos que superan los canalizados por el Estado para la Secretaría de Educación Pública (SEP) y prácticamente cuadruplican el presupuesto de la Secretaría de Salud. Mientras la partida presupuestal destinada a cubrir los intereses de la deuda pública fue en aumento, la inversión que realiza el gobierno, recursos que a la larga se traducen en crecimiento económico, fueron a la baja en 2016 respecto de los gastados en 2015, según información de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2017/02/09/intereses-de-la-deuda-publica-se-llevaron-mas-recursos-que-la-sep.

Mientras López Obrador escribe y acusa al neoliberalismo, junto con la corrupción, de ser el origen de todos los males del país, por otro lado, señala que: “Se mantendrán equilibrios macroeconómicos, se respetará la autonomía del Banco de México y se promoverá la inversión privada nacional y extranjera…” El corazón del neoliberalismo consiste en la enajenación de la titularidad-rectoría de la economía nacional por parte del Estado. Los Estados nacionales entregan a sus bancos centrales (autónomos) su soberanía económica, lo que permite mantener una política macroeconómica dependiente del sistema financiero internacional, por lo que, la actividad económica interna de cada país se supedita a los lineamientos internacionales regidos por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o el banco Internacional de Desarrollo, entre otros. Para variar, esta es una más de las incongruencias de López Obrador. Estas declaraciones, actualmente son de dominio público, evidencian claramente su incongruencia.

El neoliberalismo es “una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, fuertes mercados libres y libertad de comercio. El papel del Estado es crear y preservar el marco institucional apropiado para el desarrollo de estas prácticas. Por ejemplo, tiene que garantizar la calidad y la integridad del dinero. Igualmente, debe disponer las funciones y estructuras militares, defensivas, policiales y legales que son necesarias para asegurar los derechos de propiedad privada y garantizar, en caso necesario mediante el uso de la fuerza, el correcto funcionamiento de los mercados. Por otro lado, en aquellas áreas en las que no existe mercado (como la tierra, el agua, la educación, la atención sanitaria, la seguridad social o la contaminación medioambiental), éste debe ser creado, cuando sea necesario, mediante la acción estatal. Pero el Estado no debe aventurarse más allá de lo que prescriban estas tareas. La intervención estatal en los mercados (una vez creados) debe ser mínima porque, de acuerdo con esta teoría, el Estado no puede en modo alguno obtener la información necesaria para anticiparse a las señales del mercado (los precios) y porque es inevitable que poderosos grupos de interés distorsionen y condicionen estas intervenciones estatales (en particular en los sistemas democráticos) atendiendo a su propio beneficio”[1].

En México, el neoliberalismo se implementó a través de cambios constitucionales, se abrió al mercado a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y se mantiene por medio del control que ejerce el Banco de México sobre la política macroeconómica. Ninguna de estas variables piense ser tocadas por López Obrador. Lo más cercano a un cambio constitucional consiste en: (1) analizar la reforma energética, a la cual hará modificaciones de ser necesaria; (2) Cancelar la Reforma educativa. Sin embargo, ni en declaraciones, ni en sus proyectos publicados o en sus libros, López Obrador habla de las leyes que reglamentan la contratación y el trabajo en México.

La inseguridad en México, generalmente, se identifica con el crimen. Los medios de comunicación han hecho visible el fenómeno de la violencia generada por la “guerra contra las drogas” y del incremento en feminicidios, así como de crimines del fuero común. Sin embargo, no se ha señalado la asociación directa que puede existir entre la inseguridad, producto del crimen, y la inseguridad, producto de las condiciones laborales. La reforma laboral, recientemente aprobada en México, puede calificarse como flexibilizadora: contratos a prueba, contrato por labores discontinuas. subcontratación, contratos de formación inicial, por lo que, el conjunto de las reformas laborales en los últimos 6 años se traduce en: contratar y despedir más fácilmente y a la reducción en el gasto público de jubilaciones y de otros beneficios proporcionados por el Estado. La llamada flexibilización laboral viene acompañada de la precarización, y, por tanto, de la impotentización de la gente situada en la punta de la resistencia.

Como corolario cito a Zygmunt Bauman[2], el cual señala lo siguiente: “El impacto sociopsicológico más profundo de la flexibilidad implica precarizar la posición de los más afectados y mantenerla en esa condición. Medidas como el remplazo de contratos permanentes y protegidos legalmente por empleos temporarios o con límite fijo -que permiten despidos instantáneos, contratos flotantes y la clase de empleo que socava el principio del ascenso mediante la evaluación permanente del desempeño, que hace depender la remuneración de cada empleado de los resultados individuales obtenidos y que induce a la competencia entre distintas secciones de la misma empresa, privando a los empleados de la posibilidad de asumir una postura colectiva razonable -produce una situación de permanente incertidumbre endémica.” La inseguridad social es producto, no solo del trasiego de estupefaciente, sino de la violencia estructural del desempleo, de la precariedad de los puestos y de la amenaza de despido que cualquier cago implica, todo esto en nombre de la sociedad abierta, de regímenes económicos que se embanderan bajo el signo de la libertad[3]. La reducción en la criminalidad puede comenzar por reformar las reformas laborales, garantizando así la seguridad familiar y laboral del trabajador.

Aunque hasta la fecha, López Obrador continúa la diatriba contra la mafia del poder, cada día es más difícil creerle, ya que, probablemente, la mitad de esa mafia se encuentra dentro de las filas de su partido o han llegado a un acuerdo tácito sobre su actuar como presidente. Los temas que podrían incomodar a la supuesta mafia del poder: la política económica, las reformas constitucionales, las concesiones y contratos y sobre todo, la amnistía anticipada, son materia resulta. Su famosa lucha contra la corrupción queda en entredicho al tener personas de dudosa reputación: Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal y René Bejarano, entre los más visibles dentro de Morena. A simple vista se pueden identificar dos baluartes de la vida sindical del país: Napoleón Gómez Urrutia y Elba Esther Gordillo. Personajes como Manuel de Jesús Espino Barrientos, Germán Martínez Cázares y Tatiana Clouthier Carrillo nos hablan directamente sobre las raíces históricas de la mafia del poder. Lo que una vez fue el duopolio televisivo, Televisa y TvAzteca, generadores de idiotez social y fuentes de desinformación, hoy son potenciales educadores nacionales. Quién sabe si todavía es vigente gritar: “¡Que se vayan al diablo con sus instituciones!”.

La memoria histórica sobre la persecución a Carmen Aristegui fue eliminada, nuestros viejos adversarios hoy son nuestros compañeros de lucha. El Partido Encuentro Social una vez fue un “partidos al servicio del régimen”, hoy López Obrador coincide plenamente con las enseñanzas de ese partido. Los acuerdos con la cúpula empresarial: el Consejo Coordinador Empresarial y Consejo Mexicano de Negocios, hace referencia a la continuidad del sistema económico del país. Las compañías aseguradoras y certificadoras, así como los bancos internacionales se encuentra en la seguridad total de que sus bienes y propiedades serán respetadas por López Obrador.

No hay lugar a dudas de que, de ganar las elecciones presidenciales, como así parece, el primer año de la administración de López Obrador será una sorpresa para todos. Frente a nosotros tenemos una pantera nebulosa, un gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”; Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado”. “…una de esas batallas que se libran para que todo siga como está”[4]. Todo indica que López Obrador y Morena están dispuestos a aceptar las reglas del juego. Lo que una vez fue el grito de: “¡Que se vayan al diablo con sus instituciones!”, pronto será la aclamación de ¡Vivan mis Instituciones!

 

[1] Harvey D., (2007), Breve Historia del Neoliberalismo, (Oxford University Press), ed Akal, Madrid pp. 6-7

[2] Bauman, Z. 2016, En busca de lo Político, FCE, México Kindel edition, Amazon, posición 601

[3] Ibid Bauman 2016, posición 614

[4] Ibid Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Il Gattopardo