Lo que sigue

A Nuria, con mi mayor afecto

 

El futuro del país está a debate. Continuar el proyecto neoliberal no parece opción viable, pues en los últimos 30 años esta modalidad del capitalismo ha mostrado su incapacidad para poner al ser humano en el centro de las preocupaciones de la actividad económica y de la acción estatal; de la misma manera, los dueños del capital han mostrado su enorme capacidad para destruir la naturaleza y acentuar las desigualdades sociales; asimismo, las élites del poder han mostrado tener escaso o nulo respeto con su propia democracia y nada hay en el neoliberalismo que parezca tolerante con las diferencias o vocación de justicia. Sin duda, esto no debe seguir y puede cambiar.


A lo largo de la era neoliberal se ha registrado en México un notorio aumento de la influencia de quienes reivindican la supremacía del mercado, el carácter mercantil de la naturaleza y de quienes promueven el individualismo y la competencia. El libreto es simple: se procura la liquidación de los bienes públicos; se promueve la precarización laboral y el sindicalismo se vuelve simulación; se deteriora el sistema de seguridad social y se privatiza la administración de los fondos para el retiro de los trabajadores; se promueven candidaturas “independientes” y, al mismo tiempo, se despoja de la tierra a los campesinos y pueblos originarios para los “proyectos de muerte”, la explotación minera y petrolera.

Esta política se acompaña de la descalificación de las demandas sociales, se criminaliza la protesta social, se persigue a quien disiente y se emprenden ofensivas mediáticas para mostrar el carácter inviable de cualquier cambio en la ruta impuesta por el neoliberalismo, que así afianza el poder empresarial; asimismo, el Estado pierde la autonomía relativa, que alguna vez tuvo, frente a las clases dominantes para someterse a ellas incondicionalmente, con lo que se han impuesto dos dogmas cruciales: el fundamentalismo del libre mercado y una creencia supersticiosa en la competencia.

Para la ortodoxia neoliberal los mercados son perfectos, lo que hace también perfecta la competencia, de ahí su propuesta de liberar el juego de las fuerzas del mercado (la oferta y la demanda) de cualquier interferencia estatal, pues se acusa al Estado de ser el perturbador de la tendencia natural al equilibrio económico, subrayando, así, el pretendido carácter natural del orden capitalista y los supuestos efectos positivos del darwinismo social, donde no tienen cabida quienes sean incapaces de adaptarse a las exigencias del mercado derivadas de la competencia.

Por supuesto, el funcionamiento del neoliberalismo no se ha traducido en bienestar social, ni le interesa promoverlo y al provocar el desempleo y agudizar la explotación del trabajador, desemboca en crecientes periodos de crisis marcadas por la sobreproducción, la creciente desigualdad social y el derroche observable en un sector minoritario de la población que se mueve en la abundancia, mientras millones de trabajadores se debaten en la miseria. A los abogados del neoliberalismo les molesta escuchar la palabra explotación, que es el rasgo central del capitalismo, y proponen sustituirla por la coloración de clases para mantener el orden social que privilegia a unos cuantos.

Pero comprender la esencia del funcionamiento capitalista es poco o nada si no se logra la confluencia entre la elaboración teórica y la práctica militante, es decir, se trata no sólo de comprender el mundo sino de transformarlo. Y esto significa procurar la unidad de las fuerzas democráticas alrededor de un proyecto alternativo de nación, capaz de ofrecer un programa electoral que atraiga al pueblo hacia las posiciones de las fuerzas progresistas.